Hermanos de plata del Dulce Nombre

La talla del Ecce Hommo aguarda en la carpa de Santa Nonia por sus preparativos. La Exaltación también recibe sus cuidados, junto a La Crucifixión y el Cristo de La Agonía. | MARCIANO PÉREZ
E nrique Vinagre y Carlos García son dos tipos anónimos, de esos que nunca verás en las primeras filas ni encuadrados en las fotos de los días de gloria. Más bien tímidos, se reservan sus sentimientos para unos pocos e incluso para ellos mismos. No necesitan reconocimientos. Ellos entendieron hace tiempo que su Nazareno todo lo sabe y con eso les basta. Hace 25 años comenzaron a soñar con eso de ser papones del Dulce Nombre. Hoy, hermanos ya de plata, viven su particular Viernes Santos. Sus recuerdos merecen y mucho la pena.
No soy hermano de la cofradía desde el día que nací, ni tengo una tradición arraigada por parte de mi familia, pero en días como hoy, 25 años después de aquella primera procesión, puedo decir que me siento orgulloso de pertenecer al Dulce Nombre y dedicar una gran parte de mi tiempo para conseguir que siga siendo tan querida y admirada en nuestra ciudad», señala Quique. «Todavía recuerdo los nervios de la primera procesión, del primer Viernes Santo, la primera puja y la larga espera hasta volver a Santa Nonia el siguiente año».
«Agradezco a mis padres por hacerme hermano en el año 93, ya que sin su consentimiento no habría alcanzado un sueño; a la cofradía por todos los momentos que me ha regalado en estos años únicos e irrepetibles como el hecho de poder pujar el Nazareno por las calles de Madrid una calurosa tarde de agosto o, en contraposición, las lágrimas de un Viernes Santo que quiso y no pudo ser en 2011. Gracias a este cuarto de siglo en Jesús he conocido a los que hoy considero mis mejores amigos y a las personas más importantes que me rodean día a día». Por su parte, Carlos rememora cuánto costó vestir por primera vez la túnica negra y colocar sobre el pecho el emblema morado, el de sus sueños. «Te vas a querer borrar enseguida», le dijeron. «Cuánto se equivocaban mis padres...». Todo comenzó «un Lunes Santo de 1993. Primera procesión, la última del Pregón. Un viernes en el que los tambores no me despertaron como tantos. Yo les desperté a ellos, mucho antes, para llegar a coger un farol en el paso del Expolio».
«Primera puja. En el San Juan (gracias Milín). Poco a poco hacerse mayor y bracero a un tiempo; hermanito de los que levanta La Ronda... 25 años y muchos más de vivencias, recuerdos, sentimientos... Y el principal, tal vez, el de un chaval enamorado de una cofradía donde ahora puja aquel paso que veía inalcanzable, que se siente en Santa Nonia como en su casa, que escribe en aquella revista que guardaba con admiración cuando ni era hermano», rememora.
«25 años para sentirme orgulloso de mis hermanos, por ser uno más entre ellos y haberme permitido ser útil y privilegiado en aquel IV Centenario; para recordar a los que no están pero sí siguen vistiendo de túnica cada Semana Santa; para mirar a los que han llegado en este cuarto de siglo, como mi hijo Javier, que hoy ha soplado cinco velas. Las cinco como Hermano de Jesús Nazareno».
Que sea enhorabuena.