Diario de León

Publicado por
JOSÉ LUIS GAVILANES LASO
León

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Aquel día de diciembre, víspera de Nochebuena, buena parte de los ciudadanos de la urbe asentada a orillas del Bernesga se derramó por sus arterias. Eficaces pistoleros, de maldad infinita a prueba de bomba, habían vaciado su odio explosivo contra un miembro de la comunidad leonesa. Cumplida la misión, se fueron a ocultar tras sombras cavernarias implorando a sus ídolos del hacha y la serpiente el poder de contemplarse sin asco cada día.

Trataba de quitarme las telarañas matinales de somnolencia, cuando oí una explosión cercana, seca y extraña. Convulsas nuestras vidas entre duelos y quebrantos, difícil no estar turbado en algún momento por estridencias y estallidos, incluidos, claro está, los de júbilo, aunque esta vez no venga al caso. De mi infancia recuerdo los truenos de las tormentas de verano, torturadores como un dolor de muelas y angustiosos como una paroxística taquicardia que no cesa. Cuando el vigor de la adolescencia me rescató de aquellos sustos infantiles y me llenó de entereza, vinieron otros estruendos menos naturales y festivos: obuses, morteros, granadas, minas..., para el silencio de los cementerios.

La deflagración que sacudió mis oídos la gélida mañana navideña, mientras me aseaba, no era igual a las conocidas. Debió de grabarse de una manera especial en la memoria, como si de un nuevo pecado original se tratase, pues voy reconstruyendo las escenas con asombrosa facilidad. Recuerdo que no llegué a adivinar la causa de la explosión, pero tuve la sensación de que acarreaba alguna desgracia.

Inquieto y vencido por la curiosidad, regresé al dormitorio, abrí la ventana, y una brisa helada, como una insidia, me abofeteó la cara. Mi calle estaba casi desierta. Unos pocos viandantes corrían hacia otra calle colindante. En las casas de enfrente había ya algunos vecinos asomados a las ventanas, supuestamente impulsados por la misma curiosidad.

C onecté la radio. Desplacé nervioso el dial hasta agotar bandas y sintonías. Las emisoras locales estaban embebidas en publicidad o en los éxitos musicales del momento. Volví a asomarme al exterior. Un par de ambulancias y un coche de la policía se desplazaban hacia a la columna de humo que comenzaba a fundirse con nubes cenicientas. De un furgón, aún en marcha, salía gente uniformada que empezó deprisa a vallar la zona, mientras el sonido monocorde de una sirena anunciaba la llegada de los bomberos y en las ondas se truncaba un merengue caribeño. La noticia fue escueta, como un veredicto: había habido una explosión en la calle Ramón y Cajal, entre el puente sobre la vía y el comienzo de la muralla medieval. Merced a algún reportero desplazado hasta el lugar, el siniestro fue desgranándose en pormenores. Se trataba de un atentado con todas las siniestras trazas de la organización terrorista de costumbre. La víctima, un comandante del ejército de tierra, había salido de su casa en coche y en compañía de su hija. Tras pararse el vehículo en un paso de peatones, el ingenio criminal colocado debajo del asiento del conductor obedeció inmisericorde al contacto calibrado y absurdo. Del montón de chatarra ennegrecida y humeante intentaba salir a durísimas penas una joven con heridas graves en el cuerpo y en el alma. Su padre, grotescamente desarticulado y esparcido por el pavimento como un rompecabezas, acababa de sumarse a la nutrida lista de ejecutados en nombre de la causa.

La distancia física me ahorró el espanto de la imagen. No obstante, una consecuencia indirecta del acto criminal me produjo fuerte agitación emocional. Porque el atentado terrorista contra padre e hija fue el preludio a otra tragedia cuyo protagonismo recayó en una persona prendida en mi corazón. Esa persona se llamaba, simplemente, María.

T e acunaron en una humilde aldea leonesa de Tierra de Campos, de las muchas ya sin promesa y ni siquiera disyuntiva. Enviudaste muy joven, pero con tesón y sobriedad, propios de la gente de tu clase, seguiste un camino urbano de desvelos y renuncias para sacar los pequeños adelante, y a fe que lo conseguiste. Tu figura tierna, delgadita como una sospecha, pero inmensa de energía, humanidad y simpatía, a la fuerza habría de desbordarse fuera del entorno familiar. Recupero con húmeda nostalgia tu carita sonrosada y amable asomada a la ventana, después del duro bregar, ayudando con la voz y la mirada a subir la «cuestina» a los jóvenes vecinos, irónica expresión y mejor atajo para ganar de niño las viviendas en lo más alto del Barrio de San Esteban.

Llegaste a la última pendiente del camino con algunas lagunas en la mente, tras ochenta años de andadura resignada. Aún así, preferías salir diariamente a respirar los aires secos y cazurros de la tierra, en vez de recocerte entre sábanas, fogones y braseros, extasiada frente a pantallas de hipnóticos colores. Eras consecuente y fiel a tu frase favorita: «La vida, airosa; sin aire, venenosa».

Aquella tarde, víspera de Nochebuena, como he dicho, una riada de hombres y mujeres se desbordó siguiendo el curso de tu cauce acostumbrado. Debió de sorprenderte el gentío inusitado que se manifestaba de forma silenciosa. Te sentiste probablemente atraída por aquella corriente de humanidad dolorida. La insólita procesión, cuya función y destino quién sabe si preguntaste, te explicaron o llegaste a comprender, acabó por engullirte.

L a noche se hizo de pronto sobre la tierra. Cumplido el recorrido y la misión solidaria, la multitud se disolvió y cada cual regresó a sus asuntos. Pero tu reino ya no era de este mundo. Errante y desvalida, tal vez procuraste encontrar la mano amiga que te devolviese al encuentro con los tuyos, entre luces de neón evanescentes y unas moscas de hielo que en seguida se transmutaron en mariposas blancas haciendo filigranas bajo el cielo. Desorientada, como una pobre tortuga polinésica por el estallido atómico, caminaste y caminaste solitaria en dirección contraria a la salvación, hacia tu perdición más absoluta. Imaginar y reconstruir las turbulencias de tu andadura, las zozobras por las que pasaste, como una galera a la deriva sin timón y sin velamen en una historia trágico-marítima, sería pusilánime concesión a nuestra miserable condición humana. Sólo te diré, por si tu oído aún percibe en los confines, que, mientras Cristo nacía entre cánticos y luces, acurrucaste al lado de una tapia tu cuerpo vencido, bañado de nieve y de frío, bajo un cielo callado, sin luna y sin estrellas. Así estabas cuando te encontramos, inerte y dura, sesenta horas después de haber salido a la calle a respirar, arrastrada tras la estela de un crimen con respuesta ciudadana.

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