Rectificación, despedida y cierre
TENÍA UNO PENSADO hacer las cosas de otra manera, pero las circunstancias a veces obligan a cambiar el guión y así se hace. Fue 25 de febrero de 1998 cuando el que esto firma comenzó su andadura rellenando esta columna de opinión dentro de las páginas dedicadas a Laciana, mi tierra. Y aunque el tango dice que veinte años no son nada, los diez que he durado en mi misión han sido largos, han ocurrido muchas cosas, buenas, regulares y malas. Supongo, que a los ojos de un crítico severo lo que he escrito en todos estos años sería, igualmente regular, malo y algunas veces hasta bueno. Sea como sea, siempre creo haber opinado con honestidad, nunca he puesto mis opiniones a un servicio que no fuera el de Laciana. La primera columna que escribí se titulaba Cielo abierto: una abierta explotación a tu tierra... y en ella escribí, a manera de introducción una sentencia (que por razones de espacio no se publicó) tomada del Rey Lear de Shakespeare que dice: «Nosotros llevaremos el peso de estos tiempos tan tristes. Diremos lo que nos dicte el corazón, no lo que deberíamos decir...» Hoy, diez años más tarde, asumo la pedantería de haberla escrito pero me viene muy bien al caso, ya que en ella se resume toda mi filosofía a lo largo de estos, como digo, diez largos años, en los que he tratado de decir en voz alta lo que muchas gentes opinaban en los corrillos lacianiegos y no tenían oportunidad de decir. Algunos han aplaudido muchos de mis escritos, otros han dicho que en vez de Crónicas Pésicas deberían de llamarse crónicas pésimas. Me parece tan respetables las unas como las otras. Pues bien, tal y como he llegado, sin hacer alarde de nada, quiero dejar constancia de que siempre he opinado desde el corazón, como digo. Si en alguna ocasión he criticado a alguien habrá sido este una figura pública, expuesta lógicamente a la crítica, nunca una persona particular. Sea como fuere, aquellos que se hayan sentido ofendido con mis opiniones deben de reconocer que nunca, en ninguna ocasión, he utilizado cuestiones personales en ellas, sino siempre he tratado de hacerlo hacía el cargo que desempeñaban. De todas las formas, han de saber que por encima de ellos y de mí está Laciana y sus gentes, que son los que siempre me han motivado para hacer lo que hecho durante estos diez años. Pero como lo cortes no quita lo valiente, deben de saber que por una vez, y pienso que habrá sido la primera, he metido la pata acusando a alguien de algo, que hasta podría ser considerado un delito. En mi última columna, opiné que Victorino Alonso estaba trayendo el carbón de fuera, cosa que no es cierta, por lo cual, sirva esto de rectificación.