Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Veraneo de cordel

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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HACÍA años que no me permitía el lujo de veranear a la espera tal vez de que se desplomaran los precios de la alberguería a donde solía acogerme, considerando la realidad económica sobre todas las cosas. Pese a la baja perfectamente calculada de los hoteleros, su carta de precios resultaba inasequible para una economía en mi caso que rara vez aparecía entre las que iban para más, sino todo lo contrario. Y dicho y no al hecho, trato hecho; Metí el equipaje en una bolsa del Corte Inglés, cerramos el contrato de ocupación por tres días con sus tres noches, porque el dispositivo económico no daba para más, y nos largamos a la aventura de las vacaciones rurales en el figón, que manejaba un paciente de mi santa esposa. Total en pesetas de las de antes, medio millón redondo, con derecho a desayuno líquido, de vaca o de oveja; almuerzo de la tierra, garbanzos, alubias o lenteja. A todo ello a secas, lloviera o no. Si que nos empeñábamos en exigir merienda, se incrementaba la cuantía en otras 30 pesetas por barba, real o aparente¿ Y llegando el día, ocupamos el cuarto del alquiler, un vital dedicado habitualmente para el almacenaje del grano y la cría de conejos enanos y la conservación para su venta el público el día de San Tobías, que es día de feria. El verano también se usaba para la cesión de permisos para la ocupación de turistas, de paso por el poblado, pero que aprovechaban la caminata para cerciorarse de la cultura, que emanan los espectáculos de toros enamorados. El cuarto del hotel, dividido por un cordel, como se hacía en el siglo XVII con las novelas por entregas, también servía para tendido de ropa en estado de última necesidad. En el estratégico colocó el hospedero un colchón de paja, de la sobrante para el pienso del ganado además de para espacios de dormitorios de emergencia. Y allí en aquel lujoso hotelito veraniego nos colocamos la familia: la mujer, el niño y el peregrino, juntamente con el pagano que era el que suscribe. Y sucedió que al llegar la hora de hacer cuentas, o yo me equivoqué el uso de comprobación o el hostelero, temiendo que la crisis anunciada aumentara de volumen, incrementó el precio del hospedaje en tal cuantía que me fue imposible sufragar el importe y dada la circunstancia nos fue permitido abonar el pago con la condición de dejar como prenda de garantía la bolsa con la ropita del niño, la braga de mi señora y dos camisas de un servidor. Al abandonar el lugar pudimos contemplar la manta de cordel batida por el viento y nos sentimos víctimas de nuestra propia vanidad, pues como está escrito «a quien Dios no da dinero, el hospedero le deja a culo pajarero»

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