Nada está muerto mientras viva mi canto
Poesías completas
(1947-2002)
José Hierro. Prólogo de Julia Uceda. Epílogo de Miguel García-Posada. Ed. Visor, Madrid, 2009. 736 pp.
Uno de los acontecimientos culturales del 2009, ya casi cerrando el año, fue la publicación de las Poesías completas de José Hierro, uno de los grandes poetas de la segunda mitad del XX. En 1947 publicó Tierra sin nosotros , con viñeta en portada de su amigo, el malogrado poeta J. L. Hidalgo, y Alegría . En 1950 apareció Con las piedras, con el viento , y en 1952, Quinta del 42 . Hierro formó parte de las antologías de posguerra, con algunas piezas que por reiteradas se convirtieron en memorables («Canción de cuna para dormir a un preso», «Réquiem», etc.), y con los libros que siguieron, de las antologías de poesía española de todos los tiempos: Cuanto sé de mí (1957) y Libro de las alucinaciones (1964). Más de veinticinco años transcurrieron hasta la publicación de Agenda (1991) y el celebrado Cuaderno de Nueva York (1998). La edición de las Poesías completas (1947-2002) reúne todos estos libros, acompañados de un prólogo de Julia Uceda y un epílogo de Miguel García-Posada. Aquella alude básicamente a los juicios, prisiones y libertades condicionales que sufrió el poeta durante la guerra y la inmediata posguerra, acaso porque «sus criaturas de las sombras, de la memoria..., regresan siempre a su poesía». Consecuentemente, García-Posada ve, como corriente central de la poesía de Hierro, la «solidaridad sustentada en la dignidad de los vencidos». Mucho interés tiene para mí las lúcidas introducciones de José Hierro a sendas Poesías completas de 1962 y de 1974. Estableció allí su idea de poeta testimonial (no social), como él se consideraba, y los dos grandes caminos de su lírica: la poesía-reportaje (expresión directa y narrativa) y la poesía-alucinación (todo envuelto en niebla, vaguedad de emociones, un ámbito incomprensible). Pero lo importante empieza con la lectura personal e íntima en su sentido más puro, emocional, si conservamos la capacidad de vibración interior, y tensa, porque el buen poeta no busca la relajación del lector, sino que le habla del hombre y del dolor, que es suyo y nuestro, un dolor generacional, de aquella comunidad de hombres que conocieron la cárcel, la guerra y la depauperada y agresiva posguerra, donde se fueron «nuestros mejores años verdes / y nuestros sueños más hermosos». Los poemas aparecen sostenidos por un ritmo quebrado que no permite la fácil acomodación entre lo que se espera y lo que se encuentra (de ahí el frecuentísimo uso del eneasílabo frente al tradicional octosílabo).
Por el dolor a la alegría: es una de las claves de esta poesía. La alegría de estar vivo, a pesar de todo («somos alegres porque estamos vivos»). Algunos versos son memorables: «Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría / no podrá morir nunca». Por el lado de la alegría se exalta el gozo de la naturaleza. En muchos de estos aspectos la poesía de Hierro está cerca de la de otros poetas de su generación, pero se da en ella, como en los poetas mejores, un cambio desde Libro de las alucinaciones hacia una mayor libertad formal e imaginativa que fortaleció su poesía y la hizo acorde con el momento presente. Por otro lado hay asuntos muy propios del poeta Hierro, como son los que celebran la música o a determinados músicos (Bach, Beethoven, Schubert). También en esto es una poesía original.