Diario de León

El duro oficio de escritor

l. Sólo un puñado de autores leoneses han conseguido vivir de la literatura sin necesidad de otro empleo. En León sólo unos pocos escritores privilegiados han logrado hacer de la literatura su oficio. El resto, incluidos los académicos luis Mateo y merino, han tenido otros empleos paralelos

jesús f. salvadores

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Verónica Viñas
León

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Más difícil que escribir libros resulta vivir de ellos. Sólo un puñado de afortunados consigue hacer de la literatura su oficio principial. La nómina de ‘trabajadores’ de la literatura, que en España la encabezan los superventas de la talla de Javier Pérez-Reverte, Eduardo Mendoza, Ruiz Zafón, Julia Navarro o Matilde Asensi, en León no coincide con el perfil del escritor de bestsellers. Muy al contrario. El premio Cervantes Antonio Gamoneda sólo pudo dedicarse plenamente a la poesía tras la jubilación, al igual que los académicos de la Lengua José María Merino y Luis Mateo Diez.

Andrés Trapiello, Julio Llamazares, Juan Carlos Mestre y Antonio Colinas son de los pocos que han conseguido vivir de lo que escriben, aunque su territorio se amplíe al periodismo –en el caso de los dos primeros- y a la traducción, en lo referente al poeta bañezano. El desaparecido Victoriano Crémer, que en su juventud desempeñó los más variados empleos, al igual que Gamoneda, también fue uno de los pocos que pudo ganarse el pan con las letras. Prácticamente el resto de la larga lista de autores leoneses tiene otro trabajo. Para casi todos, escribir ha sido un ‘segundo empleo’.

Josefina Rodríguez Aldecoa, perteneciente a una saga de maestros, toda su vida tuvo que simultanear la enseñanza en la escuela que dirigía en Madrid con la escritura. El astorgano Alejandro M. Gallo, uno de los autores de novela negra de mayor éxito en España, es jefe de la Policía Local de Gijón. Hasta el mismísimo Juan Benet, leonés de corazón, fue un insigne ingeniero que ‘inundó’ el pueblo de Julio Llamazares con la construcción del pantano de Vegamián.

Secundino Serrano, uno de los escritores más comprometidos con la causa de los maquis y los olvidados de la Guerra Civil, ejerce como profesor de Historia en un Instituto de la capital.

Luis Artigue, narrador y joven promesa de la poesía leonesa, acude por las mañanas a su trabajo en la Biblioteca Municipal de San Andrés del Rabanedo, caso parecido al de Rafael Saravia y Miguel Paz.

También Luis Mateo Díez, creador de ese territorio mágico que es Celama, recibió un cálido homenaje en 2007 del entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, y de los compañeros del Ayuntamiento de Madrid, cuando se jubiló tras haber pasado toda su vida laboral en el departamento jurídico de esta institución. José María Merino, funcionario de carrera, fue director del Centro de las Letras del Ministerio de Cultura, por lo que durante décadas se vio obligado a restarle horas al sueño para fabular historias tan fascinantes como las del Reino Secreto o La orilla oscura. Juan Pedro Aparicio, que con Merino y Luis Mateo forman un trío inseparable que ha logrado ‘internacionalizar’ los filandones leoneses por medio mundo, licenciado como ellos en Derecho, ocupó en los últimos años la dirección del Instituto Cervantes en Londres y fue el coordinador de los actos del León Real, en los que se conmemoró el 1.100 aniversario del Reino de León.

Dos sueños

En este panorama de escritores pluriempleados, Andrés Trapiello resulta una rara avis. Autor de 17 tomos de su colección de diarios Salón de pasos perdidos, está a punto de publicar la que él considera su gran novela, la que ha fraguado durante toda su vida, una historia sobre la Guerra Civil, sobre la confrontación de dos generaciones, sobre la culpa y, ante todo, sobre León, titulada Ayer no más , que llegará a las librerías el 3 de octubre A Trapiello la emancipó le llegó de manera forzosa. Su padre le echó de casa cuando le encontró cinco números del Mundo Obrero . Estudió Filosofía y Letras en Valladolid, donde trabajó en varios periódicos y revistas. En 1975 se traslada a Madrid para trabajar en una revista de arte. Dos años después consigue un empleo en el programa de televisión Encuentros con las letras, que sería su último trabajo estable. A partir de entonces ha conseguido vivir de la literatura y el periodismo.

A los doce años a Julio Llamazares le impactaron las luces de la gran ciudad a la que llegaba con ganas de comerse el mundo. Muchos sueños no se cumplieron, pero persiste la ilusión por la vida y por la literatura. El autor de Luna de lobos , curiosamente, ha confesado que «aunque parezca mentira, no soy un escritor profesional. Dedico toda mi vida a escribir, pero no me la planteo como un trabajo en el que detrás de una novela tiene que ir otra. Voy escribiendo según la necesidad que tenga de hacerlo. No pienso que la novela sea el único género, aunque sea el que más vende».

El bañezano Antonio Colinas, afincado desde hace años en Salamanca y anteriormente en Ibiza, ha dedicado toda su vida a la poesía, la narrativa y la traducción, fundamentalmente de poetas italianos. Colinas, que estudió Historia, es además un asiduo colaborador en periódicos como El País, El Mundo y ABC. Un poeta de una sensibilidad extrema que, pese al escaso tirón que tiene la poesía en este país, ha conseguido vivir de su escritura.

El panadero y el ferretero

La aventura artística del berciano Juan Carlos Mestre es más complicada. Premio Nacional de Poesía por La casa roja, licenciado en periodismo, es autor de varias antologías, en ocasiones acompaña con su acordeón a Amancio Prada en sus recitales y ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de varios países de Europa y América. Pero puede decirse que vive de las letras. En cierta ocasión, con motivo de la presentación del libro Meteoros (Poesía 1962-2006), de Antonio Pereira, Juan Carlos Mestre se dirigió al inolvidable poeta villafranquino y, citando a Erza Pound, le dijo: «No se puede escribir un buen poema si no eres mejor que ese poema». A lo cual Pereira, el humilde maestro, tras sonrojarse, echó mano de su chispa y replicó: «Con lo que ha dicho el hijo del panadero, el hijo del ferretero se da por satisfecho». Pereira decidió establecerse en León en 1949 y montó un almacén de electrodomésticos y artículos para el hogar, que se convertiría en un próspero negocio. Situado en la entonces calle de José Antonio, hoy Gran Vía de San Marcos, durante mucho tiempo aquel comercio le proporcionó la seguridad económica que le permitiría dedicar su tiempo libre a la escritura.

Ramón Carnicer, durante años olvidado por León y que en los últimos meses ha tenido el reconocimiento que no logró en vida, también escribía ‘en ratos libres’. Filólogo de formación, fue profesor en las universidades de Barcelona, Nueva York y Zaragoza. Publicó 25 libros pero fue Donde las Hurdes se llaman Cabrera ( 1964) el que levantó ampollas en su tierra, que tardó en perdonar el retrato que el escritor villafranquino hizo de una de las comarcas más olvidadas de España.

El poeta Adolfo Alonso Ares, licenciado en Derecho, propietario de una empresa de construcción y que en el pasado fue alcalde de Atorga, nunca ha vivido exclusivamente de la poesía, pese a que -especialmente fuera de León- está considerado como una de las voces poéticas más interesantes de las últimas décadas.

Un caso singular es de la escritora de Veguellina de Órbigo Elena Santiago, que poco después de licenciarse en Magisterio tuvo clara su vocación y su pasión por las letras y decidió dedicarse a ellas por completo. Colaboradora de numerosos periódicos y publicaciones, en el 2003 recibía el Premio Castilla y León de las Letras con el que se reconocía su trayectoria.

Entre los jóvenes autores abundan los que han ido haciendo ‘carrera literaria’ ganando premios y certámenes cada vez de mayor categoría. Lo cierto es que la literatura, hoy y ayer, es un oficio complicado e inestable. La hoy archifamosa J.K. Rowling, ‘madre’ de la saga del niño mago Harry Potter, pasó de tener una condición humilde a ser multimillonaria en sólo cinco años. Pero no todo el mundo es Paul Auster, Paulo Coelho, Ken Follet o Mario Vargas Llosa. En España muchos autores han tenido que tener empleos complementarios hasta que les llegó el éxito y el reconocimiento.

Sin un éxito sonado es prácticamente imposible que las editoriales entreguen ‘adelantos’ a los escritores. Únicamente aquellos que tienen un nombre y unas cuantiosas cifras de ventas lo consiguen. Aunque no siempre la buena literatura hace ricos a sus autores...

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