Negro final a 167 años de historia
Palencia ya sólo tiene una mina junto a Guardo tras cerrar Uminsa la última que quedaba en Barruelo y trasladar a los 40 últimos mineros de un pozo que llegó a tener 3.000 El riesgo est

No es un día cualquiera. Son las ocho de la mañana de un sábado 30 de julio de 2005. Un turno exiguo de mineros sale de la bocamina en un tren-vagoneta. Será la última vez de una extirpe laboral cincelada a base de polvo, sudor y muerte bajo tierra en la cuenca de Orbó y Santullán. Pertenecen al grupo Peragido , con sede en Barruelo (Palencia) y alejado en 115 kilómetros de la capital. En sus caras, negras como el carbón que han extraído durante décadas, subyace la nostalgia. A sus espaldas, en las entrañas de la tierra, dejan reservas de mineral para ocho años más, que nunca serán explotadas a razón de unas 270 toneladas diarias de hulla de gran pureza. Atrás, todavía muy presentes, en la comarca de mayor riqueza minera de la provincia, quedan 167 años de historia que entrañan varias generaciones de trabajadores aguerridos, enfermos de silicosis y el fantasma del gas grisú a modo de guadaña mortal pendiendo sobre muchos de los que bajaron a la mina a ganar un jornal y no volvieron a subir vivos. Extraer el carbón de las capas fue siempre sinónimo de tragedia y centenares de familias lo padecieron más de siglo y medio. Los únicos 40 mineros de Unión Minera del Norte (Uminsa) en Barruelo no se prejubilan aún. Lo harán en el único pozo de interior palentino en Velilla del Río Carrión cerrando un capítulo que atisba un futuro incierto y negro para una amplia comarca. «Nuestro ciclo de trabajo en los pozos desde 1838 en Barruelo termina aquí y ahora dependemos del nuevo Plan del Carbón. Hay que reagruparse en las minas rentables con los pocos que quedamos en la cuenca palentina para sacar adelante la producción», señala no exento de incertidumbre Fernando Gómez de Cos, director facultativo del grupo Peragido . Pleno de recuerdos, apunta que el hoy propietario de la explotación, el empresario leonés Victorino Alonso, trabajó varios años en la cuenca de Barruelo como picador antes de ser ingeniero de minas y convertirse en poco tiempo en el dueño de la mayor parte de las explotaciones mineras privadas de España, con tentáculos en Palencia, León y Asturias y 5.500 mineros en nómina. Orgullo minero Gómez de Cos, 22 de sus 47 años en la mina e hijo y nieto de mineros, narra con orgullo sus orígenes como ayudante de picador y vigilante auxiliar hasta trabajar como ingeniero. De muy niño, conoció Barruelo en la década de los 60 con una cifra cercana a los 9.000 habitantes. Era la localidad más poblada de la provincia. Corría el dinero y la dureza del trabajo en el interior de la mina se tornaba ya en el exterior en el jolgorio que podía sentirse en decenas de bares, dos teatros, cines y salas de baile. Hoy quedan pocos lugares de ocio, muchos prejubilados de la mina y apenas 1.600 habitantes. En Barruelo de Santullán se acabó el oro negro . La pujanza económica deja una estela de decenas de pozos cerrados junto a escombreras de carbón que impactan visualmente en un paisaje plagado de robledales plenos de vida, que lamentablemente contrastan con la lenta y agónica muerte del sector del carbón. Bajar al interior de una mina impone mucho respeto. La escena, tétrica para los que bajan por primera vez con disfraz de minero, se produce en un taller de 150 metros de profundidad, 52 grados de pendiente y sólo un metro de altura, que en alguna zonas se reduce a medio. El pronunciado descenso literalmente tumbado no es un asunto baladí. La oscuridad, el sentirse atrapado y los pocos puntos de apoyo de pies y manos suponen un auténtico infierno y sacan a relucir muchas carencias físicas, al tiempo que agudizan hasta el más recóndito de los instintos de supervivencia. Dureza y seguridad «Aquí hay personas que, pese a la dureza del oficio, nunca han faltado al trabajo salvo que la nieve invernal se lo impidiese. Doce de ellos se trasladan a diario desde Prioro (León), cerca de Velilla, donde ahora iremos todos», precisa el director facultativo de Uminsa en Barruelo. La comunión con su plantilla «alguno es como un hijo» asevera, es total. Fernando cuida con mimo cualquier aspecto relativo a la seguridad en los pozos e irradia una bonhomía poco dada en un responsable de una explotación, que combina con la firmeza inherente a los hombres que se juegan la vida si cometen el más mínimo error. «Hemos demostrado, sin que seamos mejores ni peores que los de Guardo, que los mineros de Barruelo tenemos denominación de origen», sostiene, además de recordar como en los años 70, tras el cierre de los primeras explotaciones en los valles de Orbó y Santullán, muchos picadores de la comarca, hoy ya prejubilados, se marcharon a pozos franceses «y nunca les faltó trabajo». De picador a director facultativo, repasa sus profundas raíces y las de la mayor parte de los hombres que tiene a su cargo, intrínsecamente unidas al sector carbonífero. «En esta plantilla todavía hay muchos mineros en activo cuyos abuelos, padres y hermanos bajaron a estos pozos e incluso alguno murió», explica, mientras lamenta el pesado lastre de ver ente 15 y 17 compañeros fallecidos, el último de ellos en diciembre. En Velilla les espera la mina más moderna de Europa, posteada con hierro en lugar de la tradicional madera de eucalipto y un acceso en vehículos todo terreno hasta el mismo tajo para picar carbón. Los últimos mineros barruelanos compartirán la explotación con otros 180 reagrupados cuyas minas fueron también cerradas.