Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La comisión de urbanismo

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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QUEDE constancia, antes de intentar la travesía del océano Índico, tan lleno de tiburones y de cocodrilos, que no sé quién forma parte de la famosa Comisión de Urbanismo, ni para qué puede servir, ni cuánto nos cuesta a los contribuyente. Supongo, sospecho que la dicha Comisión habrá sido proyectada y pensada y plantada para contribuir en la medida de lo posible a la mayor gloria y esplendor urbano de la ciudad. De ahí lo de Urbanismo. Parece todo perfectamente claro y transparente, pero en honor a la verdad debe decir y digo que en realidad resulta uno de los servicios públicos más destartalados y menos eficaces, si se tienen en cuenta episodios como por ejemplo es un decir, la Calle Ancha y sus múltiples quebrantos, algunos estafermos colocados indebidamente y con muy discutible sentido de la estética, en puntos clave de la geografía urbana de este León que soporta todo lo que le echen y la anarquía de la construcción. Por ejemplo, y antes de alcanzar el tema real por el que se me ocurre asomarse a este precipicio de la construcción y sus valedores y responsables, ciertos áticos y retranqueos que algunos generosos albañiles añaden al edificio original y legal, como el que se rehabita en la actualidad en la calle del Rey Ordoño que en paz descansa por no ver lo que ve. Y a lo que iba, o por mejor decir a donde me dirigía en mi caminata era ha descubrir lo que tiene de fraude o de prevaricación o de alegre y desenfado sistema de adjudicar las licencias de construcción, la armazón del edificio construido, pegado al costado de la iglesia de San Pedro, al cual ahora y en la hora de los despropósitos al fin se pretende derribar, no sin antes indemnizar la constructor con cerca de 500.000 euros, que no se les gana todos los días al mejor alarife del reino. Cuando se levantaba la barbaridad del edificio, con sus primeros ladrillos, fue denunciada la jugada como inconveniente, como improcedente, como de lo menos urbanístico que cabría soñar, sin que el Ayuntamiento, que había otorgado la licencia para tan nefasto edificio, dijera esta culpa es mía. En resumidas cuentas esta monstruosidad urbana venía a sumarse a las muchas que el curioso peregrino que pasara por León podía percibir, aunque se intentaba encubrir el urbanicidio cambiando losetas y colocando setos de petunias en jardines para perros. No bastaba con que los encargados de «amueblar» los espacios urbanos les llenaran de cacharros o de figuras para un cómic urbano, y se llevaba la osadía hasta intentar convencer al personal que todo aquello resultaba una maravilla. Así hasta que la Comisión famosa de Urbanismo recibió los pliegos de denuncia por los cuales se exigía la demolición de la estructura de hormigón montada sobre el esqueleto de la pequeña catedral de San Pedro. Y oiga, pues la verdad, tampoco creemos que la dicha Comisión de Urbanismo no dé una en el clavo, ni siquiera en la herradura, que toda aventura humana, incluso la de miembros de la famosa Comisión puede errar el tiro o confundir la tonadilla. Lo que me parece a mí, dicho sea con todos los respetos posibles, es que cuando se intenta corregir el desaguisado, se intenta desarrollar el bonito juego o truco de buscar acuerdos entre las partes, cuando según aseguran los vecinos, aquí no tienen encaje los acuerdos porque todo lo que queda de la aventura son víctimas, residuos. Es como si en la guerra del Irak, cuando todas estructuras, incluyendo las políticas y las morales han sido arrasadas, se pretendiera justificar o enmendar el tremendo error solicitando un acuerdo, cuando, señoras y señores de la sala, lo que el episodio demanda no son acuerdos, sino responsabilidades. ¿Quién fue el que concedió vía libre al constructor para llevar a cabo su proyecto? ¿Y de dónde se van a sacar los 545.000 euros que exige el propietario del edificio que ahora se derriba?

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