La mística de los antiguos ermitaños
El creador del Monasterio de San Pedro de Montes, que nació en El Bierzo, fue hijo de linaje real toledano pues su familia descendía de los propios monarcas visigodos
La sensacional bisutería histórica que adorna el cogollo más céntrico y característico de la ciudad, con joyas como la Catedral, el palacio de Gaudí o el propio Ayuntamiento, tiene su contrapeso espiritual en la nómina de santos y hombres y mujeres ligados a la religión que tienen su hueco en el nomenclátor astorgano. Todos ellos son símbolo de entrega y devoción en una diócesis caracterizada por su antiquísima raigambre católica. Sin pretender realizar un listado exhaustivo, cabe recordar los nombres de santo Toribio, san Dictino o la patrona santa Marta, además del san Fructuoso que hoy protagoniza esta sección dedicada a recrear la pequeña historia local. La calle que lleva su nombre, tan modesta y humilde como su propio titular, parte de la transitada carretera de León, finalizando tras un corto recorrido en Las Huertas. Se trata de una arteria más que en el entramado urbano corresponde a la barriada obrera de San Andrés, tan arraigada en el alma más recóndita de la ciudad. Hijo de linaje real toledano, pues al parecer su familia descendía de los propios monarcas visigodos, el futuro santo vino al mundo en algún paraje de El Bierzo, aunque no se conozca con exactitud su lugar de nacimiento. Entregado desde niño a la penitencia y la austeridad en el palacio que poseían sus padres, a la muerte de sus progenitores abandonó los estudios y la vida mundana para retirarse a una montaña cercana al río Molina. En un afán de cortar todos los lazos con la sociedad más venal, vistió el hábito monacal y se cortó el largo cabello siguiendo el rito de sus ancestros, lo que suponía un enorme sacrificio personal y estético para un joven godo. Todas sus inquietudes se centraron a partir de entonces en la organización del monacato hispano, al tiempo que comenzaba a fundar monasterios. Cuantiosos bienes materiales El primero de ellos, dedicado a los santos Justo y Pastor, lo edificó en Compludo, dotando al cenobio con los cuantiosos bienes materiales que había heredado de sus mayores. El monasterio se hizo popular en un breve período de tiempo, lo que propiciaría la afluencia a tan santos lugares de una enorme riada de peregrinos y penitentes. Algo que ciertamente contrarió al santo, deseoso de seguir llevando una vida mística y contemplativa. Por ello renunció a su cargo de abad para retirarse, según cuenta la tradición, «a otros montes distantes a unas dos leguas de Complugo». Eran las montañas de La Aquiana, un lugar tranquilo y escarpado donde pudo consagrarse durante algún tiempo a la oración más estricta. Pero impulsado por la misma fiebre constructora que antaño, crearía el monasterio rufianense de San Pedro de Montes. Según cuentan los antiguos cronistas, san Fructuoso eligió para vivir una celda tan pequeña y miserable, situada junto al altar de San Pedro, que más bien parecía un calabozo para maleantes. Tampoco en este lugar se estableció definitivamente, pues atravesando el extremo occidental de la comarca berciana llegaría hasta las asperezas de Aguiar. En sus faldas y hacia la parte oriental del río Visonia, edificó un tercer y último monasterio. Consagrado a san Feliz, allí en las cercanías de Sobrado se erigió el cenobio conocido como San Fiz de Visonia. Dos reglas monacales Considerado una auténtica eminencia de la teología católica, a igual nivel que san Isidoro, buena prueba de la brillantez de su intelecto es la autoría de las dos reglas monacales: la R egula Monachorum , o de Compludo, y la Regula Communis , bajo la que vivían los monjes de la época. Estas reglas suponían una especie de contrato entre los monjes de la comunidad, comprometiéndose a guardar fidelidad y respeto al abad del monasterio a cambio de un buen gobierno. Aunque, por resumir, el perfecto ideal de vida para el asceta san Fructuoso consistía en comer poco y ayunar mucho. Terminada su etapa como fundador, sería nombrado obispo de Dumio, Mondoñedo y arzobispo de la ciudad lusitana de Bracara Augusta (Braga). En esta ciudad murió el 16 de abril del año 665, lugar donde recibió sepultura. Sus restos mortales permanecieron en tierras portuguesas hasta el año 1102, cuando el arzobispo de Santiago, don Diego Gelmírez, ordenaría el traslado a la Catedral compostelana, buscando un lugar más solemne y acorde con la destacada personalidad de nuestro protagonista. Porque sin duda Fructuoso, uno de los padres de la llamada Tebaida berciana, es uno los religiosos más destacados en la larga nómina de santos leoneses.