Diario de León

Hacia los abismos más tenebrosos del ser humano

la mujer de sombra Luisgé Martín Anagrama, Barcelona, 2012. 228 pp.

Publicado por
nicolás miñambres
León

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Luisgé Martín pertenece al reducido número de narradores actuales que no tienen interés alguno en facilitar al lector trabajos convencionales. La mujer de sombra (una novela inquietante, ambigua, turbadora) lo confirma sobradamente. En las páginas finales el lector se topa con una observación que puede explicar, aunque sin justificarlo, el comportamiento del protagonista a la luz de un mito moderno: «Eusebio sabe ahora que la única felicidad posible es la que no se forja a costa de esconder los vicios (p. 225).

Eusebio, el protagonista, es un joven de treinta y ocho años, «apacible y confiado. Vive solo en el centro de Madrid». Heredero de un cuantiosa fortuna, su vida no depende de exigencias de ningún tipo, ni profesionales ni amorosas. Su amigo Guillermo, que espera un niño, le cuenta las relaciones sadomasoquistas que tienen con una «misteriosa mujer», Marcia, un nombre falso. La muerte inesperada de Guillermo le lleva a Eusebio a buscar a esta mujer para vivir la misma experiencia. Pero la misteriosa condición de la mujer corresponde en realidad a Julia, que tiene para con Eusebio un trato sentimental y erótico delicado y exquisito, al que él corresponde.

La incapacidad para entender esa actitud amorosa le lleva a bucear en las redes sociales tratando de buscar un pasado que cree que Julia le oculta. Esta obsesión informática le da acceso al conocimiento de seres extraños, atrabiliarios, con los que establece relaciones inconfesables. Es su bajada a lo oscuro, a lo destructivo, algo que él intuye al observar que las hortalizas que Julia cultiva en la terraza empiezan a pudrirse y a morirse los peces del acuario. «Pero siente el heroísmo: vivir al filo, transgredir, profanar, desobedecer a Dios» (p. 181).

la apoteosis final

El camino hacia lo abyecto no puede detenerse; culminará en una escena de sexo brutal y depravado, que le facilita Manuel Ortega Manzano, Padrastro . Ha conseguido de alguna forma su pretensión, mientras «En un hotel de las afueras de la ciudad, Julia llora (…) En una de las manos de Julia hay unas gafas» (p. 224).

Es el retorno de lo sabido: «La la felicidad del doctor Jekyll, que nunca mancha su virtud con los actos abominables de mister Hyde. Olvidarlo todo para poder volver a perpetrarlo luego» (p. 225). Volverá a intentar ser el doctor Jekyll, pero tal vez sea demasiado tarde: llega a casa y «luego el cerrojo se descorre», sin que el lector sepa quién aparecerá tras de la puerta.

Un final ambiguo, inquietante, como todo lo narrado en esta novela, de llamativo planteamiento y desarrollo argumental.

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