poesía
Con las heridas puestas
PECES TRANSPARENTES JUlia Conejo Alonso Premio Alfons el Magnànim Valencia, Hiperión, Madrid, 2012. 78 pp.

Reconforta que en un mundo donde lo único que importa es el dinero, nos llegue una brisa de emoción que nos confirma que la poesía sigue existiendo libremente entre la maraña de las ambiciones. Digo emoción porque emocionado he leído Peces transparentes , de Julia Conejo Alonso, su segundo libro; el primero fue Muñecas recortables , de 2011. De la emoción parecen brotar los poemas, pero lo importante es que la transmiten al lector, y no como una explosión sentimental, sino como un aire suave que agita trémulamente nuestras ramas. Otro término que me viene a la pluma es sencillez, en el sentido de que no exhibe artificio ni ofrece aparentes dificultades. Nunca me he parado a pensar si la poesía debe ser oscura o clara, sino si la siento o no como poesía. La de Julia Conejo tiende a la transparencia, no sé si a aquella que pedía ardientemente Juan Ramón Jiménez o a otra.
El primer poema de Peces transparentes alude al pez cristal que transparenta todo su interior; pero la conclusión puede ser toda una poética, pues lo hace «con la desolación y la impotencia del que sabe / que no sirve de nada / ofrecerse, sencillo y transparente». En la sociedad actual de nada sirve la poesía, en todo caso. Nos servimos de ella para espantar nuestras murrias. Transparente y delicada es la poesía de Julia, una delicadeza impregnada de melancolía, esa ambigua e impalpable tristeza desleída en las entretrelas del alma.
Las características anteriores suponen que la poeta no reclama para su poesía grandes acontecimientos, sino las cosas que van saliendo al paso: un sueño, una noche perra de insomnio, el paseo nocturno sin gafas y con miopía o la admiración por los «manitas» en el hermoso poema Elogio de los tirafondos , en el que la poeta percibe, por una vez, que la filología no es del todo inútil. No es extraña en este contexto la versión de Penélope tejiendo y destejiendo la misma pieza, como imagen, no de fidelidad, sino de la vida misma. La poesía no está en los grandes heroísmos, sino en el discurrir diario «con las heridas puestas» como le dice a su hijo en un precioso poema. Pero la poeta sabe dar sentido lírico a esos aspectos, situando hábilmente en el final del poema la sorpresa que apenas intuíamos. Miedos, por ejemplo, habla de «miedos naturales que no duelen», como el miedo a las serpientes o a los truenos, pero hay otros que sí duelen: «El miedo a que tus ojos me miren —por ejemplo— / y yo no me dé cuenta».