Vivir el presente vivir a propósito

Cielo azar
César Antonio Molina. Ed. Pre-Textos, Valencia, 2011. 116 pp.
El que fuera ministro de cultura, César Antonio Molina, era y es, ante todo, poeta, aunque su haber se complete con libros de ensayos, memorias y relatos. En El rumor del tiempo (1974-2006) recogió una muestra amplia de su poesía, acrecida ahora con Cielo azar , título que resultaría extraño si el autor no hubiera antepuesto a sus poemas esta cita de Nietzsche: «Sobre todas las cosas está el cielo azar, el cielo inocencia, el cielo casualidad y el cielo arrogancia».
Una de las características externas, visuales, de la poesía última y penúltima de C. A. Molina es el texto afilado sobre la página, estirado, recortado como si cada palabra, cuando no cada sílaba, exigiera detenerse en ella, percibirla en su relativo aislamiento. De hecho, esta poesía insiste en nombrar, en eso consiste en buena parte: «cangrejos / gaviotas / iguanas...». Poesía sustantiva a la que le sobra la puntuación y las mayúsculas, como una invitación al lector para que sea él quien paute la lectura, establezca las pausas y distribuya los sentidos. Si los poemas no tienden al desarrollo sintáctico o lógico ni a fiarse de la subordinación, hay, en cambio, todo tipo de reiteraciones: aliteraciones, anáforas, simetrías varias y otros modos iterativos. En cualquier caso, el poema, afilado sobre la página, densifica el significado de cada palabra y lo intensifica, como sucede, por poner un único caso, cuando la palabra «impenetrable» se verticaliza en sus cinco sílabas, una por cada verso.
Como poesía sustantiva que es, también es depósito de pensamientos, escuetos casi siempre, originales también: versos que sintetizan una idea que fuera de la poesía necesitaría mayor expansión: «amor tiene por único reposo la fatiga», «no escucho nada que lamente haber oído», «no esperes de un extraño / salvación», «el silencio es lo queda cuando uno calla», «donde crece el peligro está la salvación», «en la naturaleza toda belleza es un engaño»... Pero no es una poesía descarnada, ni tampoco aforística, aunque pueda contener aforismos. Es una poesía que gusta de situarse en un lugar: en buena parte de su poesía, el lugar era una costa, que remitía a la costa gallega de la muerte; no sucede así en este poemario, que se sitúa en diferentes espacios, religiosos, por ejemplo, como el monte Moriath, o como las cuevas de los primitivos (Altamira, Lascaux...). Un sustantivo entre otros («melancolía») puede crear la atmósfera apropiada, o una interrogación («adónde iremos?»), una frase exclamativa («oh pensamiento que / entristece mientras / clama»), la presencia del yo autobiográfico («me tambaleo / caigo / en lo oscuro / no he / despertado / aún / quién me / iluminará»), una metáfora consecuente («alma / alcoba / secreta») o una mirada cautivada por el arte, por la Gioconda y su misterio, en el hermoso poema «Deseo de decir».
Caben interpretaciones varias y diferentes, aunque la presente en esta reseña sea suficiente para acercarse con provecho a una poesía, la de Molina, que no nos resulta indiferente.