Relato de casi una decena de horas intensas viviendo la procesión estrella
Los Pasos: pasión en estado puro
Llegada la hora estrella de la Semana Santa, el autor realiza un viaje vertiginoso por los principales vericuetos de la procesión que otorgó a León la distinción de Inter

Detalle de Jesús Nazareno, en la procesión del Viernes
Eran las cinco y cuarto de la madrugada y los componentes de la Ronda -"con algún refuerzo, todo hay que decirlo- intentaban despertar a los parroquianos en la Plaza de la Inmaculada. En seguida acudieron a buscar al seise de la Flagelación y de las Bandas quien, amablemente, dispuso café pastas y un «orujín» -"que a esas horas se agradece-.
Su conexión a internet dejó entrever largas caras de desilusión: el meteorólogo de la red anunciaba que a las doce de la mañana se esperaba un aguacero memorable. «Será lo que Dios quiera» -"alguien apuntó con cara de resignación-. Un toque de ronda en casa del citado seise puso en marcha el anuncio de la procesión. Ordoño II, y La Pícara, las siguientes paradas. El paso por Burgo Nuevo debió abortarse ante la marea de gentes que, vasos y botellas en mano, hacían alarde de sus excesos alcohólicos poco recomendables para cabezas y estómagos. Ni siquiera un furgón de atestados apostado en la calle Santa Nonia poniendo a prueba los pulmones de los conductores, parecía impedir la consecución de la borrachera.
Las seis y media. A las seis y media en punto, la Ronda se encontraba bajo el balcón del Abad quien los abrió su corazón y su casa, en cuyas paredes podía disfrutarse una magnífica foto de «El Encuentro» y un Cristo de la Agonía de ensueño rodeado de un amanecer leonés de los que hacen encoger el alma. Allí también se habló de climatología pero quienes acababan de consultar el tiempo en la red, desdibujaron las noticias hasta tal punto que el abad ni siquiera esbozó un rictus de preocupación. «Será lo que Dios quiera» -alguien volvió a decir-.
Dos toques de ronda, uno arriba y otro ya en el portal, hicieron arrancar la comitiva hacia la iglesia donde a las siete y veinte se dio el último aviso antes del inicio de la carrera, este año interpretado por dos hermanos para reforzar la voz de quien suele cerrar la llamada cada año. Tras las puertas, se atisbaba ya un Nazareno ansioso por salir a bendecir a sus fieles que a esas horas -"quién lo diría- abarrotaban los aledaños de Santa Nonia. Los abrazos entre sí de los componentes de la Ronda eran signo inequívoco que todo ya estaba dispuesto.
La salida. A las siete y media volvió a suceder. Esquila, clarín y tambor se enfrentaban a la puerta anunciando la salida. Una reverencia -al finalizar los toques, esta vez sin voz-, indicó el momento. Braceros y Agrupación Musical de Jesús -"ya cubiertos- hicieron encoger el alma de quienes lo contemplamos. Esa mañana no hubo rayo de sol que iluminara la cara del Nazareno. Pero la solemnidad de su salida no necesitó focos naturales. ¡Quién lo diría!. Allá donde se mirara, se veían lágrimas de emoción.
En ese mismo momento, «La Oración» embocaba Hospicio. La procesión se puso en marcha, como siempre, en silencio; con pocos espectadores que, tras la salida del Titular ya estaban atajando deprisa para ubicarse en la Plaza Mayor. La tarea, a pesar de las calles casi vacías, no era muy fácil. Los restos de esa noche de excesos mal entendida hacían trabajar a los servicios de limpieza de tal forma que no estaba muy claro quiénes cumplían mayor penitencia si los papones o los barrenderos. Los amantes de «Los Pasos» también ayudaban en la tarea, recogiendo con mimo, algunos cristales que a lo largo de la carrera podrían haberse convertido en puñales para los pies descalzos de los hermanos. Muchas estampas clásicas pudieron observarse por el recorrido hasta la plaza de la Constitución. Muchas caras anónimas pero perfectamente conocidas por los hermanos que saben que, siempre en el mismo lugar, esperan el discurrir de la tradición. Hasta unas paponas de acera que disponen cada año, en el poyete de la Plaza del Grano unas mantas -"que sirven de improvisado cojín y de ayuda para espantar el frío- junto con termo de café y unos buchitos de anís. Por lo demás -"ya se sabe- la Cuesta de las Carbajalas es un momento mágico. Los pasos parecen volar; las bandas demuestran su sabiduría; los crucificados deben bajarse a brazo para sortear el cable del cenobio. Este año, la subida de Ecce Homo y Nazareno, raseando con la misma cadencia, mecidos por la música de la Agrupación del Dulce Nombre fue un momento difícil de olvidar para muchos.
Pacto con el tiempo. A su hora, como si la procesión tuviera un pacto con el tiempo, San Juan embocó Juan de Arfe. Dos tambores le ayudaron en el desvío. Casi nadie presenció su huida pues este Viernes Santo los servicios de seguridad cortaron todos los lugares por donde debía ir la procesión. La plaza se fue llenando como cada año. La Agrupación Musical de la cofradía más numerosa interpretó -"tras Ecce Homo y el Toque de Oración para dar entrada al Nazareno- una chicotá que llenó la ciudad de música semanasantera de calidad. Diez marchas sin solución de continuidad. Salud en Montesión dio paso ya a una Banda de Música que anunciaba de inmediato la llegada de La Dolorosa.
Para esta cofradía fue un verdadero orgullo que bajo las andas del Cristo de la Agonía fuera su el escultor pujando. Y es que Laureano Villanuena no quiso perderse el ofrecimiento que los braceros de «su» paso le hicieron recientemente y quiso acudir a este nuevo Encuentro.
Landázuri evocó momentos del pasado. En esta ocasión la solitaria horqueta que la Flagelación nunca ha dejado de llevar, se vio acompañada por ocho en El Prendimiento que golpearon el empedrado con tal fuerza que no llegaron sanas a la capilla. A nadie le importó. Al fin y al cabo, ese pequeño homenaje a nuestra historia fue un gesto amable. Los sonidos que dejaron a su paso por el Convento parecían estar sacados de un documental de los años veinte. Se lo aseguro. Las clarisas, una vez se asomó el Nazareno frente a sus celosías le volvieron a cantar recordando, probablemente, que hace casi cuatrocientos años una abadesa, Sor Juana María de San Agustín, fue prendida por la soga que el Maestro lleva al cuello.
La hora del descanso. Por lo demás, el descanso en Santo Martino y sus aledaños se llenó como siempre de familias que desayunan juntas, de hermanos que se ven una vez al año en torno a una mesa, de estampas semanasanteras de ayer, de hoy y de siempre. El desayuno del abad contó con uno de lo más reputados críticos de vinos a pesar de que fuera limonada el caldo ofrecido. Estos últimos años que no se puede entrar en el patio de San Isidoro, los pasos se observan muy de cerca y multitud de fotógrafos parecen enloquecerse con las oportunidades. También esos momentos se han convertido en otra tradición aunque ahora ya nadie sepa lo que es un carrete de fotos.
Es mediodía. Al medio día, la Oración marcó el compás por Sacramento y durante todo el recorrido en las aceras se arremolinaba la gente para presenciar la procesión. Todo vale, estamos de acuerdo: llevar silla plegable, encaramarse a las jardineras, asomarse a los balcones, subirse en los hombros del progenitor exhausto. Hasta abrazarse a las farolas, que en esta ocasión no está mal visto. La azotea del edificio del Banco Herrero parecía un palco en el cielo.
Poco a poco, los pasos fueron haciendo su especial estación de penitencia matutina. La calle Teatro volvió se ser «La Dolorosa» al paso de la Banda de cornetas del Dulce Nombre que además -"en recuerdo del abad Alejandro Morán- dio los toques de oración. La Banda de Música de Las Siete Palabras rindió honores a su titular -"que se asomó para ver el cortejo arropado por la Junta de Gobierno- con la marcha que lleva su nombre. La Flagelación subió la rampa más conocida de la semana santa a ritmo de La Muerte no es el final -"acaso también, otro guiño a Alejandro-. Uno a uno -"hasta trece- los tronos embocaron la Rúa llenando su paso con nubes de incienso. Los monaguillos nunca se cansaron. Ni siquiera al llegar a la capilla cuando, con cara de disgusto y el ceño fruncido, vieron cómo los montadores les retiraron incensarios, navetas y faroles. El Nazareno, tras Señor de San Román oyó su Himno antes de despedirse de sus fieles. El «Torero» (Expolio) fue recibido por la Agrupación de Angustias que interpretó Gitano de Sevilla haciendo un guiño al nombre cariñoso de la talla. Es cierto que la lluvia no era muy abundante. Sólo a las cuatro menos cuarto, las nubes se cansaron de esperar y el público tuvo que abrir sus paraguas. San Juan y la Dolorosa ya ni tuvieron tiempo para despedirse con calma. De hecho, la Madre entró en la capilla a ritmo de un solo tambor destemplado. Eran las cuatro en punto de la tarde.