Ecos lejanos del folletín decimonónico
El asedio
Arturo Pérez Reverte. Ed. Alfaguara, Madrid, 2010. 728 pp.
Con un comienzo «in medias res» alusivo a una de las claves temáticas esenciales de la novela (el misterioso asesinato de jóvenes gaditanas en el mismo espacio en el que caen las bombas del ejército francés) Arturo Pérez Reverte se adentra en El asedio , una voluminosa versión novelesca del cerco francés a la ciudad de Cádiz en la Guerra de la Independencia. Pero no se trata de una obra convencional dentro del género. Hay actividad bélica, pero los ataques del ejército francés son casi una actividad científica, programada de acuerdo con unas precisas coordenadas que el artillero galo Simón Desfosseux va mejorando lo largo del asedio. Desde esta perspectiva, Pérez Reverte traza, más que una crónica de la guerra, una suerte de intrahistoria gaditana de la misma.
La ciudad de Cádiz (espléndidamente descrita como ciudad que encuentra su alma y su identidad en los secretos del mar) soporta la guerra, más que sufrirla, como una especie de peligro cíclico que no altera su vida diaria. En esa ciudad mítica vive un pueblo anónimo, pero bullicioso y vitalista, aunque inquieto con la misteriosa muerte de jóvenes doncellas, ocurrida siempre en los espacios donde descargan las bombas francesas. Éste será el misterio que intenta desvelar el comisario Rogelio Tizón, con la colaboración del profesor Hipólito Barrul, compañero en las partidas de ajedrez y asesor en los cálculos de la balística. Una clave que resulta, como algún otro aspecto de la novela, no demasiado convincente. A lo largo de ella estas muertes sirven de nexo temático entre el ejército francés y la ciudad y, dentro de ella, entre los distintos ambientes sociales. El intento de explicación de esta tragedia es, tal vez, uno de los aspectos menos claros de la obra: la clave de los vórtices resulta excesivamente artificiosa y no lo es menos el descubrimiento del asesino y, sobre todo, sus móviles. Como lo es la progresiva relación personal entre el comisario Tizón y el artillero francés Desfosseux. Ambos se transforman casi en programadores de los bombardeos en un intento por aclarar cada uno de ellos los puntos oscuros de su actividad profesional. La guerra incluye la presencia de otros tipos, como el taxidermista Fumagal, un librepensador de atractiva y pintoresca personalidad, cuya actuación es decisiva en el desarrollo de los ataques franceses.
En esta variada condición de espacios, no faltan los ambientes humildes, de los que es digno representante el salinero Mojarra, pescador furtivo, que se hará cargo de una delicada operación de asedio a los franceses. Su hija Mari Paz, la última víctima de los asesinatos de doncellas, es parte decisiva en este tipo de relaciones. A través de ella, el lector conoce a otro de los personajes esenciales de la obra, Lolita de Palma, heredera y responsable de una de las compañías navieras gaditanas más importante. Desde su poderosa condición aristocrática, Lolita de Palma es al mismo tiempo el símbolo de contradicciones y carencias femeninas. Es por ello por lo que su relación con el corsario Pepe Lobo, otro personaje del mundo marginal, hace de ella triste portavoz-”protagonista del «Epílogo». Ambos representan lo más claro de las contradicciones de la guerra. Y, sobre todo, de la vida de esta ciudad, que asistirá feliz al final del asedio. Lo que Lolita Palma promete al capitán Pepe Lobo en el improvisado y rudimentario hospital de campaña-¦ «Sabe que no es cierto». Como no lo son muchas de las promesas a las que la guerra ha obligado. Pero nada es óbice para considerar El asedio como una novela ambiciosa, bien estructurada, que, a pesar de algunos aspectos discutibles, hará las delicias de cualquier lector.