Catedralde León
I
Aparente quietud,
tiempo herido de sombras; frontera de la noche
donde la piedra teje un invernal silencio
que dibujan las cúpulas.
Perseguían mis ojos el vuelo de los pájaros
y, a su través, intentaba dar término
a sus formas sagradas. La visión no halla nido ni cumbres
en las que reposar. Hogueras de la luz
sus límites celestes. Volumen insaciable
del tiempo, tallado allí donde encienden los ángeles
sus hogueras de nieve.
Tempestad en la piedra la memoria, vuelve
tu mirada hasta el mar; escucha
su geometría de sonidos descender con la lluvia,
derramarse en la noche de los siglos su altura.
II
Es altar de la luz,
bosque de sueños incendiados, una ciudad
dentro de otra ciudad; en sus palacios
no hay quietud ni sosiego en sus calles.
Es un ir y venir de la mirada el tiempo,
suspendido murmullo de cristal
donde narra el color episodios piadosos.
Huye hacia la espesura del paisaje
la pasión por vivir.
¿Qué turba los mercados? ¿Qué en la codicia del dinero entrega,
al mismo tiempo, libertad e injusticia?
Mas, de pronto, en la tarde,
ante la sombra de una flor
abre el hombre sus ojos, recibe
su pensamiento de las cosas; contempla los arroyos y
comprende, sabedor de la noche, su largo viaje hasta la vida misma.
III
En su interior las noches
quemadas de la historia. El concierto de aromas
que del coro desciende, entrega a la memoria
la cadencia del ritmo que las sombras construyen.
Embellecido el orden,
tensa su altura en el espacio el tiempo. Lo mismo que la muerte,
en su cámara oscura, enciende oscuridades sucesivas
para no ser hallada, así el vacío
murmullo que halla el tacto en el mármol, recorre las aristas
del sepulcro en la tarde. Finge seguridad
la mano que acaricia el cauce de la línea: escarchado horizonte,
donde el estremecimiento de la muerte, no explica
sino la gratuidad de haber vivido.
IV
La herida que concede a los héroes la gloria,
el mapa de los bosques; espacio detenido
en el que la materia enciende
la eternidad de su fulgor.
Las vidrieras reflejan
los sonidos del agua y, desde el coro, las voces de los fieles
ante el supremo honor de los altares
iluminan el templo.
Suspendido paisaje el vuelo de las aves
esbozan en el cielo nuevas formas posibles;
pues no acaba en sí mismo el gótico en su gloria. No descansan tus ojos
ni la razón acierta al azar entregada.
Esqueleto vivísimo es el aire. Las palomas aventan
un apagado viento gris, un oleaje denso
de espejismo de piedra.
Transitorio es llegar
a parte alguna. Transitorio el sentir
y el pensamiento.
(Diego Jesús Jiménez. Poema publicado en 1996).