Así es el trabajo de la mina a través de sus sonidos
La exposición del Museo de la Siderurgia y la Minería puede verse hasta el 3 de mayo
Detalle de 'Suena la mina. Ecos del subsuelo'.
El Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León, en Sabero, agota las últimas semanas de la exposición ‘Suena la mina. Ecos del subsuelo’, una muestra que da a conocer el trabajo minero desde una perspectiva diferente, los sonidos que acompañan al minero en su día a día.
Comisariada por el historiador Fernando Cuevas, la exposición repasa los sonidos que se pueden escuchar en el exterior de las explotaciones mineras (casa de máquinas, talleres, sala de compresores, lavaderos, tolvas, playa de vías…), en el momento en que los mineros acceden al interior de la mina (zona de embarque, cierre de jaula, bajada de jaula…) y en la propia mina (sonidos en la galería, trabajo en la rampla, labores de barrenistas y artilleros…).
Un rincón de la exposición.
Da cuenta también de su evolución, vinculada a la del trabajo minero y la maquinaria utilizada en él, y de las repercusiones físicas que los ruidos de la mina provocan en sus trabajadores.
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La muestra cuenta con el testimonio, recogido por Oliver del Nozal, de una treintena de mineros de las cuencas de Sabero, Barruelo de Santullán, Guardo-Velilla, Ciñera-Matallana y Fabero, que en un video proyectado sobre la pared azulejada de un vestuario que se ha recreado con todo detalle, recuerdan como eran los diferentes sonidos con los que convivían cada día en su trabajo.
La exposición podrá verse hasta el 3 de mayo.
En una galería, montada con cuadros metálicos originales por el Club de Entibadores Palentinos, el visitante puede escuchar los quince sonidos mas representativos de una explotación minera, acompañados de herramientas y objetos propios de este trabajo. Sonidos reales que proceden del Pozo Sotón, en Asturias y de la Mina Escuela de la Robla, gracias a la colaboración del Grupo Hunosa y Sangre Minera.
Aquel día caluroso de julio de 1904, Rafael se despidió de su mujer para ir un día más a la mina. Por el camino le acompañó el chirrido de los cangilones de la línea de valdes que atravesaba el valle, llevando el escombro a una montaña que crecía sin fin y el pitido y traqueteo de las locomotoras de vapor que se encargaban de llevar el carbón hasta la estación central del Hullero, rumbo a Bilbao.
Detalle de 'Suena la Mina. Ecos del pasado'.
Al entrar en la plaza que rodeaba el pozo, el ruido era atronador. Al sonido de las vagonetas sobre las vías, arrastradas por mulas, que de vez en cuando bramían con fuerza, se unía el que llegaba de los talleres, con los golpes rítmicos de los trabajadores de la fragua sobre el hierro incandescente, el agudo quejido del torno o el resoplar fuerte de la vieja máquina de vapor que movía todas las máquinas de aquel lugar.
Rafael atravesó rápido la plaza y entro en los vestuarios, el único lugar tranquilo, donde solo las conversaciones, escasas, de los compañeros, rompían el silencio. Ya con el mono puesto y la lámpara recogida en la lampistería, se encaminó a la boca del pozo, donde la jaula, después de haber oído el envolvente ruido de la sirena anunciando el cambio de turno, estaba preparada.
Antes de entrar tuvo que esperar la salida del turno anterior, atropellada, entre risas y bromas, señal de que todo había ido bien y un nuevo día esperaba a esos mineros. Sobre esas risas sobrevolaba un intenso zumbido, procedente de los compresores y las ventiladoras, pulmones de la mina.
Apretado entre el resto de los compañeros, sintió el golpe seco de la planchada, la bajada de las persianas metálicas y las sirenas con las señales, anuncio del viaje al interior. Un viaje rápido, movido, envuelto en los sonidos secos de la jaula al deslizarse sobre las guiaderas y cambiar de planta.
En la galería, camino al tajo, le acompañó el chapoteo de las botas de goma en los charcos de agua, el sonido agudo de la turbina de ventilación, los chillidos de algunas ratas peleándose y el ruido intenso de una locomotora diésel que arrastraba una larga fila de vagones llenos de carbón en la galería superior.
Ya en la rampla, se repitió el ambiente de cada día, los golpes secos del hacho sobre la madera que se usaba para sostener el terreno, el golpeteo continuo del martillo sobre el carbón, que caía con un sonido rítmico por las chapas metálicas hacia los vagones y las voces de los compañeros, que en aquel ambiente oscuro y lleno de polvo elevaban su voz para hacerse oír.
Prefería este lugar a su anterior destino como barrenista, el ruido ensordecedor del martillo de barrenar perforando la dura roca era para el insoportable, incluso con los cascos que desde hacía tiempo les facilitaba la empresa. Y la explosión posterior de la dinamita, que llenaba toda la mina de un trueno subterráneo, siempre le había dejado sin respiración.
Siguió picando, deseando que llegara el fin del turno, para poder llegar a su casa , sentarse en el patio trasero, encender un cigarro y envolverse de un silencio apenas roto por el murmullo suave del arroyo que pasaba a su vera.