El árbol de los dos dueños
Los patios de Casa de Tepa y el Hotel Ciudad de Astorga comparten un cedro centenario, plantado . en 1790, cuyo matenimiento corresponde a los propietarios de ambos establecimientos hoteleros. Pasa desapercibido para la mayoría pese a llevar más de doscientos años en el mismo sitio invulnerable a repartos de herencias y a las inclemencias del tiempo. Han sido dos siglos en los que a su alrededor ha cambiado todo, hasta la propiedad del suelo en el que aún sigue creciendo. Lleva doce años en manos de dos propietarios, formando parte del muro que separa Casa de Tepa y el Hotel Ciudad de Astorga. El cedro sigue siendo orgullo de la familia Gullón y de uno de sus descendientes, el conde de Tepa.
Sus raíces se entroncan con una de las familias más ilustres de Astorga, los Gullón, antiguos propietarios de la finca en la que crece desde hace más de doscientos años. Se trata del cedro que divide los patios de la Posada Casa de Tepa y el Hotel Spa Ciudad de Astorga.
Su destino se cruzo a principios de este siglo con dos ramas de aquella familia, primas entre sí, que recibieron en herencia el solar. Fue un arquitecto quien sobre el papel trazó una línea para repartir la finca. Cuando llegaron al terreno se encontraron con el cedro en el medio de la división y ahí quedó con la valla sorteándolo. Ahora forma parte del muro que separa Casa de Tepa y el Hotel Ciudad de Astorga. El árbol fue plantado en 1790 por Juan Iturriaga, tatarabuelo del actual propietario de la posada real.
Dicen que siempre se respetó a los árboles de la finca, una condición que se impuso también en la venta de los terrenos, quizás en recuerdo de aquel primer jardín que Iturriaga diseñó a finales del siglo XVIII. De hecho, sólo el cedro y un moral, en el patio de Casa de Tepa, han sobrevivido a aquella época y siguen desafiando al tiempo y a las herencias.
Revisión anual
«Me interesa que se mantenga vivo, por eso cada año un técnico revisa el estado del cedro para garantizar su supervivencia», explica Manuel Gullón y de Oñate, conde de Tepa, y principal artífice de la conservación de los restos del jardín decimonónico que planeó su tatarabuelo.
La mayor parte de las raices del árbol descansan bajo el patio del hotel, aunque su inclinación le lleva a crecer hacia la Casa de Tepa, palacete original de la finca.
Actualmente, cada uno de los propietarios se encarga de podar su parte de la copa, que ha sufrido algún que otro envite de la naturaleza, de hecho un nido de cigüeñas de más de media tonelada de peso amenazó con acabar para siempre con el cedro centenario. Fue un trabajo de años para las aves hacer semejante refugio, tanto que finalmente hubo que retirarlo. «Tuvimos que pedir permiso a la Junta de Castilla y León para trasladar el nido de cigüeñas porque estaba secando el árbol. Fue sorprendente ver la cantidad de elementos sólidos que las aves habían acumulado en el árbol», explica el conde de Tepa. Aún queda de testigo de aquella colonización el estado de las ramas del cedro que caen del lado de Casa de Tepa, mucho más cortas que las del jardín del hotel.
No hay miedo de que este árbol pierda su sitio en el patio, de ello se ha cuidado bien el Manuel Gullón, quien instaló un panel metálico que permite que el cedro siga creciendo sin quedar aprisionado, un destino del que va a disfrutar aún durante muchos años.