POR emilio gancedo
De los astures a los maquis
l. La novela histórica es una excelente forma de conocer nuestro pasado . l. . El género goza de buena salud pero aún queda mucho filón por explotar. aupada como uno de los géneros más populares de nuestro país, en león hay grandes exponentes de la novela histórica (el mayor, ‘el señor de bembibre’), con los que conocer la intensa epopeya de esta tierra

Entre muchas virtudes, la literatura cuenta con una formidable capacidad, anhelada, ensoñada por el hombre desde que es tal: la de viajar en el tiempo. La de poder conocer de primera mano otras épocas y culturas, pasados imperios que se alzaron y se desmoronaron, visitar el mismo pueblo, ciudad y territorio en los que hoy residimos pero hace cien, doscientos, mil o dos mil años, comprobar cuánto han cambiado las personas con el paso de los siglos: si las diferencias en modos de vida, educación y costumbres liman y modifican su comportamiento o si, en esencia, seguimos siendo los mismos y con los mismos apetitos, pasiones, virtudes y defectos. La literatura consigue trasportarnos a pasados —también a futuros— momentos del mundo y, si el novelista cuenta con suficiente talento y sabe manejar la documentación con habilidad y acierto, el lector se encontrará sumido en el sugestivo ambiente de la historia pasada: sin desmerecer los libros técnicos, la amenidad y el rigor de una buena novela histórica puede hacer comprender una época determinada mejor que un tratado, perfecto en cuanto al método, quizá, pero inaccesible al gran público. La novela pone pasión, objetivos, vida y calor donde en otros sitios sólo habría fríos datos y fechas.
De la fascinación que ejercen, tanto en autores como en público, estas aventuras a través de la Historia no ha permanecido al margen un territorio en el que el devenir de los tiempos ha venido contando con un poso tan importante como es León. De hecho, una de las maneras más sugerentes de conocer nuestro rico y vibrante pasado es a través de otro de los puntos fuertes de este viejo pedazo del mapa ibérico: su pulso literario, plasmado a través de los siglos con obras y autores de referencia, y con una afición por contar que surge de la misma cultura popular leonesa. De est forma, y haciendo uso de esas ‘máquinas del tiempo’ que en realidad son algunas novelas, el viajero-lector puede emprender un mágico periplo hasta toparse con protagonistas —célebres o anónimos— de las diversas etapas de ese reino de largo recorrido que es León. Y así, si quiere remontarse a la epopeya de sus primeros pobladores conocidos, habrá de recurrir a obras que posan su mirada sobre el pueblo de los astures cismontanos, que ocupaban la actual provincia, dándose la mano con sus primos los transmontanos, o asturianos actuales, en su lucha contra las invasoras legiones romanas.
De guerra en guerra
En ese caso habríamos de embarcarnos en la lectura de Astures. Último bastión contra Roma , en la que la escritora Ara Antón, que en muchas de sus producciones bebe de las fuentes de la historia leonesa, ofrece un gran retablo de la famosa batalla de Lancia, en el año 25 a.C., con la que se derrumba la independencia astur, pero también donde se detiene a describir las rutinas diarias, las fiestas y los ritos mágicos de aquel arriscado pueblo. Asimismo, el montañés Saturnino Alonso Requejo se adentra en las inquietudes de otra tribu prerromana, los vadinienses, con Tridio Alonge, el último relincho vadiniense , novela protagonizada por el joven jefe del castro hoy llamado de Las Caldas, cerca de Remolina.
Quizá más desconocida, pero de asombrosa calidad y gran ritmo narrativo, libro a reivindicar hoy en día, es Los guerreros de bronce , del bañezano Ernesto Méndez Luengo: de las luchas de gladiadores en el circo de Pompeya y la primera gran rebelión de esclavos contra todopoderosa Roma, acaudillada por un guerrero astur, el lector salta a una sangrienta batalla acaecida en pleno Páramo leonés entre una confederación de tribus galaicas y astures contra el ejército de Aníbal el Grande, en pleno siglo III a. C.
Acelerando a bordo de sus particulares ‘máquinas del tiempo’, los lectores-viajeros podrán arribar también a una época que, por situar a la capital y al territorio en primerísimo plano de la historia ibérica, ha quedado fijado en el imaginario como la ‘gran época’ de León, es decir, la medieval, la de su Reino, sus fueros y Cortes, su expansión, intrigas palaciegas, luchas intestinas y contra otros estados, sucesiones de monarcas y magnates… todo un filón para la literatura (y para la investigación, para el turismo, para el cine…) que sin duda alguna no se ha aprovechado ni un ápice en las inagotables posibilidades de ofrece.
Volvemos a encontrar aquí obras de Ara Antón, en especial El velo y La única puerta , unidas por personajes como el de la infanta Urraca, hermana de Alfonso VI, pero también el de su padre, Fernando I, y su madre Sancha. Son obras en las que la valentía y el arrojo de un puñado de mujeres para hacerse un hueco en un tiempo dominado por hombres son nota muy reseñable. También las trastiendas de la vida cotidiana de los grandes hombres aparece en Alfonso VI , novela de José Pedro Pedreira en la que el emperador leonés se muestra al lector desnudo de artificios, cual hombre que fue, muy pasional (llegó a tener cinco mujeres, una de ellas era musulmana, Zaira) y gobernante, como decía su autor, «profundamente europeo y potenciador del Camino de Santiago, muy inteligente y diplomático, que ganó batallas sin derramar una gota de sangre».
Pero sin duda alguna la gran novela jacobea leonesa es El Peregrino , del facundino Jesús Torbado. Ambientada en el siglo XI, constituye, a juicio unánime de los críticos, uno de los más exactos, divertidos y sorprendentes retratos de la España medieval que se hayan escrito nunca: el joven francés Martín de Châtillon peregrina a Compostela para pedir por su pueblo, asolado por la peste negra, y en el camino se encontrará con toda suerte de buscavidas y pícaros, personajes cándidos o pendencieros que quedan grabados en la mente del lector junto a estampas como la del, entonces, poderoso monasterio de Sahagún. Dos siglos más tarde transcurre El esplendor , de Jaime Einstein, sobre la vida del sefardí Moisés de León, autor del Zohar , libro central de la mundialmente seguida Cábala y una de las grandes figuras de la cultura hebrea, inexplicablemente olvidado por la ciudad que le vio nacer.
Y si de populares leyendas convertidas en novela de éxito se trata, es necesario releer La dama de Arintero , de José Antonio Martínez Llamas, protagonizada por la joven del Curueño Juana García, a quien este autor califica como ‘la Juana de Arco leonesa’ y que, disfrazada de hombre, luchó en el siglo XV en las luchas a favor de los Reyes Católicos y en contra del partido de Juana la Beltraneja. Según Martínez Llamas, la reina Isabel tenía «unos celos terribles» de nuestra ‘dama’.
Llegados a este punto, un inciso: no es un autor actual pero resulta imposible dejar de referirse a la que está considerada, y desde hace mucho, como una de las mejores, sino la mejor, novela histórica española de todos los tiempos y culmen del romanticismo histórico en lengua castellana. Es El señor de Bembibre , del villafranquino Enrique Gil y Carrasco. ¿Quién no recuerdo este comienzo? «En una tarde de mayo de uno de los primeros años del siglo XIV, volvían de la feria de San Marcos de Cacabelos tres, al parecer, criados de alguno de los grandes señores que entonces se repartían el dominio del Bierzo».
Dando un salto de nuevo sobre dos siglos de historia leonesa en los que poco —quizá por suponer una caída y ensimismamiento general que se arrastra hasta hoy— se ha fijado la literatura leonesa —si exceptuamos la popular saga revertiana del Capitán Alatriste, a quien su autor hace de nacencia montañesa—, pasamos a los años de la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas, en la que el libro Dos de mayo de 1808: el grito de una nación , del astorgano Arsenio García Fuentes, resulta no sólo un brillante fresco general a la hora de comprender la situación militar y social de la España de aquellos convulsos años, sino también, y de manera muy específica, los hechos acaecidos en la gloriosa Astorga de los dos asedios.
A caballo entre los siglos XIX y XX, podríamos referirnos a dos obras singulares de autores que vivieron en esas mismas fechas y que, por tanto, sí conocieron de primera mano el entorno que les rodeaba, aunque lo plasmaron con la misma amenidad y agilidad que cualquier novela de hoy: nos referimos a La esfinge maragata , el libro verdaderamente creador del mito maragato, de la santanderina tres veces candidata al Nobel Concha Espina, y de casi cualquier obra ( Rebojos , por ejemplo), de nuestro Antonio Valbuena; estos últimos cuentos, sí, y obras en general más cercanas al costumbrismo, pero que en todo caso nos hablan, desde dentro, de cómo era el León rural de aquel tiempo. Metidos en la harina de la Guerra Civil y la posguerra, un libro —coral en cuanto a su protagonismo, perfecto en la captación del tenso y gris ambiente de un pueblo de montaña, enorme en su valor literario— sobresale por encima de todos: es Los Bravos , de Jesús Fernández Santos. En los cuarenta también está ambientada la agonía de un grupo de guerrilleros antifranquistas, la genial Luna de lobos , de Julio Llamazares, y esa ciudad y pueblos de ambiente popular, clerical y tabernario, nuestro León de los años cincuenta, sesenta, setenta… se ponen a disposición del viajero en obras ya míticas del maestro Luis Mateo Díez: Las estaciones provinciales , La fuente de la edad , Las horas contadas … Paradas hay muchas, así que, ¿se atreven a subir a la máquina del tiempo?