Diario de León

POR cristina fanjul

Musas a golpe de talón

l. Escuelas y talleres literarios, coachers, best sellers, ‘negros’; ¿Se ha banalizado el mundo literario?. la sociedad del espectáculo ha desembocado en una banalización de la cultura de la que la literatura no se ha podido abstraer. los escritores leoneses hablan de cuál es su proceso creador

jesús f. salvadores

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Cristina Fanjul
León

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El proceso de mercantilización —o banalización— de la cultura que comenzó a mediados del siglo pasado afectó en mayor o menor medida a todas las ramas de las artes. Y la literatura no podía ser una excepción. Las revoluciones y contrarrevoluciones creativas (futurista, dadá, letrista, situacionista, etc) han derivado en un modelo en el que resulta complicado separar el grano de la paja. Este caldo de cultivo, en el que los límites entre maestría y diletantismo casi se han borrado, ha generado un negocio en el que la irrelevancia se ha apropiado del mundo de la literatura. Best sellers a golpe de talón, premios inducidos, escritores ‘fantasma’, marketing... Entre tanto árbol de pega resulta complicado ver el bosque literario. Y en este proceloso mundo del mercado de la creación ha surgido todo un negocio que promete convertirte en escritor por arte de bilibirloque. Talleres literarios, coachers , escuelas de escritura creativa, entrenamiento psicológico para descubrir la fuente de la inspiración y darle forma, gestión de la imaginación... Pero ¿realmente el genio creador se puede enseñar? ¿cuál es la voz de los escritores? ¿dónde buscan sus musas? —ese estado de ánimo en equilibrio, en serenidad al que se refiere Antonio Colinas— ¿cuál es su proceso creativo?

«Todas mis obras surgen de un sentimiento, de una emoción, de un pensamiento». Julio Llamazares asegura que cuando comienza la primera línea de un libro nunca sabe cuál será la segunda. «Al escribir el primer capítulo jamás conozco qué derroteros tomará el segundo». El autor de La lentitud de los bueyes ejemplifica con los frutos de los árboles su proceso creativo. «Los libros son como los brotes de un árbol. Algunos se convierten en frutos, otros se hielan», comenta, y añade que lo que siempre tiene que tener al comenzar una novela es el título y la primera frase. Y es que Julio Llamazares asegura que nunca piensa en aquello que le puede gustar al lector. «Sólo escribo lo que me gusta a mí, lo que me hace pensar y reflexionar», dice el escritor, para quien la mayor parte de lo que se publica en la actualidad no tiene nada que ver con la literatura. Considera por ello que todo el negocio surgido al calor de la producción literaria «forma parte del mundo absurdo que vivimos» y cree firmemente que la mayoría de cuantos se bautizan como escritores no lo son. «Un escritor tiene que estar en Babia, sobre todo si es de León, ironiza, debe ser un marginal, en desacuerdo constante con el mundo». Se queja Julio Llamazares de que la sociedad espectáculo en la que vivimos ha llevado a una banalización de todo el mundo artístico del que la literatura no se ha podido sustraer. «Yo no escribo para entretener, escribo para reflexionar y hacer reflexionar al lector y la literatura o se lleva en el corazón o no se lleva».

El premio Cervantes Antonio Gamoneda aprecia que su proceso creativo no tiene temáticas previas. «No tengo un programa previo, no tengo una intención temática a priori; lo único que ocurre es la capacidad de generación del pensamiento poético». Y, para explicar ese proceso creativo, recurre a la ciencia: «¿Qué se puede crear? Lo que no existía. ¿Qué se puede revelar? Lo que se desconocía. Si poesía es creación y revelación, parece que no es muy adecuado el conocimiento previo. Entonces, la poesía se produce de la nada». Aquí está el meollo, la explicación de la diferencia entre la literatura y el márketing, entre la creación y el negocio.

Admite Luis Mateo Díez que en ciertos casos las escuelas de creación literaria han sido el germen de grandes escritores, sobre todo en los países anglosajones. Sin embargo, asegura que las novelas se hacen con trabajo y su componente fundamental es «la obsesión». Cuenta el novelista que él parte siempre de una idea, «a veces un poco abstracta, otras conlleva algo del material de la historia», y asegura que todas sus obras siempre tienen un cuaderno de bitácora donde guarda los datos de una posible navegación. «Son presentimientos de personajes, frases sueltas, material significativo...» El autor de La ruina del cielo precisa que a partir de ese momento surge una frase de arranque y un título, que siempre es metafórico. «Las novelas se hacen con trabajo y su componente es la obsesión; te remueven y te golpean», destaca el escritor, para quien la novela siempre es un gran fluido que pone en marcha la memoria y la imaginación. «Hay días buenos, en los que parece que la novela se escribe sola, y otros que no lo son tanto», reflexiona. Acerca del oficio de escribidor, Luis Mateo Díez considera que hay un conducto irremediable: leer novelas. «El camino del escritor siempre es el del lector», medita, y defiende la idea de que en la vida de todo literato siempre hay un vacío que se llena con la experiencia de lo imaginario. «Todo estriba en que tengas la necesidad de escribir». Al hilo de esta reflexión, precisa que la práctica va aumentado el oficio y destaca que la rutina te va haciendo dueño de un estilo, si bien la zozobra sigue siendo la misma. «Decía Henry Miller que escribir es descubrir, y este descubrimiento es desasosegante y apasionante».

En parecidos términos se expresa Juan Carlos Mestre. El poeta califica los servicios literarios (talleres, coachers y demás) como un «inocente timo». «No pasa nada si alguien trata de ayudar a otro a volcar su mundo literario», pero al tiempo alerta contra cualquier método de creación que invoque preceptivas. «La imaginación no tiene gramática y los actos creativos han de llevarse a cabo por la intuición», reclama. Y es que Mestre se autodefine como un «aventurero del pensamiento». «No creo en las musas, ni en la inspiración ni en la metafísica del soplo divino». En este catálogo de principios, el poeta villafranquino asegura que la poesía es un desafío de la conciencia en alíanza con el lenguaje. «La poesía siempre es un acto de legítima defensa contra la obscenidad del poder para mentir».

Más corrosivo, Alberto R. Torices se sirve de la ironía para calificar el estado actual de las cosas. «Los escritores del arroyo, los mindundis de la literatura, ya hemos dejado de ser legión para convertirnos en una auténtica pandemia. Y parece que los más avispados han visto un potencial de negocio en un colectivo tan numeroso y sugestionable como el nuestro». Torices ennumera de manera sardónica la lista de mercaderes que hacen negocio a costa de la creación: talleres literarios, escuelas para escritores, coachers, asesorías, «recursos» para el escritor y «¡hasta un centro de formación de novelistas!» «Hace tiempo que los del arroyo decidimos escribir gratis y dando las gracias. Los derechos de autor... qué risa. El siguiente paso, que no dejaba de ser predecible, era este: pagar para escribir, para que te enseñen y te asesoren, y te encarrilen y te hagan un hueco y salgas del arroyo». «No está bien —subraya— que tanta pulga quiera alimentarse de un perro tan flaco, que no vive más que de ilusiones».

Tampoco cree demasiado en las musas, que, asegura, visitan poco su cuarto de trabajo. «Eran diosas de las fuentes, las musas, ¿verdad?, las fuentes de la inspiración. Turbio fluido, en mi caso, nada de aguas cristalinas, donde viejísimos recuerdos del niño triste y el joven atontado que fui se mezclan con manías, fijaciones, neurosis, debilidades, sueños y perversiones. Y todo así, un jaleo. El resto son las horas y los días que hacen falta para construir algo con ese negro lodo. En cuanto a mi rutina a la hora de escribir, es tan gris, tan prosaica, tan peregrina... fabulando un poco, antes de escribir me arrodillo y le rezo a Juan Carlos Onetti, para que interceda en mi favor». Por cierto Alberto, que tu santo particular aseguraba que él escribía por ataques: «A veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada, pero siempre sé que volverá», decía el escritor uruguayo sobre la inspiración.

Igual de mordaz se muestra Yago Ferreiro, que asegura confiar tan sólo en la incertidumbre de sus ideas y en su visión de lo literario. El autor de El cosmonauta cree que la nueva moda de coaching literario no deja de ser eso, una moda. «Yo, de momento, entre tantos editores despiadados, tanto marketting 2.0, coaching literario, libros de autoayuda y maestros zen, casi que prefiero seguir encerrado en mi cuarto, ajeno al ruido, pasando a ordenador los textos que me entrega puntualmente mi negro literario».

«Un mundo plagado de escritores debe ser algo parecido al infierno». La frase, de Julio César Álvarez, deja clara su opinión acerca de este tipo de servicios. El escritor añade que no ve el modo de que la «enfermedad» literaria pueda transmitirse en talleres o cursos literarios y destaca que «el autor de cierto calado se ha pasado muchas horas solo, releyendo, avergonzándose de lo escrito y creciendo un poco, con derrotas, caos personal, lecturas y más lecturas». Y es que, como asegura el autor de El tiempo nos va desnudando , una novela es «un gran maratón suicida». «Sí, tiene algo de constancia y oficio, por supuesto, pero sin pasión que le acompañe queda como un objeto inservible, un bonito disparo al aire de un currante, algo para mí bastante insuficiente». En cuanto a su proceso creativo, precisa que primero hace un boceto mental que intenta desarrolla gradualmente. «Eso sí, leo y releo mucho, modificando el texto inicial hasta dejarlo en ocasiones irreconocible. Una constante mutación basada especialmente en el ritmo o en esa extraña armonía que uno tiene en la cabeza y que no deja de perseguir, eso que decía Lacan de que el hombre es el estilo».

Cuenta Enrique Vila-Matas que el mejor consejo que nunca le dio nadie acerca de la labor literaria fue el de Raymond Queneau: «Usted escriba y no haga nada». Trabajo y pasión. Una vez, a Samuel Beckett le preguntaron por qué escribía. «Y ¿qué quiere? No sé hacer otra cosa».

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