Yo soy mi propio lugar confuso
GASPAR MOISÉS GÓMEZ
«Preñado ha de ser el verbo, no hinchado; que signifique, no que resuene;
verbos con fondo, donde se engolfe la atención, donde tenga en qué cebarse la comprensión»
(Baltasar Gracián)
Y ESE carisma de los libros, con la incesante vida que en sus letras viven, cuando salen de noche a buscar la identidad-¦
Libros que se aperciben de que están solos únicamente cuando, apretujados en sus signos, tienen miedo a perder hasta la forma de cómo pueden ser leídos.
NO FUIMOS nunca lo que ahora decimos, ni siquiera la imagen de lo que antes pensáramos.
Quizás los ángeles sean eviternos, porque el reloj sin hora de Dios se habrá parado en el principio de aquel «Hágase», y, ellos, paralizados ante su hermosura, no aciertan a ver otra cosa que el péndulo ya quieto en la mano rígida de la divinidad.
Pero tú y yo ¿qué tiempo reclamamos sino el que está sujeto por el hilo azul del poema, aunque un solo lector indigno pueda cortárnoslo, ya que a él nada le dice aquello que afloró de nuestro seno oscuro, al cual estamos tan ciegamente unidos?
¿Tampoco contamos al no haber posteridad?
¿No es esto algo distinto: un mudo sestear eterno, bajo una lápida y su epitafio y, lo demás, indiferencia?
Pues si el vino se resume en lo que son sus posos, no pudo madurarlo sino aquel tiempo nocturno y sin memoria, para después estrujarlo en un lagar ajeno, y que, al final, sólo residuos pudiéramos beber. Residuos en su ardor evaporados.
¿Hemos visto a Celan y su nonada en el difícil laberinto? ¿Hay algo por lo que merezca morir? ¿O morimos porque un carretón de nueces huecas nos lleva hacia donde no queremos? ¿Quién dice «tiempo», ahora, cuando el sosiego nos traspasa y la muerte se funde en un sueño del que no es posible despertar?
Seguramente exista, después de que no estemos, una luz diferente, cada vez más intensa, apurada en su propio ser, y la cual se celebrará oponiéndose a tantos mortecinos dioses que, si existen, es porque igualmente irán a morir.
SI ESE OBJETO no estuviera en donde está, el espacio no existiría.
La tensión entre dos piedras, ambas doliéndose de hallarse tan solas, hace que las dos lancen su alarido para, siquiera, mantenerse así, en su lugar clamándose; dando origen entre ellas a una especie de olvido y atención: neutras hijas de un aire sin porfía: eventos secundarios, a no ser porque, desde el fondo, una atracción establece la distancia perfecta.
No sabremos nunca si estas piedras que están en la cumbre, tocando con el cielo, fueron antes o después de que los dioses salieran de su nada. ¿Surgieron a su voz, en un eco, de sus propias cavernas? ¿O fue necesario que un aire avaro hiciera posible la consagración de aquellas formas?
¡Oh, tirantez! ¡Oh, distancias en donde sólo cabe la aguja del silencio!
Cada piedra estaba allí para crear su propio espacio. En su ignoto seno de granito se debatían tantos gladiadores, que ya estaba un artista esperando, con la única idea de matar su perfil, y, con la obra divina, constituir su propio relieve de trágico escarmiento.
Y el vacío cobra entonces su extensión orgullosa y feroz.
La línea se dobla en mil flexiones.
Dice su nombre lo inaudible.
Y el espacio, que a todo se aviene, deja que se le abra un ciego raigón para que la piedra se llame, al pasar por sus estrecheces, como nosotros la queramos llamar.
(Poemas inéditos)