Diario de León
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Carta te escribo Martín Martínez

Querido hermano: Comprobado; los españoles -”siempre hay excepciones a la regla-” somos disciplinados, consecuentes y acatamos las leyes. Eso es bueno. Por estos pagos así ha quedado de manifiesto con la ocurrencia ministerial sobre el tabaco que ha puesto en un brete a dueños y clientes de bares y restaurantes con la prohibición. Hermano, hasta el momento de estas letras, ni un solo incidente, que se sepa. Si bien todos pensamos: los fumadores recalcitrantes, los que hemos abandonado el hábito por una u otra razón y buena parte de los no fumadores que nuestro gobierno (déjalo en minúsculas) y sus tres consecutivas ministras son la cara del cinismo y la cruz de la inconsecuencia. (¿Será delito decir cínicas e inconsecuentes? Si es así voy listo).

Dice Nolete, con dicho que corrobora el 90% de los españolitos con el corazón helado, que antes tenían que haber buscado alternativa al cultivo en Extremadura y en Carracedelo; seguidamente prohibir su plantación y palo al que incumpla; después eliminar, absolutamente, la venta y no ampliar la misma dejándola en lugares donde se prohíbe fumar; eso es inconsecuencia. Dice también, que es cinismo supino no poner coto a las tabacaleras, obligándolas a expender el producto sin aditamentos, ni alteraciones con sustancias extrañas, y sí tal como lo consumían los indígenas americanos y lo conoció monsieur Nicot y su reina la Médicis. Por aquellos siglos Nicolás Monardes lo recomendaba, al parecer con éxito, contra los dolores de cabeza, de muelas, de estómago, contra las migrañas, en forma de cigarro; y como apósito con diferentes tratamientos contra las llagas, cuchilladas, golpes y aún contra la tiña; contra la envidia no tenía efecto. Los gobiernos de entonces se conformaban con menos recaudación. Hermano, recuerda lo inocuo que era aquel tabaco que durante años, especialmente la década subsiguiente a la guerra civil, cosechaba el abuelo. El huerto trasero que daba a los Ferrinales, con sus altas tapias, protegía las plantas tabaqueras de la vista de Patatiesa aquel terrible delegado de abastos.

Hermosas, con un verde que con el tiempo se iba atabacando; lozanas y esbeltas iban creciendo aquellas plantas que el abuelo secaba y mimaba en el corredor protegiéndolas del sol otoñal; llegada la hoja a su sazón, él la manipulaba para conseguir una picadura excelente y nada dañina. Como la cosecha era abundante eliminaba las estacas tan frecuentes en los cuarterones del racionamiento.

Recuerda, hermano, las regañinas, a veces broncas, que le soltaba madre cuando todo ufano nos tomaba de la mano, escoltándole, al primo Antonio (que en paz descanse) y a mí; el abuelo con un cigarro en los labios como el dedo gordo, que aún no sé cómo se apañaba para liarlo, y cada uno de nosotros -”cinco, seis años-” con uno mini y así soltar humo los tres mosqueteros, calle abajo hacia casa. Ah, y nunca tosimos, tú.

Con aquel cultivo paliaba el abuelo la escasez del racionamiento, a la vez que tenía para consolar, como obsequio, a más de un necesitado del pueblo, que casi todos lo eran. Esa su largueza lo previno de posibles denuncias, manteniendo él su cosecha durante años que después supimos era clandestina. Pues allí estábamos los dos nietos para sacar calderos del pozo y cuidar aquellas plantas que en nuestra inocencia no sabíamos estaban prohibidas, aunque el abuelo nos aconsejaba no decir nada como si fuera un secreto entre los tres. Coño, coño, hermano; el abuelo era un infractor de tomo y lomo. Dios lo habrá perdonado por el apaño que hacía a muchos; aunque nunca nos dijo quién le había proporcionado la primera semilla. Secreto del abuelo.

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