Diario de León

PARA PERPETUAR LA MEMORIA

El tallerde Sergio

«Sergio era carpintero y ebanista, pero también sabía hacer carros y arreglar cualquier arma o

«Sergio era carpintero y ebanista, pero también sabía hacer carros y arreglar cualquier arma o

Publicado por
ÁNGEL DE PAZ FERNÁNDEZ
León

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Hay personas de nuestra infancia y primera juventud por las que guardas un cariño especial, aunque se pasen años y años sin verlas. Cuando te comunican su muerte, sientes que algo tuyo se te va y te gustaria compartir ese pesar con su familia. Dora, su mujer, falleció hace años, mucho más joven que él. A sus hijos y nietos no los conozco; así que, en su memoria, escribo este artículo.

Sergio era una persona imprescindible en la Noceda de mi infancia. Cuando mi tío Antonio, párroco a la sazón del pueblo, tenía algún problema en casa o en la iglesia, casi siempre terminaba diciéndome: Vete a ver si está Sergio y que venga.Y, efectivamente, Sergio venía y se atrevía con la luz eléctrica, los cables y lo que fuera necesario de su profesión de carpintero y artesano polifacético.

Yo lo admiraba, además, por su afición a la caza y su habilidad para reparar las armas como lo haría el mejor maestro armero. De sus lances de caza, recuerdo con especial emoción uno que tuvo lugar en octubre de 1955. Por primera vez vi un corzo vivo. Un domingo, al salir del Rosario, acudimos todos a casa de Tomás Gómez a contemplarlo. Estaba vivo y aparentemente intacto. Habían ido de cacería y, en la primera batida, temprano, Sergio le disparó. Le rompió una pata y el animal huyó monte abajo, pero uno de los perros, el Sol , salió tras él. Cuando, después de comer la merienda, vieron que el perro no aparecía, siguieron la trayectoria que había tomado el corzo.

Cerca del pueblo, junto al prado de la Costroya, oyeron los aullidos del perro y, al acercarse, vieron una estampa que, a los que estaban en aquella cacería, no se les olvidó jamás: El corzo vivo, tumbado, y el perro recostado a su lado. Cuando cogieron el corzo, vieron que, además de la pata rota, el perro le había dado un buen mordisco en una pata trasera. El Sol mató el hambre, pero no dejó moverse a la pieza.

C omo empecé a ir de caza muy pronto, aún lo acompañé unas cuantas veces y admiré su extraordinaria puntería, pese a que sus manos le temblaban más de lo normal, anunciando quizás la dolencia que le afectó los últimos años de su vida. Como cazador, era incansable. En su canana vi colgadas, en el 1966, las últimas pardillas que he visto en la Sierra de Noceda, encima de las peñas de la Silva.

Podría estar horas explicando aventuras de caza, pero lo que queda en lo más hondo de mi memoria son las vivencias en su taller de Encima la Villa . Allí pasé muchos y amenos ratos en mi infancia. Sergio era carpintero y ebanista, pero también sabía hacer carros y arreglar cualquier arma o utensilio que le llevaran. Yo caía silenciosamente por allí y, además de admirar cómo iba dando forma a la madera, esperaba que explicase alguna cosa de caza. Si además venía alguien con alguna escopeta vieja para que le arreglara un perrillo o le pusiera una culata, mi alegría era completa. Tenía entonces el taller en un casupín , propiedad de don Laureano Ramos, en el solar donde actualmente está el Ayuntamiento. Siempre aparecía alguien por allí. La humildad del edificio quedaba compensada por su buena situación.

En una especie de desván altillo, que ocupaba la mitad derecha del taller, había maderas de árboles diversos, listones de todo tipo y, además, viejos artefactos de hierro y de madera. Yo miraba con especial interés una arcaica escopeta de aquellas que se cargaban por la boca del cañón, de La Fouché, decía él. Un día tuvo la paciencia de descargarla, haciendo servir un extremo de la baqueta hábilmente preparado. Así, pudimos comprobar que, por munición, tenía trocitos de hierro de algún pote viejo deshecho.

D e las cosas que le vi hacer allí, guardo especial recuerdo de una culata de nogal que hizo para la escopeta de uno de mis tíos. Alguien, al verla, comentó: «Vale más la culata que la escopeta». Ahora bien, el trabajo que me impresionó más fue la construcción de un carro. De unos maderos de negrillo y fresno fue sacando formas y, tras la pértiga y el armazón, vinieron las ruedas. Aún ahora oigo el crepitar del agua en la que, con la ayuda de su hermano Pepe y de su sobrino Paco, las sumergía con los aros de hierro incandescentes.

En la Noceda de los cincuenta, podíamos ver estas obras de artesanía realizadas por personas hábiles y expertas como Sergio, verdaderos maestros artesanos. De sus manos salían los carros preparados para aguantar las cargas y traqueteos por aquellos caminos pedregosos, polvorientos en verano, y llenos de fango en invierno.

Con el tiempo su trabajo fue, cada vez más, de ebanista. Se casó, cambió de emplazamiento, yo me marché de Noceda y pocas veces volvimos a vernos. No sé si mis visitas y conversaciones infantiles le interrumpían en su trabajo; pero él parecía disfrutar con las explicaciones. Yo quiero agradecerle los buenos ratos que allí pasé y desearle un eterno y pacífico descanso.

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