¿Morir de éxito? Más bien al contrario
l. El reconocimiento y la fama les fueron negados en vida, sólo al morir consiguieron ser leídos por millones . algunos de los autores señeros de la literatura no llegaron ni siquiera a intuir el alcance de las obras que compusieron en silencio. fueron vidas grises con posteridades brillantes
El corazón de Karl Stig-Erland Larsson dijo ‘basta’. Y no se trataba sólo de los siete pisos que se vio obligado a subir andando —aquel día el ascensor estaba averiado—, sino sobre todo de su condición de fumador compulsivo (se dice que consumía tres paquetes al día), su adicción al café, su insomnio patológico y su devoción por la comida basura. Muy poco después llegaba a las librerías Los hombres que no amaban a las mujeres , primera entrega de la —hoy— mundialmente conocida saga Millennium de novela negra. El autor sueco no llegó a ver publicado, así pues, ninguno de los tres volúmenes que había escrito, fundamentalmente por la noche y a rápidos borbotones de inspiración —todos protagonizados por el periodista de investigación Mikael Blomkvist y que se adentran en un submundo urbano lleno de violencia, maldad y pasiones en carne viva, panorama muy alejado de la idílica y pulcra imagen que suelen transmitir los países escandinavos—, ni tuvo ocasión por tanto de disfrutar de la extraordinaria repercusión internacional que ha alcanzado su obra, llegando a abrir camino incluso a toda una escuela de ficción policíaca noreuropea.
Pero casos como el de Larsson no son del todo infrecuentes en la historia de la literatura: el de escritores que, por unas razones o por otras, no pudieron, no supieron o no quisieron publicar en vida unos libros que, en manos de los lectores tras su muerte, se convirtieron en éxitos editoriales con gran halago de crítica, de público, y a veces aun de ambos.
Caso paradigmático y doloroso es el de John Kennedy Toole, autor de uno de los libros más divertidos del universo literario, La conjura de los necios , y padre del sin par Ignatius Reilly, inigualable campeón de estrafalarios, inolvidable Quijote en enfurruñada lucha diaria contra el mundo. Veamos lo que escribe el editor Walter Percy en el prólogo a la edición de 1980: «...un buen día empecé a recibir llamadas telefónicas de una señora desconocida. Lo que me proponía esta señora era absurdo. No se trataba de que ella hubiera escrito un par de capítulos de una novela y quisiera asistir a mis clases. Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo (ya muerto) a principios de la década de 1960. ¿Y por qué iba a querer yo hacer tal cosa?, le pregunté. Porque es una gran novela, me contestó ella».
Al principio, Percy se resistió, pero la madre de Toole era demasiado tenaz. Y se adentró en el manuscrito, línea a línea, convencido de que muy pronto comprobaría que era lo bastante malo como para no seguir leyendo. Pero no lo era. No lo era en absoluto. Se lo leyó de una sentada, presa, finalmente, de un sentimiento de incredulidad: no era posible que fuese tan buena. «La tragedia de este libro —escribió— es la tragedia del autor: su suicidio en 1969, a los treinta y dos años. Y otra tragedia es la posible gran obra que con su muerte se nos ha negado». En las palabras finales glosa lo terrible y excelso de situaciones como la de este autor norteamericano, premio —póstumo, obviamente— Pulitzer en 1981: «Es una verdadera lástima que John Kennedy Toole ya no esté entre nosotros, escribiendo. Pero nada podemos hacer, salvo procurar que al fin esta tragicomedia humana, tumultuosa y gargantuesca, pueda llegar a un mundo del lectores».
Uno de los más conocidos y excelsos autores de la literatura universal en el que se dio también esta paradoja fue el checo Franz Kafka, figura cuyos haz y envés son realmente sorprendentes; sinónimo de vida apagada y gris, por un lado, y de paso a la posteridad, con todos los honores, por otro, su producción da buena cuenta de las íntimas soledad y desamparo en las que, en realidad, vive instalado el hombre, y de la asfixiante, despiadada frialdad que exhibe la burocracia moderna. Kafka, que trabajó en una aseguradora y en otros empleos de escaso relieve, tan sólo publicó algunas historias cortas en vida, una mínima parte de su legado. Dato escalofriante —y muy en consonancia con la torturada personalidad del autor— fue que, poco antes de su muerte, le pidió encarecidamente a Max Brod, su amigo y albacea, que hiciera destruir todos sus textos. Afortunadamente para los millones de lectores que en todo el mundo han podido disfrutar de su obra poliédrica e inquietante, Brod incumplió su promesa y fue dando a la imprenta la mayor parte de los manuscritos que obraban en su poder. Sí fue fiel a ella, en cambio, la última compañera de Kafka, Dora Diamant, que guardó en secreto 20 cuadernos y 35 cartas, pero la Gestapo alemana los confiscó en 1933 y también acabaron saliendo a la luz. Aunque todavía queda la duda razonable, y es un lugar común para la crítica y para muchos ‘cazatesoros’ literarios de hoy en día, de si habrá, en algún rincón del globo, archivos o cajones con inéditas y quizá memorables páginas del insigne autor de Praga que aún no han sido trasladados a las letras de molde.
Un par de décadas más tarde, una jovencita judeo-alemana llamada Ana Frank dedicaba parte de las tardes —como tantas otras niñas de entonces y de ahora— a dejar constancia en un diario personal de las impresiones del día: primero fueron los regalos de cumpleaños o las habladurías y rumores sobre este o aquel chico, pero después fue la vida cotidiana en un escondrijo situado en la parte de atrás de un viejo edificio de Amsterdam cuya puerta estaba oculta tras una estantería, donde la familia vivió unos dos años para no ser detenidos por los nazis. Finalmente, los cuatro componentes de la misma fueron detenidos y enviados a diferentes campos de concentración: Ana fue enviada al de Auschwitz el 2 de septiembre de 1944 y más tarde al de Bergen-Belsen, donde murió de tifus el 12 de marzo de 1945, muy pocos días antes de que éste fuera liberado. El único miembro de la familia que logró sobrevivir fue el padre, Otto, quien conservó y publicó el diario de su hija, pleno de anotaciones que reflejan, desde una óptica infantil pero al mismo tiempo muy despierta y serena, cómo se vivía bajo la amenaza constante de los nazis, constituyendo su testimonio, traducido a prácticamente todos los idiomas, un escalofriante y del todo espontáneo lamento contra las increíbles cotas de brutalidad a las que puede llegar el ser humano.
Otra mujer que se pasó recluida gran parte de su vida —aunque en su caso por decisión propia—, y cuyo trabajo poético fue alzado a los altares, tras su muerte, por lo arrebatadoramente apasionado de sus versos, fue Emily Dickinson, colocando su nombre en el Olimpo de los mejores creadores norteamericanos fue Emily Dickinson: encerrada en una habitación de la casa de su padre en la localidad de Amherst, su enorme legado literario permaneció inédito y oculto durante toda su vida excepto cinco poemas, tres que aparecieron sin firma y el otro sin que ella lo supiera. Cuando murió con 56 años, su hermana Vinnie encontró en su habitación 40 volúmenes encuadernados a mano con más de 800 poemas jamás vistos por nadie.
En el campo de la literatura en lengua española habría que hablar de Roberto Bolaño, un caso por supuesto no tan sangrante como los anteriores —de hecho, cada uno de ellos es diferente, pues Larsson, por ejemplo, fue en vida un respetado periodista—, pero cuya producción cobró un inusitado relieve una vez fallecido (no faltan quienes le colocan en la órbita de Cortázar o aun Borges). Chileno, vivió en Barcelona, Gerona y Francia, donde alternó innumerables oficios, como lavaplatos, camarero, encargado de la recogida de basuras, vigilante de campamentos, descargador de barcos, vendimiador, empleado de una tienda de bisutería... Ganó el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos por Los detectives salvajes , vislumbrando una fama que hoy traspasa fronteras, pues sus obras se están publicando en 40 países: de forma póstuma apareció, además, su monumental 2666 .
Otros escritores mundialmente conocidos por obras aparecidas después de morir fueron, por ejemplo, Giuseppe Tommasi di Lampedusa, autor de una única novela, Il Gattopardo , genial retrato de la Sicilia que se preparaba para las convulsiones de la Unificación italiana.
Y para terminar, un nombre leonés, el de Basilio Fernández, natural de la aldea montañesa de Valverdín y que vivió casi toda su vida en la ciudad de Gijón llevando una vida externa de negocios familiares e interna de poeta secreto, conocido cuando en 1991 su sobrino Emiliano Fernández publicó Poemas 1927-1987 (Premio Nacional en 1992).
En el pasado año, el ayuntamiento gijonés le dedicó un homenaje, nuestro Filandón publicó un cuadernillo sobre Emiliano y éste mismo publicó en Ediciones Trea, de Gijón, una Antología 1927-1987 , con introducción y anotación de los poemas.