Diario de León
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León

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Las hojas amarilleando por los bordes, encarnadas en su centro, las rosas con menos hojas, los geranios decayendo la brillantez de su color, los lirios blancuzcos menos erguidos, en su jardín se había instalado ya el otoño, el cambio imperceptible que empezaba con las mañanas frías en la montaña a finales de agosto, las noches con ligero viento y así hasta que un día las flores y hojas cambiaban de color, y una mañana se encontraba con la escarcha y otro día con el hielo y finalmente con la nieve. Ese jardín estallaba de color en el verano de su vuelta y estaba cubierto de blanco el día que se fue, aterido de frío aquella mañana en que salió de viaje se sorprendió cuarenta mareantes días después de que la brisa cálida del Caribe le azotara la cara y como le dijeron en el primer puerto, Curaçao, aquí es siempre así. Siempre así.

Justo en ese momento Fernanda Ansúrez daba vueltas sobre su cama, se levantó para verificar que todo lo importante, lo fundamental, le acompañaría en el viaje, hacía una semana había cumplido dieciocho y en su fantasía adolescente pensó que era maravilloso tener la oportunidad de cruzar el mundo entero e irse tan lejos a estudiar, pero desde hacía unas horas no le parecía tan maravilloso sino aterrador. El estar sola ante todo lo inesperado no le parecía tan buena idea. Abrió su maleta de mano, un precioso bolso de bandolera en cuero envejecido, cosido a mano, con útiles bolsillos interiores de todos los tamaños, con un olor a aventuras y con dos letras doradas grabadas en su costado cerca de las suaves asas, B.B. Cuando él compró ese bolso de cuero en el mercado de la llamada Plaza del Grano le llamó la atención la belleza de la tonalidad de la piel, como las hojas en otoño, ni ocre, ni marrón, ni rojo, un bermellón tostado, sencillo y al mismo tiempo soberbiamente elegante, B.B. el vendedor le dijo, esto es de un antiguo SS que estuvo en España, antes de irse lo dejó olvidado en un hotel, está hecho a mano, hecho para portar pistolas o todo lo que sea necesario, le costó caro pero le bastaba para su viaje. Fernanda pensó que en ese bolso de mano en el que ella guardaba sus libretas, algunas joyas, ipod y su preciada cámara de aspirante a fotógrafa así como otros artilugios de estricta importancia personal, su abuelo había metido toda su vida.

A Bilbao salió en 1955, para ir a trabajar en los astilleros, en los altos hornos, en el campo, en el puerto, en donde hubiera trabajo, la familia confiaba en que le iría bien, con las cartas de recomendación, las direcciones de conocidos anotadas, los embutidos de la tierra para hacer más corto el viaje y más llevaderas las soledades. Los ahorros de un año entero guardados, sin poder comprar una chaqueta de paño decente o unas botas nuevas para estrenar, no importaba pues el destino final bien merecía la pena. El bolso lo compró por esas Bes grabadas, la B de Bilbao su destino inicial, la B de Brasil, su destino elegido. En Bilbao no se dedicó a visitar los astilleros ni las fábricas para ofrecerse a trabajar, pudo con despreocupación dedicarse a bellos paseos por su ría, a comer sus pintxos y esperar, esperar la salida del barco. Cuarenta días, al principio fríos con olor a sal, al final pegajosamente cálidos, primera parada Curaçao, las casas de colores, las blancas playas, había cruzado el universo y seguía vivo. Después La Guaira, la mitad de los españoles abandonaron el barco, Caracas les esperaba. Finalmente Rio de Janeiro, en el control de documentación profesión contable, algo sabía de números sobre todo cuando no había mucho beneficio que contar, como lo que salía de la tierra de sus padres. Brasil, en aquella mañana el recuerdo de golpe de cuarenta años de vida le vino con la alegría de los niños jugando en las playas, las mujeres de vestidos blancos con faldas al vuelo y el grupo de españoles republicanos, franquistas, de aquí y de allá unidos por una tortilla de patatas. Hoy en unas horas su nieta saldría de Rio con destino Tokio, dieciocho años, los mismos que él tenía, el miedo en el cuerpo, las largas horas de espera en la incertidumbre ahora de un gran avión y la vida por delante llena de aventuras.

Fernanda se despidió de sus padres sintiendo ya la nostalgia futura de no tenerlos cerca. Su periplo personal comenzaba, se reclinó sobre el asiento de su avión destino Miami-San Francisco-Tokio, puso el volumen al máximo de Balloons , la canción que bailó con sus amigos hacía unos días, entre el humo y el gusto ácido de las limas de las caipiriñas, saltaba y daba vueltas, recordando las historias de su abuelo, el leonés Fernando Ansúrez, que vivió cuarenta años en Brasil, que un día cogió un tren en la estación de su frío pueblo y se dijo que iría todo lo lejos que pudiera, que sería libre en otras tierras, que se subió a un barco con el destino trazado por las iniciales grabadas de un bolso de cuero, que desembarcó en Rio para vivir, que se enamoró inesperadamente y que volvió para cultivar flores preciosas en el páramo leonés entre los recuerdos de sus días de juventud. En su último viaje a Rio le había dado el mítico bolso, no creo -le dijo- que esto fuera de un SS, después de la guerra todo eran historias para vender lo que fuera, hay espacio para la cámara, para tus libretas, para lo que quieras, desde ese primer viaje en barco siempre lo he llevado conmigo, en los muchos viajes que he hecho, justo es que no se quede guardado en León, llévatelo, vete a ver mundo, aunque te dé miedo tú sigue hacia delante. El avión giró suavemente hacia la derecha a un costado las bellas playas iluminadas por el sol del amanecer, sacó su cámara, tomó su primera foto de un viaje que sería mucho más largo que las horas que tardaría en llegar a destino, las playas de Copacabana al fondo, esa primera foto que llegaría en un sobre unas semanas más tarde con las primeras nieves a un pueblo de León.

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