Diario de León

Sueños escritos en el aire

las flautas de los bárbaros Carlos Aganzo II Premio Universidad de León de Poesía. Universidad de León / Everest, León, 2012. 72 páginas

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josé enrique martínez
León

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En un conocido poema de Kavafis, la inacción de apodera de la ciudad porque llegan los bárbaros y leyes, costumbres y dignidades van a cambiar; pero no llegaron y todos se retiraron compungidos, pues los temidos bárbaros eran «al fin y al cabo, una solución». Parece inevitable evocar el célebre poema al iniciar la lectura de Las flautas de los bárbaros, de Carlos Aganzo, poemario en el que la llegada pronta de los bárbaros es también una amenaza, pero no la solución, porque los bárbaros suponen el arrasamiento final de todo.

La idea que subyace en el poemario de Aganzo es que hasta tanto lleguen, aprovechemos la vida. Carpe diem fue la feliz acuñación de Horacio, con incontables versiones a lo largo del tiempo, como esta de Aganzo: «Mañana he de morir; / ¡hoy tengo para mí la primavera!». Aganzo bebe de la tradición; pero la fuente más copiosa proviene de la naturaleza, sea como gozo para los sentidos, sea como referencia simbólica. De hecho, cada pieza se agarra a un elemento natural para sentirse sustentada sobre algo firme, aunque sean las frágiles amapolas que dan savia a una serie de poemas. No por cantada (recordemos la amapola abierta en el trigo de Juan Ramón Jiménez) dicha flor deja de ser sugestiva. La amapola es en la poesía de Aganzo signo del instante pleno sin conciencia del mañana, sangre de vida y amor, roja pasión en su repentino estallido, instante fulgúreo de belleza. «Tu carne de amapola» escribe también el poeta: en efecto, a lo largo del poemario hay una presencia impalpable representada por ese tú que acompaña la soledad del poeta.

No es sólo la amapola. Los referentes naturales pueden ser un castaño de indias o los vencejos, el ciervo o el acebo en flor. Pero los poemas alcanzan otros significados que nos hablan, por ejemplo, de los «sueños escritos en el aire». A medida que el libro progresa, otros elementos van cuajando en nuevos símbolos, como el agua que fertiliza o se arrastra por la torrentera, o los lobos como resumen de las amenazas vitales.

Ningún lugar más resguardado frente a ellas que el jardín personal o la casa, «santuario interior» que protege el amor, esa «dulce tormenta». Del modo descrito, el libro se ha conformado no como una serie de poemas sueltos, sino como un solo poema mayor en perfecta unidad buscada y conseguida.

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