San Isidoro y Astorga
Carta te escribo martín martínez
Querido hermano: Tengo la impresión que el obispo astorgano Ordoño no va tener mucha cancha en ese 950 aniversario, cuyas celebraciones ya tenéis pergeñadas. En la del pasado día 8 ya te advertía del papel jugado por Ordoño en la traslación del cuerpo de San Isidoro.
Aquello ocurrió, como bien sabes, en el año 1063. Todo empezó cuando el rey Fernando conquistó Mérida y Al Mutamid de Sevilla, al ver lo que se le avecinaba se acercó a la ciudad del Guadiana, ofreció presentes al rey leonés que este, magnánimo, aceptó advirtiéndole que sería su vasallo y habría de rendirle parias. Para sellar alianza, siempre engañosa por ambas partes, los obispos de León y Astorga, Albito y Ordoño –quienes manejaban con la misma destreza el hisopo y la espada- recomendaron a Fernando pidiera el cuerpo de las hermanas vírgenes Justa y Rufina como botín religioso, cuyos restos descansaban en Sevilla.
Sabes, hermano, como saben todos los leoneses, las peripecias de la embajada religiosa que en el verano de 1063 partió de León a la búsqueda de aquellas reliquias. Al mando de la expedición estaban los dos obispos. Al Mutamid se hizo el remolón, sin indicar el lugar de enterramiento de las hermanas; tuvo meses entretenidos a los leoneses que iban de “la ceca a la meca” buscando las santas reliquias, sin fruto alguno. En esas, se le echa encima el otoño sin cosechar fruto alguno. Como, a falta de pan, buenas son tortas y mejores los ayunos para espabilar el intelecto y el espíritu, Albito ordenó un novenario de “bocas cerradas” y oraciones continuas. A él le entró tal debilidad que informó habérsele aparecido San Isidoro, ofreciendo su cuerpo a cambio de las santas Justa y Rufina; mejor eso que regresar de vacío, debió pensar el leonés, y buen botín espiritual era. Con todo el pesar, el rey moro accedió a la petición, cavaron en el lugar que el aparecido había señalado a Albito, extrajeron su cuerpo y el obispo leonés como le vaticinó Isidoro, débil como estaba, no debió aguantar la emoción y allí expiró.
Ordoño, nuestro obispo, al que tenemos por santo, decidió el regreso portando las reliquias del santo arzobispo sevillano y el cuerpo de Albito, vuestro obispo, al que también tenéis por santo. Eran aquellos siglos de grandes y beatíficas cosechas.
Calcula, hermano, la alegría de Ordoño por la leve carga de San Isidoro, en contraste de la tristeza por el compañero Albito; viaje de emociones encontradas. Llegado a León poco antes de la Navidad, dio sepultura a su colega en la catedral, mientras el rey Fernando dispuso una magna procesión, el día 22, desde la catedral a la bella iglesia que acaba de construir y entonces se decía de San Juan.
El Rey entendió y apreció el servicio que el obispo astorgano le había prestado, pues al día siguiente, víspera de la Nochebuena, en unión de la reina doña Sancha concedió a la iglesia de Astorga y su obispo una amplia dádiva. Que te resumo. Le hizo entrega del monasterio de Santa María de Riba de Tera con todas sus heredades, villas y decanías…exentas de sayones… Te damos, también, la tierra que dicen Noceda con su castillo… porque, cuando te mandamos a la ciudad de Íspalis, desde hace poco denominada Sevilla, hiciste que nos fuese traído el santísimo y gloriosísimo cuerpo del bienaventurado Isidoro.
¿Más claro, querido? Como ves el protagonismo de nuestro obispo san Ordoño es incontestable, aunque te haya incluido el documento telegráficamente. Elimino el pesimismo de la primera línea, y albergo la esperanza que, a lo largo del año, en alguno de esos muchos actos que ya habéis desvelado, haya un huequecito para su figura y le deis el valor que le corresponde por haber sido protagonista de primer orden. Cuídate, hermano.