National Geographic se fija en el precioso pueblo de León donde vivieron los últimos arrieros de España
La prestigiosa publicación se detiene en uno de los lugares más singulares de la provincia leonesa

Castrillo de los Polvazares
En el corazón de León, donde el patrimonio histórico y la belleza rural se entrelazan, se alza un pequeño pueblo que National Geographic ha destacado como el refugio de los últimos arrieros de España: Castrillo de los Polvazares. Situado en la comarca de Maragatería, cerca de Astorga —un cruce tradicional para los peregrinos del Camino Francés—, este rincón leonés encanta a quienes lo visitan con sus casas de piedra detenidas en el tiempo y un legado que cuenta historias de carros, mulas y caminos polvorientos.
Castrillo de los Polvazares no pasa desapercibido. Sus calles empedradas, aunque transitables en coche, invitan a ser recorridas a pie, como lo hacen los caminantes que ascienden por la Calle Real en su ruta hacia Santiago. Lo primero que llama la atención son las puertas de sus viviendas, inusualmente grandes para un pueblo tan pequeño.
Según relata National Geographic, estas entradas desproporcionadas tienen una explicación histórica: servían para dar cobijo a los carros y animales que durante siglos fueron el sustento de los arrieros, aquellos comerciantes itinerantes que conectaban la franja norte de España con el resto de la Península. Este pueblo, en su apogeo, fue un epicentro del comercio y el transporte, un legado que aún resuena en sus muros.
“Es un lugar donde el pasado se siente vivo”, señala National Geographic en su reseña sobre destinos con alma histórica. La publicación destaca cómo Castrillo, con su arquitectura sencilla pero evocadora, encapsula la esencia de la Maragatería, una tierra marcada por la tradición arriera.
Aunque el empedrado pueda ser un reto para los neumáticos, la recomendación es clara: aparca en el estacionamiento junto a la carretera LE-142, donde la vía hace un giro pronunciado, y adéntrate caminando en este viaje al pasado.
El pueblo actual no conserva vestigios medievales, y hay una razón para ello. El Castrillo original, situado en un lugar diferente, fue devastado por inundaciones en el siglo XVI, lo que llevó a sus habitantes a reconstruirlo en una ubicación más segura. De aquella época solo sobrevive la iglesia de San Juan Bautista, un templo modesto de una sola nave coronado por una espadaña con dos campanas, que sigue siendo el principal hito histórico del lugar.
Hoy, Castrillo de los Polvazares seduce por su autenticidad. Sus casas de piedra, alineadas a lo largo de calles estrechas, parecen susurrar relatos de mulas cargadas y arrieros agotados tras largas jornadas. Para los viajeros modernos, ya sean peregrinos o curiosos, este pueblo ofrece una pausa tranquila, un contraste con el bullicio de las grandes ciudades, y una oportunidad de caminar —literalmente— sobre los pasos de una España olvidada. Como apunta National Geographic, es un destino que no solo se ve, sino que se vive.
Qué son los arrieros
Los arrieros eran comerciantes y transportistas que, durante siglos, se dedicaron al traslado de mercancías a lo largo de la Península Ibérica utilizando mulas, carros y otros animales de carga. En el caso de los maragatos, esta actividad los convirtió en una comunidad singular, conocida por su papel clave en el comercio y la economía entre los siglos XV y XIX.
El término "arriero" proviene de "arrear", que significa guiar al ganado o a las bestias de carga. Los maragatos desarrollaron una red comercial que los llevó a recorrer rutas extensas, desde el norte hasta el sur de España, aprovechando su posición estratégica cerca del Camino de Santiago y otras vías históricas
Su trabajo requería no solo habilidad para manejar mulas y carros, sino también conocimientos de negociación y una resistencia notable, ya que pasaban meses fuera de casa. Este oficio dio forma a sus pueblos, con casas diseñadas para albergar animales y vehículos, como se ve en las grandes puertas de Castrillo de los Polvazares.
Los maragatos arrieros tenían una identidad cultural marcada: vestían trajes tradicionales con chalecos, calzones y sombreros de ala ancha, y eran conocidos por su carácter reservado pero hospitalario. Su apogeo coincidió con una España rural donde el transporte dependía de los animales, pero su oficio comenzó a declinar en el siglo XIX con la llegada del ferrocarril y las carreteras modernas, que sustituyeron sus métodos. Para finales de ese siglo, los últimos arrieros maragatos fueron desapareciendo, dejando tras de sí un legado que hoy se conserva en la arquitectura y las tradiciones de la Maragatería.
Astorga como epicentro
Astorga, por su ubicación en el cruce del Camino de Santiago y la Vía de la Plata, fue un punto neurálgico para los maragatos. Aunque no todos los arrieros de Astorga eran maragatos, la ciudad sirvió como base para muchos de ellos, que partían desde allí hacia destinos lejanos. Hoy, su historia sigue viva en la memoria colectiva y en platos típicos como el cocido maragato, una comida contundente que refleja la dieta de quienes necesitaban energía para largas travesías.
Los arrieros maragatos de Astorga fueron mucho más que simples transportistas: fueron un símbolo de una época, una comunidad con raíces profundas en la Maragatería que dejó una huella imborrable en la historia y la cultura de León. Si quieres saber más sobre algún aspecto concreto, como su gastronomía o sus rutas.