Diario de León
Santa Lucía de Gordón. Río Bernesga. «Los ríos son referencia inevitable de la infancia y, por tanto, de la memoria».

Santa Lucía de Gordón. Río Bernesga. «Los ríos son referencia inevitable de la infancia y, por tanto, de la memoria».

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Sólo la memoria recupera los caminos perdidos. Lo he pensado al recibir nuevamente la enseñanza del lenguaje de los regueros y las pequeñas cataratas que contemplé este invierno. Durante el verano supe, con firmeza total, que los ríos son referencia inevitable de la infancia y, por tanto, de la memoria. Recorrí palmo a palmo el Bernesga de mi niñez, ahora de acceso difícil, cercado por la maleza y la suciedad. Recorrí, digo, los espacios del río que fueron nuestros, el río entero entre los límites de las fronteras que la costumbre impuso. Y es que mi generación, la de los rostros concretos con los que compartí aquellos años felices entre las montañas que limitaban casi todos los horizontes, fue una generación para la que los reinos del río, con todas sus bellezas, enigmas y descubrimientos, eran reinos poderosos e irresistibles.

En alguna parte leí que el cerebro se inventó para salir de casa, y la memoria para volver a ella. Seguramente es cierto, no lo sé. Pude regresar, y regresé con exactitud casi matemática. Lo que ocurre es que la casa de este regreso veraniego, los espacios fluviales de los gozos refrescantes y divertidos, estaba transformada y sucia. Casi diría abandonada, después de haber depositado en su corriente los escombros de la nueva carretera y de haber permitido que maleza y suciedad se hayan apropiado del curso y sus orillas. La tristeza se apodera, silenciosa, como la niebla.

E l río entero nos pertenecía como disfrute. Por muchas razones. Para iniciar, sin embargo, el rito, siempre autodidacta, del aprendizaje de la natación, retengo dos espacios. El primero, frente a la casa de Chencha, a la otra orilla, sobre la que caía una escombrera muy pequeña, prácticamente desde la última vía y que, apenas unos centímetros más arriba del agua, estaba cruzada por un estrecho camino que hablaba, sin duda, de nuestra presencia habitual junto al río. Una tabla larga y quieta, delicadamente serena, cuya profundidad llegaba escasamente a la cintura, ofrecía toda la seguridad del mundo por la facilidad de hacer pie. Los primeros intentos de flotación no ofrecían peligro, salvo los clásicos tragos de agua provocados por algunos lógicos aturdimientos. El segundo espacio, apenas un centenar de metros más arriba, solo que en la orilla de acá, a la altura del fin de Las Eras . Más corto el tramo pero un poco más profundo, era el segundo paso, y definitivo, del aprendizaje. Si acababas el verano defendiéndote bien aquí, ese código secreto que certifica la costumbre nos habilitaba para emprender nuevas metas, cualquier meta, dentro de nuestros límites del agua. Tengo dos recuerdos muy precisos de este tramo. Uno dibuja una enorme peña, en cuyas grietas crecían musgos y ramas, que nos servía de ayuda en caso de cansancio o debilidad. A su alrededor vi sumergirse por primera vez a un joven, cuyo nombre no olvido, para pescar a mano. Y qué bien lo hacía, a tenor de las truchas que sacaba, hasta dos de una vez. Confieso que fue una de mis primeras fascinaciones, acaso la primera. Conservo de aquellos días una fotografía, junto a Alfredo Arias. Nos la hizo Manolo, el fotógrafo . Tenemos una pose afectada, simpática, eso sí, en el preciso momento en que, de pie, estamos a punto de dejarnos caer sobre el agua para nadar. Lo que no sé es si sólo se trata de un gesto para la cámara, aunque supongo que sí.

C uando todas las bendiciones ya estaban firmadas, la autonomía adquirida daba aliento para acudir a los espacios clásicos del río destinados a estos menesteres estivales.

Tres, eran tres. O son tres los que ha grabado mi memoria.

El Pozo del Puente . Aunque insisto en creer que se llamaba entonces «La Rana», desplazada ésta río arriba cuando al puente –al final de Salinas - se le revistió de hormigón y se perdió espacio y profundidad, se convertía cada tarde en un auténtico espectáculo. Con las rugosidades leves pero características de las corrientes en la superficie del eje central del cauce, se formaban un par de remansos, uno a cada lado, que permitían nadar con tranquilidad. De la orilla de uno de esos remansos recuerdo las flores que alguien me enseñó a utilizar como jabón –el mejor gel , y más oloroso que jamás haya conocido- frotándolas con decisión sobre la palma de las manos. Al caer la tarde el asunto era distinto. Con muchísimos espectadores asentados por doquier, los jóvenes más atrevidos se lanzaban desde el puente al río, a veces después de balancearse colgados de una traviesa de las vías del ferrocarril que lo atravesaban. Recuerdo como especialmente llamativos aquellos saltos de Pierres , que después emigró a Argentina y murió en el Buenos Aires de tantas raíces e historias de este pueblo cruzado por el Bernesga.

El pozo más emblemático, hermoso y amplio era La Rana , de nombre, además, tan alusivo y de tanta plasticidad semántica. O eso creo. Detrás de unas mimbreras bajas, separadas del río y como un biombo natural que se cerraba en el inicio de la falda de una montaña suave, se acumulaban arenas, producto de la intensa erosión, que conformaban una pequeña playa —al menos se asemejaba— donde dejábamos la ropa y hablábamos de lo divino y lo humano mientras no estábamos en el agua. Recuerdo con especial nitidez el cuidado de este rincón único después de la salida de la escuela el mes de junio y la preparación de la pilastra que servía de verdadero trampolín fijo. Una buena base de piedras que permitiese colgarla sobre el río, cerrada con una o dos más lisas, cuya unión se revestía, para mayor suavidad, con tapines . Sobre ella es inolvidable la figura de Cholo Argibay, Patachula cariñosamente, que había perdido una pierna en el tren que, recostado sobre la roca de «La Voiga», conducía a un grupo minero. Con esas limitaciones físicas incluidas, era una delicia admirar aquel poder, originalidad y simpatía en saltos y zambullidas. Pero esta es otra historia que algún día me gustaría contar con detalle y precisión.

P ocos metros más arriba estaba El Pocín , al que accedíamos bien por la orilla o por encima del túnel en el caso de que aquel día lo hubiésemos elegido como destino principal. Tenía aquel rincón una razón curiosa y original: dos canales de roca fina y perfectamente diseñados en el lecho. Deslizarse por ellos, bien de espalda, bien con la cabeza por delante para acabar nadando brevemente al final, que el asunto no daba para más, suponía una sensación muy atractiva, a pesar de que en alguna ocasión el encajonamiento se aliaba con agua y nariz para provocar las clásicas molestias, transitorias y escasas.

Creo que sólo me bañé una vez en Las Bombas , a donde llegábamos por la calle de «La Fardela». Por eso no lo añado al elenco de mis preferencias.

Lo llamaban así por las que recogían el agua para generar electricidad con destino a la actividad minera. Y aunque no pocos corrían ese riesgo advertido, lo cierto es que decían que succionaban cuanto encontraban en el camino. Tragarse a un chaval resultaría tan fácil como comer un helado de nata. «Es como el monstruo del capitán Nemo», oí en cierta ocasión. No sabía yo nada entonces ni del monstruo ni del tal capitán. Pero por si acaso…

Cuando regreso, como en verano, a este último reino —misterioso, eso sí— de las aguas, sonrío. Detrás de la sonrisa, la duda de las bombas o del monstruo. Y es que en la memoria también perviven los fantasmas.

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