El armario
Regresé a mi pueblo, a mi casa después de tres décadas en el exilio.
Había olvidado muchas cosas menos el armario que ocupó siempre un rincón de lo que entonces era mi habitación. Sentí un entusiasmo inusitado pensando en mi encuentro con él y los tesoros dejados bajo su protección.
Recordaba su forma y su textura, de caoba dura y color claro, sus cajones flojos, las gavetas con aldabas pequeñas donde puse cosas minúsculas que se hicieron grandes de tanto recordarlas y sentirlas perdidas.
Me fui dejando el pueblo como un pueblo. Ahora lo encontré convertido en ciudad, con avenidas dobles y edificios de varios pisos, con flotas de taxis y buses urbanos que entonces no recorrían sus calles. Habían pasado treinta años... La gente del parque donde viví la adolescencia y parte de la juventud ya no era la misma de entonces. Los viejos habían muerto y los jóvenes se fueron a estudiar a la capital unos, y otros tras sus quimeras a lugares distantes y nunca regresaron. Quizás alguno se fue al exterior como yo y tampoco retornó.
En el parque, los árboles estaban añosos, manchados de humedad y de tiempo y ya no tenían el aspecto selvático de mi niñez. Los perezosos no disponían de escondites y se veían agarrados con sus uñas gruesas y curvas a las lianas de alguna palma de cera, o del único carbonero con flores rosadas que quedaba en pie. La enorme ceiba que se erguía imponente en una esquina del parque y cuyas ramas extendidas como alas traspasaban el andén hacia la calle, era ya un árbol cualquiera que vivía sin mucho ánimo porque el espacio le quedó pequeño, sus raíces no tuvieron hacia donde extenderse constreñidas por el pavimento que, ahora, rodeaba cada planta dejándolas sin posibilidades de crecer silvestres.
El paisaje ya no existía y el sol y el aire fresco eran ideales inal-
canzables en medio de lo que llamamos progreso.
Mi casa estaba frente a ese parque. Tenía modificada la fachada para no resultar anticuada junto a otras de dos plantas construidas a sus costados. Las ventanas con postigos habían sido substituidas por ventanales de vidrio que dejaban ver las cortinas de velo en el interior de la sala. El Cuartel de los Bomberos que estaba ubicado en la esquina norte, había sido demolido y ahora se levantaba allí un edificio de apartamentos con una gran zona de parqueaderos en el frente. El colegio de las Capuchinas donde estudié de niña también era ahora diferente, le habían agregado varios pisos y su aspecto no era tan bello como cuando lo ocupamos acabado de construir en los años cincuenta.
En la casa vivía la única de mis tías que no había muerto. Mi padre, mientras vivió, en sus viajes de la capital a la provincia, pasaba a saludarla y le recomendaba cuidar el armario para cuando yo regresara, ella cumplió su deseo. Desde que transpuse el portón, vi que la casa conservaba la majestad de las casas de pueblo de otras épocas. Estaba el contra-portón con su vitral empapelado con arabescos de tenue color marfil, desde el cual se veía el patio de baldosas donde nosotros patinábamos al llegar del colegio, ahora cubierto por una claraboya de vidrio esmerilado. La empleada de mi tía me dejó pasar al interior, y ambas me recibieron con la emoción y el cariño de siempre, pero mi tía a sus ochenta años se veía cansada y vulnerable. Recordamos algunos episodios del pasado, cuando sus hermanos se reunían los domingos a jugar cartas y a tomarse un aguardiente amarillo que uno de ellos preparaba de contrabando con un alambique anticuado.
Pero imaginó que yo deseaba ver el armario y me acompañó callada hasta mi antigua habitación. Casi tuve miedo de abrirlo. Primero pasé mi mano por la superficie ya desteñida a causa del clima cálido y húmedo del pueblo aunque todavía conservaba una ligera capa de laca trasparente, y por un momento me emocionó ese cuerpo resistente y a la vez liso y sin rasguños que estaba fuera del tiempo. Era un enigma del pasado que había sobrevivido los ires y venires de un largo período que no aseguraba mi regreso.
Saqué la pequeña llave que había conservado en mis aventuras por otros países y le di vuelta a la cerradura. Empecé abriendo los cajones superiores: en el primero estaban las cartas, los retratos, los dibujos a lápiz que ya casi no se veían, las libretas de canciones, los pequeños libros de versos, el sobre azul con mi designación como princesa en un reinado del colegio cuando yo tenía diez años. En otro cajón estaba el casete que Iván me había regalado cuando era empleado de una firma disquera, él se había suicidado unos años atrás acosado por las deudas y el alcohol. En una cajita mediana estaba una medalla de bronce con la cinta tricolor descolorida y deshilachada, que un amigo había ganado en una competencia de natación cuando era estudiante del colegio, me la dejó como recuerdo antes de irse a Europa a estudiar la carrera y nunca más lo vi.
Estaba la foto de Hiller, un enamorado que tuve a los trece años y quien mucho después se casó con una de mis amigas también residente en el área del parque.
El ultimo cajón, el secreto, estaba camuflado tras una delgada tabla decorada rústicamente, la separé con cuidado y procedí a quitar el pasador dorado que ya estaba oxidado. Allí había dejado lo más preciado. Mis manos temblaron al abrirlo lentamente. Al hacerlo, una nube de polvo dorado se elevó sobre mi cara y luego cayó al suelo y sobre mi traje oscuro, alas de chapolas muertas que no supe cómo entraron, o si estaban allí cuando guardé mi tesoro, habían devorado, antes de morir, mi traje de tafetán color azul cielo con estrellitas plateadas, el del reinado en mi colegio, la capa también azul que me ponía para cantar en los coros de Don Anacleto Gallego, y lo peor, las cuartillas de papel colocadas en un folder habano donde mi padre había escrito con su puño y letra el original del libro que publicó cuando daba clases en la Universidad. Se habían perdido el traje, la capa y el manuscrito, solo quedaban fragmentos desleídos, iguales a los trocitos de papiro que había visto en el documental sobre el Evangelio de Judas.
Me dieron ganas de llorar. Pasé con mi tía el resto de la tarde y no dejé que mis palabras le mostraran mi aflicción, más bien dediqué aquellas horas a describirle cómo era el mundo que vivíamos los exilados en la gran ciudad. Al finalizar el día ya había resuelto volver de inmediato al país del norte y olvidarme que el armario había existido alguna vez.