Diario de León

Reportaje | ENRIQUE ALONSO PÉREZ

Los mentores compostelanos

Diferentes autores han recuperado las leyendas que narran la llegada de los restos de Santiago el Mayor a Hispania, aunque ninguno aporta datos históricos sobre el trascendental episodio

Amuletos clavados a la Cruz de Ferro.

Amuletos clavados a la Cruz de Ferro.

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Xosé Ramón Pousa, en su fascicular libro El Camino de Santiago , publicado en 1992, es mucho más extenso y detallista cuando escribe: «Santiago el Mayor, discípulo de Cristo al igual que su hermano San Juan, fue decapitado por Herodes Agripa hacia el año 42, según narra San Lucas, y su cuerpo fue arrojado fuera de la ciudad como pasto de los perros y de las fieras. Pero sus discípulos regresaron al lugar de noche y se llevaron el cadáver hasta el Puerto de Jope, donde apareció una embarcación preparada para navegar, aunque sin tripulación, a bordo de la cual subieron el cuerpo de su Maestro y se entregaron al viaje sin mayores preocupaciones.

Al séptimo día de navegación, después de haber atravesado felizmente las Columnas de Hércules, arribaron al puerto de Iria, en la desembocadura del Ulla, en tierras gallegas. En el momento de depositar el cuerpo del maestro en una gruesa roca, a la que ataron la barca, ésta cedió como si fuera de cera hasta convertirse en el sarcófago del Santo.

Llegada la noche, los discípulos se adentraron unas doce millas en el interior hasta el lugar elegido para el enterramiento, y acudieron luego a la reina Lupa, dueña de los contornos, a la que pidieron una pequeña parcela para dar sepultura a su Maestro. La mujer los remitió al rey Duyo, declarado enemigo del cristianismo, quien los encarceló. Fueron liberados por un ángel y perseguidos, seguidamente, por el ejército que moriría ahogado al ceder, milagrosamente, el puente por el que intentaban cruzar el río.

Volvieron los discípulos a Lupa. La reina, aterrada por lo sucedido, quiso deshacerse de ellos y los envió al monte Illicinus -”más tarde Pico Sacro-”, les indicó que allí encontrarían una manada de bueyes mansos para uncir el carro que llevaba los restos del Apóstol Santiago. En realidad, se trataba de toros salvajes. Al aproximarse los discípulos, les salió al encuentro un horrible dragón que ahuyentaba a todos los habitantes de la comarca y que, ante su presencia, se esfumó sin dejar rastro. Acto seguido, se acercaron a los toros, animales que olvidaron su natural fiereza, se dejaron uncir a la carreta. Con ellos se dirigieron al palacio de la reina Lupa provocándole tal asombro que se convirtió al cristianismo y ofreció su palacio para iglesia y sepultura del Apóstol», indica en su relato.

El fin del mundo en suerte. Por su parte, Alejandro-Benito Barral, Director del Museo de la Basílica del Señor Santiago, nos decía en un suplemento monográfico del Xacobeo-93: «Una antigua tradición universal, que se extendió entre los siglos IV al X, recoge la memoria de la predicación de Santiago en España y los lugares occidentales. Brevemente, en la misión de difundir el Evangelio, a Santiago Zebedeo, hermano de Juan, le correspondió en suerte las Hispanias y las islas del fin del mundo, en el mar Británico». En el siglo VII, el obispo de Malmesbury, San Adhelmo (650-709), la incluyó en un poema a Santiago con motivo de la consagración de unos altares dedicados a los Apóstoles: «Como primicia evangélica, Santiago convirtió con su predicación a los pueblos hispanos».

También Pascual Martínez Sopena, en la publicación editada por la Junta de Castilla y León en el año 1990, con el título de El Camino de Santiago en Castilla y León , escribe lo siguiente: «Quizá a finales del siglo VI o en la primera mitad del VII se propagó la idea de que varios de los apóstoles se habían repartido por el mundo occidental para difundir la fe de Cristo, siendo el encargado de predicarla en España y otros confines Santiago Zebedeo, hermano de Juan el Evangelista. Su labor no consiguió éxitos apreciables y el Santo, acompañado de sus pocos discípulos, volvió a Palestina, donde sufrió martirio en tiempos de Herodes Agripa. Aunque tal argumento no llegó a gozar de crédito en la España visigoda, en el siglo VIII ya se aceptaba fuera de nuestras fronteras y, sobre todo, comenzó a ser defendido con firmeza en los territorios del naciente reino de Asturias, que necesitaban elementos de identidad como éste en su resistencia frente al Islam y frente a la jerarquía católica de Toledo, sometida a los musulmanes y sospechosa de herejía».

Caldeos, que no mulsumanes. Fernando Díaz Plaja, en su Otra Historia de España nos dice con su habitual desenfado: «Américo Castro sostiene que los cristianos españoles -˜se inventaron a Santiago. No al Apóstol, naturalmente, sino a un apóstol que estuviese en España y que guerrease al lado de los cristianos de forma visible, en lugar del lejano y pacífico Jesús. En realidad la idea del combate se compaginaba mejor con el Antiguo Testamento que con el Nuevo, y así hemos visto llamar a los moros Caldeos como sinónimo de enemigos del pueblo elegido. El convencimiento de ser el pueblo elegido por Dios, de origen tanto judío como musulmán, se enhebrará en el carácter hispánico especialmente a partir de los Reyes Católicos... el caso es que Santiago, al parecer contra toda prueba histórica, llegó a España y fue enterrado en la ciudad del mismo nombre reuniendo en seguida un amplio número de fieles.

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