EMILIANO ÁLVAREZ
«El seminario era un burdel y nosotros, sus chaperos»

l. de la mata
cristina fanjul | león
«Siempre digo que yo he sido chapero. De la misma manera que fui molinero o soldador, fui chapero». Emiliano Álvarez utiliza jerga de la prostitución para referirse, aunque pueda parecer paradójico, a la época más inocente de su vida, su infancia, tres años durante los cuales abusaron sexualmente de él. Tenía diez cuando las necesidades económicas de sus padres le llevaron, junto a su hermano mayor, al seminario de La Bañeza, el lugar que alteró su futuro y convirtió el pasado en un convidado de piedra que sigue pegado a su vida como un visitante viscoso y maloliente desde que, siendo un niño, sufrió abusos, según asegura, a manos del cura Ángel Sánchez Cao.
Denunció las agresiones hace dos años, poco después de que se hiciera pública la condena contra José Manuel Ramos Gordón, el cura pederasta que ha sido sentenciado en dos ocasiones por agredir sexualmente a los niños en el seminario de La Bañeza y en el colegio Juan XXIII de Sanabria.
Cuenta que en la época en la que estuvo en el seminario (años 70), éste contaba con tres dormitorios comunes. «Pero había habido muchos más» De hecho, explica que el bajocubierta había acogido camas durante el franquismo. «Allí pudo haber más de mil niños», dice y, casi como sin darle importancia, cuenta que todos los curas, «excepto don Apolinar», abusaban de los niños. Además de Sánchez Cao recuerda a dos especialmente ‘activos’: don Tomás y don José». «Aquel era un sitio de taraos. Todos ellos eran enfermos sexuales y utilizaban el seminario como un burdel». Emiliano defiende el argumento de abuso ampliado. «No hace falta que abusen de ti para que te conviertas en una víctima. El miedo es suficiente», explica mientras relata las noches en las que todos contemplaban desde la cama los abusos que los sacerdotes ejercían sobre otros niños. «Supe lo que ocurría antes de que me tocara a mí. Había un niño sordo que ya estaba cuando yo llegué al seminario. Siempre le veías con don Tomás. Recuerdo que en los vestuarios se tiraba sobre mí, delante de todos, y comenzaba a mover las caderas como si me follara. Era repugnante, pero ahora, después de los años, lo único en lo que puedo pensar es cómo es posible que un niño de once años tuviera ese impulso. Y sólo se me ocurre pensar que repetía lo que le hacían a él».
Intento de suicido
Emiliano se fugó del seminario una mañana de invierno. Bajó las escaleras, abrió la puerta y creyó que había dejado atrás su vida en La Bañeza. «Lo primero que pensé fue que tenía suicidarme. No podía volver al seminario, pero tampoco contarles a mis padres lo que me ocurría». Atravesó el cementerio de La Bañeza y llegó ante un pozo ante el que permaneció varias horas con la intención de tirarse, de acabar con todo. No lo hizo, pero su vida permaneció a oscuras hasta que casi cuarenta años después se armó de valor para contarle a su madre los abusos sexuales que determinaron el resto de su vida.
cristina fanjul | león
«Estaba en octavo cuando mi hermano me contó que abusaban de él. No le creía. ¿Cómo era posible que un sacerdote hiciera algo así, que fuera capaz de una atrocidad como esa?». Francisco Javier, la víctima del sacerdote pederasta José Manuel Ramos Gordón explica que al poco tiempo de saber del calvario que cada noche vivía su hermano, comenzó a vivirlo en carne propia. «Nos convertimos en dos almas atormentadas intentando entender lo que nos estaba pasando». Explica que la primera conversación fue larga, triste y angustiosa, «con momentos de silencio», que barajaron tantas posibilidades como pudieron, desde decirlo a guardar silencio, desde fugarse y desaparecer a permanecer en el seminario, «con la esperanza de que no volviera a nuestra cama». «Mi hermano sabía que eso no pasaría y con lágrimas en los ojos me dijo que no me hiciera ilusiones. «Volverá». Y lo hizo. Lo hizo una y otra vez durante mucho tiempo, tanto que el miedo sigue acompañando cada noche a Javier, que sigue despertándose con sudor. «Te consumes en el miedo a que se repita, un día tras otro, sabiendo que no puedes hacer nada por pararlo. Me persiguen esos sentimientos y creo que será así siempre».
Esperar la noche
Escapar fue una posibilidad, pero Javier recuerda que tan sólo eran dos niños asustados. «¿Dónde podíamos ir? ¿A buscar más problemas? Ibas a donde iban todos, a clase porque tocaba clase, a la capilla porque tocaba laudes, al comedor porque tocaba comer, y a dormir porque tocaba dormir». Tras una larga pausa, Javier explica lo obvio: «Tocaba dormir, pero yo no dormía. Esa era la hora de esperar...»
Fue el hermano gemelo —ya fallecido— el que decidió decirle al rector del seminario lo que estaba ocurriendo. «Pero, al día siguiente, Ramos Gordón abusó de nosotros de nuevo. Los especialistas destacan que una de las consecuencias de ser víctima de abusos sexuales es el sentimiento de culpa que suele acompañarles. «¡Pero no!, yo no soy responsable de nada. Ningún niño es responsable de algo así. Cometer un crimen tan deleznable e intentar echar la culpa a un niño es repugnante. Subraya además que en su caso los efectos de los abusos me multiplicaban a causa de los padecimientos de su hermano.
Sin embargo, la resiliencia infantil suele ayudar y el propio Javier reflexiona con emoción acerca de la ayuda que ambos se prestaron durante sus días en manos de los pederastas: «No se por qué, pero de alguna manera el hecho de tener a alguien con quien compartir aquello, aquel infierno, aquel horror, nos hacía poder apoyarnos el uno en el otro. No hablábamos mucho, bastaba un gesto o una mirada, sobre todo la mirada de desesperación que yo veía en sus ojos para entendernos, buscando un auxilio que no llegaba, un horror que no cesaba. Creo que mi hermano, de alguna manera me salvó, y yo le salvé a él».
Sin embargo, es consciente de que su experiencia ha condicionado su vida de manera integral y asegura que su vida sería otra de no haber sufrido aquellas agresiones.