| Reportaje | Fiesta en el Gamonal |
Nunca hundirán un sentimiento
Los vecinos y descendientes del pueblo de Lodares, anegado por el pantano del Porma, volvieron a reunirse bajo la protección de la Divina Pastora para hermanarse y recordar
No se entiende bien cómo los leoneses que se vieron forzados a abandonar sus casas y paisajes natales para dejar paso al agua no cuentan aún con un monumento que pueda ver bien todo el mundo. Porque la suya es una historia de resignación, de renuncia y de generosidad por la que muy pocos les han dado las gracias. En Lodares, como en tantos otros pueblos y aldeas de la montaña del viejo reino, las exigencias del Estado desterraron a los vecinos y los desperdigaron por los cuatro puntos cardinales: León, Madrid, Barcelona, Canarias, Europa, América... Fue 1969 el año que certificó la desaparición de esta localidad del Alto Porma. Pero se trató de una muerte sólo aparente, ya que, desde entonces, sus hijos, vecinos y descendientes siguen fieles a una imagen y a un sentimiento: la Divina Pastora, patrona del pueblo; y cada verano, este grupo de indoblegables montañeses se reúne en torno a su capilla, en la campa del Gamonal, para abrazarse, recordar y seguir anudando los lazos que se estaban quedando sueltos. Aquel año supuso el fin de muchas cosas: no sólo de un grupo de casas de piedra parda y teja roja, con solanas y corredores de madera, recoletos hórreos a dos aguas y una iglesia de altiva espadaña, sino también una forma concreta y única de ver el mundo, las cosas y los hombres: el trabajo incansable con el ganado, puertos arriba y abajo, el chozo, las brañas, la vecera, la recogida del pan y la hierba, las truchas, el corro de aluches en el prao, el recuerdo lejano, medieval, de un monasterio y una batalla, la línea ininterrumpida y entrañable de los ancestros allí enterrados, el acento, las denominaciones de lugares, personas y animales (desde la Covadiella hasta el Peñaruelo pasando por la abubiella ), y tantas otras cosas que hacían de este rincón de la montaña oriental un verdadero hogar. Pero lo que sí quedan hoy son las personas que mantienen vivo ese hogar, y tras éstas, su recuerdo y su ejemplo. Bolos, vino y facendera Como todos los años, los asistentes disfrutaron, además de con su propia compañía, con el mosto, el vino y la torta típicas de esta romería, con el campeonato de bolos, los juegos infantiles, la comidad familiar y el baile de dulzaina y tamboril a cargo del grupo La Ribera. Sin olvidar la santa misa, oficiada por don José, párroco de Reyero. Allí estaban los más veteranos: Ángela González, Socorro González, Félix Fernández, Blanca Fernández, Jesús González, Tosa Fernández; la gente de los Liébana, los Noya y los Reyero, entre muchos otros. Todos, con mejor o peor salud, pero estaban. Se saludaron, charlaron y, por supuesto, desearon encontrarse, otra vez más, para el año que viene. Nos han quitado muchas cosas -parecían decir con la mirada-, pero nunca podrán quitarnos la dignidad.