Prohibido sacudir alfombras
El tono duro se aceleró hasta encontrar como percutor el debate sobre quién es responsable de la masificación de la plantilla
Tres cosas quedaron claras: que «esto es León, no Zaragoza», como bien distinguió Canuria; que la oposición va camino de acabar menos plenos que Pablo Alfaro partidos; y que una sesión plenaria a las nueve de la mañana no puede acabar en nada bueno o, por lo menos, puede acabar antes. Eso pese a que los prolegómenos anunciaban un pleno largo y tendido, como los que abundan después de la moción de censura, que se trabó ya en el punto tercero con la aprobación de la ordenanza reguladora de limpieza. En ese escenario, la concejala de Medio Ambiente, Covadonga Soto, recordó que «las obligaciones nacen porque otros tienen derechos», después de que la socialista Humildad Rodríguez pidiera más exhaustividad en la normativa, al entender que «todo lo no prohibido está permitido». Era tal la profusión de datos que la representante del PSOE aportó a cada uno de los artículos, que alguno de los que llegaron tarde pensó que se hablaba en el mismísimo Palacio de los Guzmanes del Estatut de Cataluña. Con el emplazamiento de seguir el duelo en la siguiente ocasión, salió a la arena Ibán García del Blanco para pellizcar al equipo de gobierno con el argumento de que tiene «previstos ingresos que no va a tener ni en el más salvaje de sus sueños». Y allí Saurina, que trató muy por lo lindo al viceportavoz socialista de «don o señor» y le recomendó «los productos de casquería de la Plaza del Conde Luna», hizo un homenaje al neurólogo de cuyo nacimiento se cumplen 150 años: «Los sueños salvajes los tengo con otras cosas, pero no con los presupuestos, porque sería para que me tratara Freud», lanzó. Con el río en crecida, tiró la caña el socialista Canuria convencido de sacar el campanu de la plantilla municipal, pero se encontró con que el bocado le llevó el anzuelo y le dejó la mosca gracias al tirón del abandono de la sala junto a sus compañeros y la UPL. «No se puede sacudir alfombras», recitaban en la puerta un punto de la ordenanza de limpieza, mientras afianzaban que «cuando saltan las migas nadie quiere acordarse de la merienda».