Diario de León

OPINIÓN Rafael Torres

El bandido de Omaña

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León

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La comarca leonesa de Omaña tiene un verdadero bandido. O mejor dicho, un bandido antiguo, pues no se trata de un especulador inmobiliario, ni de un comisionista del tráfico de armas, ni de uno de esos tiburones de la bolsa o las finanzas que le roban sus ahorros a los inversores. No, el bandido de Omaña es un bandido antiguo que malvive solitario en el bosque y que se acerca a las aldeas lo justo para robar algo que llevarse a la boca. También es un huido por cuanto, encarcelado por un delito de robo, se fugó del presidio hace tres años aprovechando un permiso penitenciario, y, si me apuran, algo tiene también, aunque muy poco, de guerrillero. Por lo demás, Franco, cuya obra sangrienta aún aflora en los montes de León en todas esas fosas que se van exhumando, les llamaba a los huidos y a los guerrilleros, bandidos. El de Omaña, que ha obligado a los habitantes a atrancar las puertas y que ha metido el miedo en el cuerpo a los pastores, es un verdadero bandido, pero no un bandido romántico. Es más, por eso mismo, porque no es romántico, es un bandido verdadero. Los románticos eran los viajeros franceses e ingleses por España que escribían de ellos en el siglo XIX. No es romántico y le falta la grandeza, y desde luego el coraje y el idealismo, que mantenía a los maquis resistiendo con la ilusión de que los aliados de la Segunda Guerra Mundial acudieran a echarles una mano. No es romántico como Luis Candelas, ni crudo como Vivillo o El Pernales, ni astuto como José María el Tempranillo, ni cinematográfico como Curro Jiménez. El bandido de Omaña, que se echó al monte para no volver a la cárcel, es un verdadero bandido, pero de estos mezquinos tiempos que corren.

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