Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La hora del reparto

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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LO DEBIÓ decir César, cuando aquello del ciego le advirtió: «Cuídate de los idus de marzo», porque evidentemente el momento más difícil de la batalla no es cuando los ejércitos dispuestos se acuchillan, se mienten, se trampean y se destruyen, dentro siempre de un orden. Lo peor, lo más dramático, lo más triste y doloroso es cuando por todos los relojes suena «La Hora del reparto». Del reparto de la copiosa y rica merienda electoral. Es entonces cuando los supervivientes de la Gran Batalla se apresuran a reclamar sus derechos, el premio a sus sacrificios, a sus heridas y a sus victorias. Es cuando todos y cada uno de los distintos componentes de los clanes belicosos, adelantan su sombra y despliegan sus antecedentes. Es el momento de reclamar. Parece ser que ese día sonado, será el 14 de este mismo mes y año y para entonces, hasta los más pacíficos y aparentemente más discretos y amigos de la siesta, levantan la cabeza y dejan escapar la apelación suprema, la gran demanda: «Y de lo mío ¿qué hay?» Y como no hay merienda para todos, alguien, alguno el más débil se queda de cuadra. Para entonarse, cada uno de los tres mosqueteros electorales con derechos legales en la nómina leonesa, adelante alguna de las frases rituales por las cuales solicita un puesto, un estrado, un escaño o una subsecretaría municipal sin sueldo, pero con mando en plaza, antes de que suenen las campanas funerales destinadas a los que perdieron el tren. En la zona o paisaje o paisanaje con el que vivimos y convivimos aparecen nada menos que tres adalides, tres campeones, tres apasionantes paladines para hacerse cargo de la grave responsabilidad de gobernar la ínsula: don Mario Amilivia en primer término, don Francisco Fernández, a la zaga y don José María Rodríguez de Francisco por todos los lados. Uno de estos tres leoneses de amor y de costumbre, deberá ser elegido alcalde de la ciudad, sin que para ello sea obligada la intervención directa de ningún vecino. Los partidos representativos se lo guisan y los partidos representativos -más o menos- se lo comen. Buen provecho). Y según los técnicos en política emergente, el fenómeno puede tener estos desarrollos: Puede establecerse el Pacto tradicional entre don Mario y don José María, resultando del trato al que se llegue, (en el cual como la zorra de la gatera dejarán pelo y piel), don Mario como alcalde y don José María como «tapado» de la alcaldía. O puede darse la curiosa cabriola política de que, ante el peligro de perderlo todo, don Mario le ceda a don José María la batuta y sea el grupo de don Francisco el que se quede contemplando cómo se desvanecen las resplandecientes nubes levantadas. También cabe suponer que, en vista de que don José María le pide demasiado a don Mario (que todo puede haber) éste decida establecer contactos, políticos se entiende, con don Francisco, en cuyo caso podrá ser alcalde éste último. Y para que cada una de las partes contratantes sepa a qué color pone la apuesta, cuando el uno dice: que «para volver a pactar con los leonesistas debe producirse un cambio de actitud, se produce la réplica afirmando que el que debe cambiar de tono es la otra parte contratante. O sea, que, como en casa de la Tía Menda, todo puede suceder y para todo debemos estar preparados los electores, tomando nota, no obstante nuestra tradicional indiferencia, de lo que suceda y de cómo suceda para la próxima refriega de las Elecciones Generales, para ocupar el Palacio de Invierno. Porque el gato y el elector escamado, del agua fría huye.

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