El gran momento de la Semana Grande

La imagen recoge el momento previo al Encuentro de La Dolorosa con San Juan, en presencia de Jesús Nazareno, con la plaza Mayor llena a rebosar de público, que batió palmas de forma entusiasta en el momento en el que se produjo. A las nueve y media, con puntualidad británica, la plaza vibró con el Momento. San Juan –este año sí- hizo una de las reverencias más elegantes que se recuerdan. Breve, sencilla, sentida. La Madre Dolorosa –de negro y oro- se presentaba más guapa que nunca. Su adorno floral estaba exultante. Las gentes, deseosas de presenciar semana santa en estado puro, predispuestas. Hasta unas gradas nuevas ubicadas bajo el consistorio parecieron sumarse a este momento de emociones intensas. Es cierto que apenas duró cinco minutos. Pero las buenas esencias siempre se venden en tarros pequeños. Fue especialmente emocionante también ver al sacerdote que pronunció el Sermón –con una megafonía más que deficiente- vestido con la túnica negra y con su emblema morado. Contar con un hermano de tal condición y que sienta sus pulsos acelerados como los del resto de los hermanos es un detalle que pocas agrupaciones penitenciales pueden sentir. Aunque debería ser moneda común. El cielo, que estuvo a punto de llorar durante toda la jornada, sólo empezó a hacerlo a las tres de la tarde cuando La Coronación ya entraba en la capilla. A partir de ese momento, los aledaños se llenaron de abrazos, de traspaso de flores, de lágrimas, de enhorabuenas y a buen seguro, de recuerdos. Quizás la marcha «Soledad en el alma» que interpretó la Banda de Cornetas de Minerva para dar entrada al Cristo de la Agonía –quien llevaba el abad en sus tiempos de bracero y al que dio una tiradina-, fue el presagio de lo que sucedió por la tarde. ¿Quién sabe? León esa mañana vibró con su procesión y fue, se puede asegurar así, ciudad de Semana Santa. Y así debe seguir siendo. Por los siglos de los siglos.