El prodigioso truco de estar aquí y ahora

Eternidad de los momentos
Miguel Sánchez Robles. Premio XVIII Bienal de Poesía «Provincia de León», Instituto Leonés de Cultura, León, 2011. 78 pp.
La poesía es cuando sientes que algunos momentos están hechos de eternidad»: es el lema que preside Eternidad de los momentos , poemario con el que el murciano Miguel Sánchez Robles consiguió el último premio «Provincia de León», un libro melodioso que cifra en palabras esos momentos únicos que por su intensidad merecerían ser eternos. Esos momentos en que se siente condensada la belleza del mundo o el gozo inexplicable de vivir y respirar. El asombro de vivir origina poemas como «Eucaristía de la luz», un canto a la luz, real y simbólica, que nace del sentimiento de gozo ante el hijo dormido, «mirando en la luz quieta la alegría del mundo», y haciendo expansivo tal sentimiento de felicidad en un largo poema, pues la extensión es característica de esta voz abundante que reafirma por insistencia. Si por la plenitud cantada recuerda a Claudio Rodríguez –no es mala sombra para cobijarse-, por la amplitud de voz y la reiteración evoca a Aleixandre, otro maestro.
Pero el poeta no es un incauto: sabe que la eternidad del instante no es más que un fulgor momentáneo; de ahí que el gozo interior sea «triste alegría», una sutil melancolía que anida en cada poema. A veces, como en el poema «Ángel de ti», la vida alumbra también momentos malos, «y una parte de ti se pone triste». «A veces» es una locución muy reiterada. A esas veces malas sobrepone el poeta el amor a la vida, a sus sabores y sinsabores: «Me emociona vivir, / y todos los colores me hacen feliz a veces / y está ocurriendo siempre esta belleza...». La poesía se convierte en muchos poemas en celebración, pero no de modo inconsciente, sino a pesar de todo. Celebración de la belleza a la que el poeta está siempre abierto. Celebración de esa «sucesión de momentos mágicos unidos uno a uno» que es la vida. De ahí que incluso lo negativo reciba un calificativo moderador: «hermoso espanto», «tristeza espléndida», etc. El poeta está siempre dispuesto a ver, admirar y celebrar: la belleza de unos ojos, de una muchacha o incluso el acto involuntario de la respiración, «ese milagro cada día como el vuelo de cualquier pájaro».
Todo cobra un valor vital que inspira fe, confianza y gozo, porque el poeta lo afirma y cree incluso en las cosas más normales de que está hecha la vida: «Creo en sueños que dependen de exámenes escritos». El afán del poeta es gozar cada instante y vivir con intensidad: «La alegría de vivir muchas veces mucho». Acaso el sentido amargo de los últimos poemas se explique por la conciencia de que «tenemos poco tiempo y esto es sólo una vez», de que la vida es siempre, al fin, «lo amado y lo perdido».
Esta es una poesía virada hacia la emoción. Entiendo la emoción en sentido amplio, pues puede conmover el corazón y la inteligencia. Logra esta poesía un cierto equilibrio, aunque acabe escorada hacia el corazón.