CARTADEL OBISPO
La Semana Santa y las procesiones

A punto de comenzar la Semana Santa quiero desear a todos la paz y la alegría de Jesucristo Resucitado. La Semana Santa ha sido siempre expresión de la fe. Pero posee también otras dimensiones importantes de carácter social, cultural, turístico y económico.
Una de las manifestaciones más significativas de la Semana Santa son las procesiones. La procesión es un rito religioso de alcance universal que brota del gesto humano de caminar juntos, de asociarse y formar grupo cuando hay un motivo común. Por eso, un primer valor consiste en fomentar cercanía, solidaridad, comunicación, etc. En ella no se pasea sino que se camina con otras personas, se tiene algo en común y se comparten unos motivos. Todo esto se traduce en solidaridad, comunicación de ideas, afectos y sentimientos, fraternidad y religiosidad, etc. Cuando a estos valores se unen la fe, la devoción a los misterios de la vida de Cristo, el espíritu penitencial, la oración y el amor fraterno, las procesiones son ya un acto de culto a Dios y expresión de una comunidad cristiana.
Las procesiones, además, conmueven y llaman a la conversión, especialmente si está presente de alguna forma y en algún momento la palabra de Dios. Invitan a vivir coherentemente y a unir culto y vida. Deben ser testimonio para los que miran desde fuera. Su mayor riesgo es la superficialidad, el que se reduzcan a lo externo y espectacular. El mejor antídoto contra este riesgo se encuentra en procurar la autenticidad religiosa y cristiana, la plegaria común antes y después de la procesión, la oración silenciosa y meditativa, el recogimiento durante el itinerario, la fraternidad y la comunión entre los hermanos, y el destinar una parte proporcional y no meramente simbólica de los gastos a la acción social y caritativa, etc.