Diario de León
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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Balada de las noches bravas

Jesús Ferrero. Ed. Siruela («Nuevos Tiempos») Madrid, 2010. 442 pp.

Con una larga trayectoria literaria en su haber, Jesús Ferrero se adentra en esta novela en el mundo de una generación que puede ser la suya. Incluso los espacios corresponden con buena parte de los espacios de obras anteriores, de vinculación personal con el escritor. Conviene advertir sin embargo, que Balada de las noches bravas , en teoría una novela generacional, es una visión casi iconoclasta de esta modalidad. En el fondo, se trata de la crónica de una educación sentimental, de frutos ásperos, nostálgicos y desangelados.

Ciro y Beatriz son el referente humano de estas páginas, si bien Beatriz es la guía de la trayectoria vital de Ciro, repleta de fracasos y sinsabores. No le conviene pensar al lector, al observar el epígrafe de los bloques de la obra, que va a encontrarse con una actualización simbólica de la Beatriz de La Divina Comedia. Dejando a un lado el nacimiento de Ciro en tierras del Esla, los tiempos infantiles en Loyola (con la aparición de una niña de ojos «verdes e impregnados de una luminosidad blanca que los hacía más inquietantes» y que le susurra «bienvenido a la casa de los precipicio») hasta el momento en que, al final de la obra, deciden «hagamos una escalera de recuerdos y comencemos a bajar y a bajar, desde este momento hasta que ya no podamos más» -”p.439-” Beatriz será la obsesión que guíe la turbulenta vida de Ciro. Ambos personajes (criados en un ambiente de desgarro familiar y «protegidos» por la figura del jesuita Camilo) llegarán a un desenlace negativo, de imposible solución.

Ambas escenas encierran una trayectoria vital obsesiva, marcada por la actitud desconcertante de Beatriz, condición que marca su vida y, especialmente, la de Darío, impotente para adoptar decisiones vitalmente efectivas ante el desconcierto de Beatriz: «¿Te molesta que te hable de la que te ha repudiado tantas veces»? De muy poco servirá la relación con los demás miembros del grupo, agobiados por las turbulencias del alcohol y por un atribulado comportamiento sentimental. Sara, Alvar, Rebeca, Rubi, los hermanos Bidar... Y, flotando como un ente misterioso, Isaac Morengo, una especie de Diablo Cojuelo que conoce la vida y milagros de todos los componentes del grupo. Flotando, alcanzan importancia especial y sugestiva los nombres de los intelectuales franceses del momento, reflejados desde las vivencias compartidas con ellos de Ciro y Beatriz. Barthes, Lévi-Strauss, Deleuze, Foucault y el zamorano Agustín García Calvo dignifican culturalmente muchos de los momentos de la obra.

Ninguna vivencia parece definitiva ni, sobre todo, sincera. Pamplona, París, Roma, Pequín... servirán de emplazamiento para actitudes humanas a veces de una difícil justificación del deus ex machina , como es por ejemplo el descubrimiento de una mujer china que, en los años de su juventud, había conocido al jesuita tío de Ciro. Ante una existencia abrupta y descorazonadora, sólo cabe la confesión humana para recrear una diacronía íntima, cada vez más lejana: «hagamos una escalera de recuerdos y comencemos a bajar y a bajar, desde este momento hasta que ya no podamos más» (p. 439). Cerrando la obra, se intensifica la sensación de unión del extremado e impotente desconsuelo: «Basta, basta, no nos vayamos tan lejos -”dijo Beatriz, y reventó en sollozos, pero yo no sabía si sus lágrimas eran hijas de la alegría de vivir o del dolor de haber vivido» (p. 442). Pero a esta honda desazón vital subyace una rígida forma expresiva, urdida con variadas e interesantes técnicas literarias. Y eso, a fin de cuentas, es lo que importa.

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