Diario de León

«Los ricos siempre pueden sobornar»

l. Maruja Torres satiriza a los corruptos en la segunda novela de su detective Diana Dial. SIN ENTRAÑASMarujas TorresEditorial Planeta. Barcelona, 2012. 288 páginas. 19,50 euros.

esteban cobo

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miguel lorenci
León

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Del desinterés a la fascinación. Maruja Torres (Barcelona, 1943) cambió su indiferencia hacia Egipto por un profundo interés cuando viajó al país de los faraones para depositar las cenizas su bienamado colega Terenci Moix. Algo hizo clic en su magín, del que años después ha surgido Sin entrañas (Planeta), una satírica intriga en el misterioso Nilo con cadáver momificado y quince sospechosos. La ha presentado sobre el terreno, inmersa en bullicio cairota y con la pirámides como grandioso decorado.

Es la segunda novela negra de esta periodista y escritora sin pelos en la lengua que se trasmuta en Diana Dial, resuelta reportera devenida en detective y tan deslenguada y desencantada como ella de una profesión y un mundo «en el que mandan los mediocres». Es, además, un homenaje explícito a Agatha Christie con el que fustiga -con tanta mala leche como ironía- a poderosos corruptos y prepotentes de aquí y de allá. «Entre misterios como pirámides emergen verdades como puños», resume. Si Fácil de matar, su debut en el género negro, fue un ajuste de cuentas con su pasado reciente y con un oficio que adora pero del que está de vuelta, Maruja del Nilo se embarca ahora en un ejercicio de estilo y un homenaje al género de la mano ‘negra’ de una de las grandes damas del crimen, su admirada Agatha Christie y evocando a su llorado Terenci.

Encierra a «una quincena de hijos de puta y media docena de buenas personas» en un lujoso yate que remonta el Nilo para resolver en una paródica travesía entre Luxor y el Cairo el oscuro asesinato de Oriol Laclau y Masdéu, un tiburón inmobiliario de la Cataluña convergente que amasó una inmensa fortuna en la Barcelona preolímpica. Un ‘pastizal’ que dedicó a la compra de bienes y voluntades y a su irrefrenable pasión por la arqueología y los tesoros faraónicos.

Compuso al asesinado tomado «de aquí y de allá» en un mosaico de muchos personajes públicos catalanes. Entre los sospechosos tramó lazos, amoríos, venganzas, envidias, miserias y delirios de grandeza. Ninguno sale bien parado en una «trama neocolonial», a veces delirante, que escarnece sobre todo a los parásitos de la agónica dictadura de Mubarak. Cuesta poco reconocer a Zahi Hawass, oscuro director de antigüedades de Egipto, todopoderoso funcionario al servicio de sus propios intereses y los del dictador, al que Maruja Torres convierte en el personaje de Hadi Sueni. «Los corruptos y los prepotentes, en la ribera del Nilo o de la del Llobregat actúan igual. Cuando matan pueden escudarse en el poder y el dinero», apunta.

«No es que los ricos maten mejor, pero quedan más impunes. Sabemos menos de sus asesinatos. Tienen quién les cubra y pueden sobornar», ironiza la escritora. «Además, tienen siempre a mano el accidente doméstico, un arma muy peligrosa que da muchísimo juego», se carcajea. Juega Maruja Torres de nuevo con el amor-odio que le suscita Oriente Medio y se desinteresa del albañal patrio. «Lo de Camps, Fabra y Matas es tan obvio y de tan mal gusto que no da una novela», asegura. El brillo de sus ojos azabache confirma que no le haría ascos una novela «con asesinato en una regata con infantas». Le provoca menos novelar «una regia cacería de elefantes». Rehizo en 2009 el lujoso crucero en el que Agatha Christie situó Muerte en el Nilo, que resuelve Hércules Poirot. Cerró el relato antes de que la explosión de la primavera árabe cuajara en la revolución de la cairota plaza de Tahrir.

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