(Su pasión frustrada, fue, la de no ser el Caruso leonés)
¿Genarín, cantante de ópera?
«Era un día del mes de marzo del 1920. Genaro Blanco, que salía de echar unas cabezadas, y se dirigía a la taberna del «Tío Perrito» en la Plaza del Grano, vio en el resquicio de un portal sentada, a una mujer»

Lo que voy a referiros, yo no puede precisar si ocurrió, como aseguran, o si es un cuento nada más. Lo que sé es que hace muy poco, oí decir, y que yo, considerándolo de innegable utilidad, lo debo contar, para probar a la gente de esta ciudad y de más allá, que un vendedor de pellejos, partidario del orujo, asiduo cantor nocturno por influjo de este hollejo de la uva, cantante de ópera quería ser, además”, y …..
Veamos la historia:
Era la caída de la tarde de uno de los primeros días del mes de noviembre del año 1919. El celaje estaba sombrío. Un rayo del sol poniente iba a iluminar con un bello color rojizo la magnífica portada de la catedral de León.
El rosetón, los arcos, las galerías, los botareles y las agujas dejaba ver con un efecto bellísimo de claro oscuro sus follajes, sus relieves, sus filigranas, toda la riqueza de su ornamentación múltiple, infinita, que hacía de aquel magnífico frontispicio una preciosa obra de orfebrería.
Un hombre, de fisonomía lánguida, triste, con barba crecida ya, vestido con un viejo abrigo de paño de color indefinible, con unos pantalones con rodilleras desgastadas, con unos añejos zapatos, y sin embargo, con cierto porte altanero que emanaba de él, que no parecían sino una farsa las viejas ropas que le cubrían, caminaba por la plaza de la catedral dando pasos atravesados, en dirección a la sombría calle Paloma. Ese hombre era Genaro Blanco.
Se detuvo un instante, suspiró profundamente y luego siguió su marcha, cabizbajo y pensativo. Esa misma mañana había tenido una decepción debido a un secreto muy callado, pues nadie sabia que su ilusión era ser cantante de ópera.
Llevado de esa ilusión y siendo pertinaz cantante nocturno, pues tenía fuerte voz, un día tuvo la buena idea de acudir a una profesora de piano y canto, que tenía su estudio en una casa de la Plaza de Don Gutierre.
Genaro Blanco, más que a piano iba al canto, y así estuvo durante un año tomando clase.
Pero la cosa no iba bien, y un día su profesora, fríamente pero con suavidad, le dijo que él no había nacido para ser cantante de opera, ni menos un Caruso leonés, aunque por la noches, después de su ronda por las cantinas, pudiera entonar con voz grave y poderosa, su copla preferida, “La leonesa”.
Difíciles años eran aquellos del principio del siglo XX. Había que buscarse la vida en mucho y en todo. Abundaban aquellos artistas solitarios que, ya de pie en una esquina, cerca de un templo, o en el quicio de algún cerrado portalón, arrancaban melodías de ópera o trozos de sinfonías, del violín, la flauta o la ocarina. Otros eran de composición diversa, en los que predominaba la trompeta, el bombo y los platillos, la guitarra o el acordeón.
A veces la traza de estos músicos ambulantes era deplorable. Sombreros cuajados de grasa o polvo, que se derrumbaban sobre su orejas, bajo cuyas alas caídas aparecían enrojecidas narices. El bigote lacio, requemado por el pitillo, con barba enmarañada, que solían portar raídos chaquetones o abrigos del tiempo de Colón, con los codos rotos, todo ello combinado con pantalones color avellana, llenos de flecos, sobre sus botas rotas y deslucidas.
Muchas veces acompañaban a estos una mujer, que siempre parecía la misma, inevitablemente en avanzado estado de gestación, con vientre prominente, que malamente pretendía disimular bajo un delantal pringoso.
Esta triste mujer era la encargada de pasear el platillo recaudatorio por el corro y vender las coplas y cantables, cuando los había. Otras veces la mujer acompañante, que solía tener pretensiones de “Madame Pompadour”, blandiendo una pandereta con sonajas y lazos, entonaba unas incomprensibles canciones, que debían de se de carácter regional, pero a los que daba una versión peculiar y personalizada, levantado mucho una pierna con gran revuelo de faldas.
Todos estos tipos, que tanta hilaridad producían a cierta clase de gentes, en realidad, a las personas con un mínimo de sensibilidad, daban lástima y compasión, Pero ocurrió que…. Era un día del mes de marzo del 1920.
El tiempo estaba sombrío, lluvioso y triste, acababan de dar las cuatro en el reloj de la Catedral, y Genaro Blanco, que salía de echar unas cabezadas, y se dirigía a la taberna del “Tío Perrito” en la Plaza del Grano, vio en el resquicio de un portal sentada, a una mujer de unos veinticinco o treinta años, empeñada en tocar algo con una pequeña armónica.
El rostro pálido y demacrado, y la tristeza de su mirada, denotaba que se reunían en ella las penas del corazón a las del cuerpo, pero sin embargo se esforzaba por sonreírse.
Y de repente a Genaro Blanco le vino a la cabeza una idea, reunir a unos cuantos de estos pobres músicos callejeros, mendicantes que se enseñoreaban por la ciudad, y formar un gremio, y procedió a ello, aunque más tarde algunos de estos concertistas, se negaron a una forzada vocación musical, pues preferían el canto lúgubre de sus peroratas pedigüeñas.
En aquella época, se hizo costumbre el de practicar la caridad diaria en muchas familias. Eran años de mucha penuria. Pero con la afortunada o desafortunada idea de Genaro Blanco de formar una gremio de mendigos callejeros, proliferó tanto lo del mendigo artista, que casi se convirtió en una plaga, cosa que preocupaba al Sr. Alcalde.
Y entonces hubo una huelga de mendigos artistas musicales. Una disposición municipal, aprobada por el Concejo ante la proliferación de mendicantes de esta clase, fue que nadie estaba autorizado para pedir limosna tocando algún instrumento, si no sabían al menos algo de solfeo, ni justificaban su indigencia.
No todos los que tocaban sabían tocar, pero, precisamente aquellos que no sabían, alcanzaban más socorro del prójimo, porque su ineptitud artística excitaba a mayor piedad, o también se les daba más, con la esperanza de que callasen.
Pero al fin y al cabo estos menesterosos eran la alegría de la calle, la alegría de la ciudad. Y un día ante la estupefacción pública, se planteó la huelga del sufrido gremio de mendigos artistas callejeros. Los huelguistas acordaron tener sus reuniones en la afueras de la ciudad, allá por Cantamilanos, zona montaraz bien conocida por Genarín, promotor del gremio, donde solía hacer buen acopio de pellejos de conejo.
Allí, agrupados en un desmonte, sembrado de latas mohosas y abolladas, botas viejas, papeles y virutas, discutían la marcha de los acontecimientos sociales. Todos coincidían en mucho. Julián, “pata de leña vieja”, o sea pata-palo, guitarrista, dijo que estaba dispuesto a ir con “pie firme” hasta el fin. Juan “El tuerto” soplador de pito, reveló que tenía guardadas quinientas pesetas para fondos de huelga. Un manco, tocador de tambor con el pie, optaba por la actitud de los brazos caídos.
Un ciego, tocador de viola, propuso la huelga del hambre, a la que los otros objetaron que tal medida no tendría eficacia. Nadie haría caso de una huelga de hambre llevada a cabo por quienes estaban acostumbrados a la anormalidad de no comer. El que mostraba mayor entereza en este mitin, era un medio hombre, que andaba con cuatro ruedas, empujándose con las manos y que tocaba la trompeta.
Pero sin estos músicos callejeros, mendigos de solemnidad, la ciudad presentaba extraño, triste aspecto. Era desolador el ir por las calles o a la Iglesia y contemplar las esquinas vacía y los rincones y las gradas del atrio igual, y no ver a nadie presentar su lata para recoger la calderilla, después de la serenata.
Para el que a diario donaba caridad, se hallaba consternado con lo que ocurría, y desesperado recorría la ciudad buscando a uno del gremio al que darle limosna, pero no encontraba alguno. Y media ciudad se lanzó a buscar a estos músicos de la pobreza para entregarle la limosna reservada, y así hacer valer el derecho de su caridad cristiana.
Tantas protestas llegaron al Sr. Alcalde, que no tuvo más remedio que dictar un decreto anulando la prohibición de tocar por las calles a estos músicos ambulantes de la mendicidad. Y así fue como terminó la huelga del gremio promovido por Genaro Blanco. Se impuso la verdadera mayoría, que debe ser siempre la mayoría ciudadana, no la del gremio.
Parece una cosa de humor, pero no lo es. Genaro Blanco “Genarín”, no llegó a ver cumplido en vida su sueño de ser cantor de ópera, ni el Caruso leonés, pero al menos salvó su honor, mejor dicho, el honor del gremio de la pobretería musical que había comandado. Y esto es lo que puedo y debo contar.