Diario de León

El León de 1887 en un cómic de Sinesio Delgado

Aunque persona relevante de la cultura castellana y leonesa, a cuya vida y obra se han dedicado alguna tesis doctoral y múltiples estudios parciales, Sinesio Delgado no goza, fuera de las tierras palentinas, de la merecida popularidad. Nacido

Anverso del documento, un pliego de papel grueso de 48 x 30-™5 cm. El reverso contiene un largo roma

Anverso del documento, un pliego de papel grueso de 48 x 30-™5 cm. El reverso contiene un largo roma

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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Colaborador del Madrid Cómico hasta 1897, del que llegaría a ser propietario, el diario ABC fue desde 1898 su casa literaria. Aparte de estas publicaciones, otros trabajos suyos aparecieron en multitud se revistas. Su vinculación con el Teatro Apolo, del que fue director, fue decisiva en sus tareas teatrales, a las que dedicó buena parte de su vida. En prosa, su obra Las vírgenes locas es la más relevante. Entre sus obras más populares tal vez sea la letra La canción del soldado, por la que se le concedió la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco. Su teatro, compuesto por una larga treintena de obras, es probablemente su obra literaria más consistente. Con todo, tal vez sus esfuerzos más loables fueron los que dedicó desde 1895 a la fundación de la Sociedad de Autores Españoles, la actual S.G.A.E, Sociedad General de General de Autores. Murió en 1928.

Un intento de localización de su obra en relación con la literatura leonesa exige ponerlo en relación con autores como Mariano Andrés, José Eguiagaray Pallarés, Daniel Calvo (autor de El Corral de San Guisán ), Benito Blanco, Isaac Martín Granizo (a quien Argüello ve con cierta relación con el escritor palentino), Lisandro Alonso, Alberto López Argüello, el burgalés Francisco Roa de la Vega, Lope Mateo e incluso Francisco Pérez Herrero y Victoriano Crémer. Quién sabe si alguno de estos próceres leoneses no hizo de cicerone para Sinesio Delgado por los vericuetos de nuestra Legio VII e inspirador de alguno de sus sabrosos chascarrillos.

La obra es un pliego de papel grueso, de abundante gramaje, con una extensión de 48 por 30´5 cms. En su anverso, como autor de los dibujos figura un irónico Mecachis y como referencia tipográfica Lit. de Bravo. Desengaño 14 y Sandoval 2, esquina á la de Fuencarra l. En su reverso en el pie de imprenta se lee: « Madrid 1887.-”Imprenta de Manuel G. Hernández, Libertad, 16 dup.º ».

El anverso: un Léon

gráfico en tono jocoso

El anverso del documento es una representación gráfica y, en buena medida jocosa, de curiosos motivos leoneses. A la izquierda, aparece un recio guerrero medieval (símbolo de algún monarca leonés, y elemento más resaltado del grabado): mira hacia la ciudad. Al viento su capa, apoya su mano izquierda en un recio muro, sobre el que figura en piedra el nombre de León, y en la derecha hace tremolar una bandera en forma de gallardete, bajo cuyo mástil aparece, preciso y rotundo, su escudo, con un león rampante. En primer plano, en el ángulo inferior izquierdo, una talla en piedra representa el escudo con el león rampante y, en su parte inferior, el origen latino de la urbe: LEGIO VII. El fondo queda delimitado por las siluetas de la catedral y San Marcos, sin que se cite ni represente San Isidoro, ni ese panteón real, cuyos miembros tanto hicieron por esa reconquista, evocada con fervor en el romance; en el ángulo inferior izquierdo, una talla en piedra representa de forma grandiosa un escudo, de nuevo con el león rampante y, debajo, LEGIO VII.

Los motivos costumbristas abundan en los grabados. Como no podía ser menos el proverbial frío leonés se refleja en ese termómetro, que marca cero grados, frío reflejado también en la pareja de leoneses idénticos en su indumentaria, arrebujados en sus capas. De uno de ellos, con el paraguas de la mano, leemos en el epígrafe: «Ciudadano leonés visto del revés» -” En el otro... «Idem, idem», visto del derechas». No escapa a esta visión jocosa la mirada al pasado, presente, además de en «El tocado», en dos viñetas: Una talla clásica, sin cabeza, con una guitarra y la leyenda: «Detalle arquitectónico, que prueba la antigüedad de la guitarra». Más irónico resulta el grabado referido a «Un sepulcro romano»: «-”Vean ustedes. Un sepulcro romano. Dentro había un esqueleto con un jarro de agua y una moneda de oro en la boca, para pagar la barca de Aqueronte. Siglo III, todo siglo III». Las escenas costumbristas quedan recogidas en «Lo más típico de la tierra», con una representación aproximada del traje maragato, y «El mercado de granos», con abundante presencia femenina. Más curiosa resulta la referencia a «Las bolas de billar del Suizo», de difícil explicación.

Los motivos exteriores a la ciudad están presentes en una visión nostálgica, «Restos de la grandeza pasada» y una imagen de trazos desnudos y esquemáticos alusiva al paisaje: «De Sahagún a León: Un trozo de paisaje». Resulta, por último, muy gráfica la visión de Astorga: una caseta en forma de mantecada y el pareado oportuno: «Estación de... mantecada; diez minutos de parada».

El reverso: una visión

seria de la ciudad

El reverso contiene un largo romance con el título «XIX LEÓN» . En sus.... octosílabos se presenta a León como la quintaesencia del espíritu de la Reconquista de España, sus monumentos más egregios y una visión de la Calle de la Rúa. Un epílogo de una docena de versos, resaltando la belleza y donosura de las leonesas, sirve de cierre a la composición.

Hay una curiosa versión de cómo los ejércitos árabes («la muchedumbre agarena») entran en la península «devastando las campiñas, / arrasando las aldeas, / y tomando por asalto / ciudades y fortalezas». Ante ellos, «la nobleza visigoda, / débil, podrida, deshecha, / cayó como cae al soplo / del viento la espiga seca...» La Reconquista tiene un hito fundamental, León: «Así llegaron a orillas / del Torío y del Bernesga, / y fue León desde entonces / el cerebro de la guerra».

Pero esta bravura leonesa dejó maltrecho a León: «Eso es León. Un recuerdo / de aquella lucha suprema, / montón de restos informes, / trozos de murallas negras, / callejones tortuosos / y casonas solariegas». Y no quedaron mejor parados sus habitantes: «los descendientes de aquellos / que, al hombro, la masa férrea, / iban clavando animosos / las cruces en las almenas, / dormitan en los eriales / cuidando vacas y ovejas, / con el cuerpo en la pellica / y los pies en almadreñas, / o labran pacientemente / la dura costra de tierra, / que, a costa de mil sudores, / les sostiene a duras penas. / Gente sufrida que paga / contribuciones y dietas / para sostener la patria / que abandonada la deja».

Pero no todo es desolación y tristeza: la proverbial belleza de las mujeres leonesas, la Pulchra y San Marcos dignifican a la ciudad: «Hay en León de notable, / a más de las leonesas, / que tiene fama de lindas, / y son de cierto unas perlas, / la catedral y San Marcos, / dos monumentos de piedra, / que han merecido mil veces / los honores de la prensa». En los versos de Sinesio Delgado se observa que dedica más atención a San Marcos.

De la catedral elogia su «valentía», pero... irónicamente: «La catedral que no humilla / la cerviz ante la tierra, / gracias al célebre andamio / que la sostiene y sujeta, / mientras con bastante calma / la reforman y remiendan. / Ello es bueno, ¡vive Cristo! / pero buen dinero cuesta».

San Marcos es para Sinesio Delgado el triste símbolo del abandono a merced del paso del tiempo: «San Marcos es un convento / situado en la ribera / del río, donde se mira / supongo yo que con pena, / porque el azote del tiempo / le va marcando sus huellas». Los efectos destructores quedan paladinos: «y arrancando capiteles, / y agrietando las piedras, / y robando las estatuas, / brazos, narices y piernas». El recuerdo de la reconquista se hace muy vivo: «Y ante aquellas venerandas / reliquias de polvo llenas, / la guerra de reconquista / a los ojos se presenta / con sus terribles detalles / y su excepcional grandeza». El patriotismo del poeta se desboca: «Dan ganas de echarse al hombro / un lanzón de arroba y media, / ponerse el casco, y marcharse / a matar moros á Ceuta / ó a Alhucemas, ó a Melilla / ó al Peñón, o la Gomera». No falta, como es lógico, el recuerdo de Quevedo: «Allí estuvo don Francisco / de Quevedo y de Villegas / (no en la Gomera, en San Marcos), / y allí encerrado en su celda / cogió al mundo, y, en venganza, / le puso cual digan dueñas».

La calle de la Rúa es la vía vertebral de la ciudad, pero sin que falte un tono de ironía en la mirada de Sinesio Delgado: «Es la calle de la Rúa, / la principal y más céntrica, / sin que esto indique, ni en broma, / que valga cuatro pesetas». Su «pintoresquismo» se completa con los elementos que integran su pavimento: «Eso sí; en el empedrado / puede servir para muestra, / pues luce en muy poco trecho / cantos, asfalto y madera». Del escenario urbano Sinesio Delgado aprecia de forma especial las márgenes del Bernesga. «Pero lo mejor que tiene / la población á estas fechas, / son las márgenes del río, / sumamente pintorescas, / y un paseo muy bonito, / que resulta cosa buena». Todo tiene una explicación: «Además, como allí hacen / las divisiones de tierras / con altos álamos verdes / que gallardos se cimbrean, / parecen las cercanías / copia exacta de la huerta, / que es el encanto de Murcia / y la gloria de Valencia».

No era la primera vez que Sinesio Delgado venía a León, como se observa en sus versos: «Recuerdo que hará diez años, / aprovechando las fiestas / de Carnaval, rodeado / de guitarras y panderas, / fui a León muerto de frío / con gente alegre y traviesa, / vestido de mamarracho, / con calzón, ropilla y medias». ¡Quién sabe si el dibujo del anverso, «lo más típico de la tierra» no representa la facha carnavalera de Sinesio Delgado, que advierte respecto a su atuendo: «(Por cierto que nos forramos / con algodones las piernas, / para que no se burlaran / las muchachas leonesas)».

Emocionado queda el palentino del trato que reciben de los leoneses, tanto del ámbito profano como religioso: «¡Bien nos trató aquella gente / simpática, amable y buena! / Bailamos como peonzas / y comimos como fieras; / nos cedieron el teatro, / El Iris nos dio una cena, / dionos aplausos el pueblo / y cien elogios la prensa, / y hasta el Obispo una noche / de nieve apretada y recia, / después de escuchar la jota, / dos valses y una habanera, / nos hizo poner de hinojos / con la guitarra en la tierra, / y nos bendijo en su cámara / grande, sencilla y severa, / débilmente iluminada / por una lámpara vieja».

Después de lo narrado, queda, en el cuerpo final del romance, un sentimiento de nostalgia para con León, pero especialmente para con las leonesas. «Era el cuadro tan hermoso, / que hago enseguida una apuesta / á que los que recibieron / tal bendición la recuerdan. / Pero ¿y las muchachas? Hubo / quien perdió allí la cabeza, / y no nos casamos todos, / más que por falta de idea, / por no tener todavía / concluida la carrera... ¡Vaya usté a saber ahora / qué ha sido de ellos y de ellas».

Las notas anteriores son poco más que una presentación de este curioso documento de Sinesio Delgado, sabroso sin duda. El tono, entre irónico y evocador, del texto y las ilustraciones rescatan simbólicamente aquel León del siglo XIX, tan lejano de estos tiempos turbulentos en muchos sentidos. Sirva como recuerdo de un tiempo que se fue.

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