Diario de León

Reportaje | A. Domingo

Las «pegaduras», marca de origen

La señal del contacto entre las piezas certifica su cocción en el Alfar-Museo

El maestro alfarero se quema al «deshornar».

El maestro alfarero se quema al «deshornar».

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Maestro alfarero de sombrero de paja y deportivas, Jaime Argüello se levantó ayer antes de lo habitual para deshornar : para abrir el horno árabe -”el único que funciona ya en Jiménez-”, qjitando con un martillo los adobes con los que había sellado la estrecha boca de un infierno que es garantía de origen del Alfar-Museo. El nerviosismo de Argüello era comprensible. En el Alfar-Museo sólo se cuece una vez al año y lo tradicional del sistema hacen que el resultado no sea tan previsible como garantiza la tecnología.

Al contrario que en los que se utilizan en los talleres artesanos del último centro alfarero de la provincia, el fuego llega en ocasiones a lamer las piezas, que cuecen con distintos tonos en función de su situación en el habitáculo, del calor que hayan recibido, de su proximidad a la llama... Piezas de idéntica factura se convierten así en únicas, por los distintos tonos que alcanzan en la cocción.

Y, por si la variedad en el tono del cacharro de barro fuera poco, las pegaduras terminan de certificar que el proceso seguido en el museo viviente es el mismo que años ha. No hay resistencias, ni ventilación que garantice la misma temperatura en toda la cavidad y el punto en el que se tocan en el horno árabe los cacharros de barro es la señal indeleble de un proceso absolutamente artesano, desde la obtención de la materia prima en los barredos hasta el final, quemando urz en el horno.

Jarras, fuentes, cántaros, barriles, huchas... Cacharros, en suma, vidriados o en bruto, decorados algunos con un dibujo de líneas del color de la crema. El horno, que ardió todo el miércoles, aún conserva el calor y Argüello se quema al sacar las primeras piezas de la cocción 2010, un hito más en la conservación del oficio.

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