| Crónica | Desde Oriente |
Sueños de infancia
Los mejores juguetes son los jugados. En la memoria adulta siempre pervive el cariño por un anhelo a veces conseguido y otras no y en el recuerdo la ilusión de una noche mágica
león
Hay juguetes que dejan huella, bien porque llegaron en el momento oportuno o bien porque nunca llegaron. Los psicólogos aconsejan que la carta a los Reyes Magos sea comedida, ajustada, pero bien seleccionada. No todo vale.
Aquellos juguetes que dejaron un recuerdo más perdurable en la memoria son los que llegaron cuando la edad aún permitía creer en la magia de los reyes; aquellos que fascinaron porque abrían un mundo de fantasía, de movimiento, de aventuras hasta entonces imposibles.
Son los juguetes asociados a los nervios, a la incertidumbre, a las cartas interminables del «me pido...», al levantarse temprano para comprobar si las peticiones habían sido finalmente atendidas.
Y los recuerdos de aquellas cabalgatas en las que el volvía a casa con el convencimiento de haber adivinado entre los cientos de paquetes que arrastraba el camello o el tractor aquel juguete deseado. El pelo brillante de una muñeca, la cabina del camión, el soldado del fuerte, el peluche del muñeco, trenes, la cocinita y sus interminables accesorios, los cacharritos, puzzles, cuentos, aventuras...
Una cascada de recuerdos asociados a una noche, a una niñez ahora añorada con nostalgia en unas navidades cada vez más alejadas de los sueños de aquella época en la que fuimos pequeños. Melchor, Gaspar y Baltasar siguen recorriendo el mundo en sus camellos, pero las mochilas de las jorobas ahora van cargadas de regalos tecnológicos con nombres imposibles.
Los años no han acabado con las ilusiones, pero han destruido el deseo de poseer el objeto deseado porque la competencia para sus majestades es ahora muy dura durante todo el año: cumpleaños, comuniones, notas de fin de curso, santos, vacaciones de verano...
Por eso los recuerdos son más entrañables cuanto más alejados en el tiempo está la memoria, esa que nos traslada a cada noche del 5 de enero de una infancia en la que los recursos económicos y tecnológicos no estaban al alcance de la mayoría de los niños del barrio, al que se salía con el nuevo tesoro preciado para disfrutar y compartir ya el día 6 con los amigos.
Los niños de entonces, adultos ahora, tienen como reto transmitir y devolver a la infancia esa ilusión perdida, que es la base de la creatividad y el desarrollo personal. Por eso los Reyes Magos cada año instan a los padres a transmitir a sus hijos contención en el listado de juguetes que apuntan en sus cartas. También responsabilidad para elegir juguetes que favorezcan la cooperación, la convivencia, la igualdad entre los sexos, la no violencia y el desarrollo de una personalidad generosa. ¿Misión posible?