Diario de León

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La derrota del hedonista

EL JUEVES SE CUMPLIÓ EL 110 ANIVERSARIO DE AGUSTÍN DE FOXÁ, UN ESCRITOR AGOBIADO POR LA LEYENDA, QUE BAÑÓ SUS AFLICCIONES EN ALCOHOL. APENAS LO SOBREVIVIERON . LAS ANÉCDOTAS. TAMBIÉN SU EFÍMERA MUJER, la DESLUMBRANTE CONDESA DE LA COMITIVA DE EVITA. divergente

Agustín de Foxá es un escritor relegado por el peso de su leyenda

Agustín de Foxá es un escritor relegado por el peso de su leyenda

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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En Vinuesa (Soria), hay un palacete de sillería adornado con abetos que destaca en el conjunto residencial por sus mansardas de pizarra. Es la casa de los Torroba, donde jugaba de niño y luego volvió a menudo para apaciguar las contrariedades de la vida el escritor y diplomático Agustín de Foxá Torroba (1903-1959). En la distancia de sus destinos diplomáticos, el escritor evocaba la frescura de aquel jardín familiar, con «los guijarros humedecidos por la cercanía del Duero».

Los Foxá habían perdido, por los dispendios de un abuelo manirroto que fue alcalde casi adolescente de Barcelona, el castillo de su solar ampurdanés, que recuperó muy mermado Agustín al final de sus días. Tenía las torres desmochadas por orden de Felipe V y le habían arrancado su pedrería más vistosa para adornar la iglesia de S’Agaró. Sin embargo, el abolorio materno mantuvo sus raíces bien prendidas en Vinuesa y Ciudad Rodrigo, donde incrementaron su feudo con el monasterio de La Caridad. Allí llevaba Agustín de merienda a sus compinches de la retaguardia salmantina en los días soleados de la guerra. Luego, el cabildo mirobrigense lo nombraría canónigo honorario, por sus gestiones para devolver a la ciudad del Águeda el rango episcopal.

MILLONARIO EN GEOGRAFÍA

Poeta rezagado, la hojarasca modernista ofuscó a menudo las bengalas de su ingenio. Reunió los versos en una antología de fines de los cuarenta, que fue su momento de esplendor. Todavía alcanzaba el eco de su novela de guerra, Madrid, de Corte a checa (1938), escrita en los veladores del Novelty salmantino, y el aplauso desigual a sus comedias de evasión. También había sido el más fecundo contribuyente a la letra del Cara al sol, elaborada en la Corte literaria de José Antonio. Después de la guerra, su chispa indolente lo especializó en versos satíricos y en rimar himnos, género que no exigía gran esfuerzo. Los hizo en comandita con Alfaro y el maestro Tellería para los Flechas de Falange y para la División Azul. Su destino diplomático en Roma y Helsinki lo puso en contacto con Curzio Malaparte, que trazó su retrato de cínico en Kaputt. Pero no quedó conforme con aquella incómoda notoriedad y tuvieron un agrio cruce de reproches. Entre embajada y embajada, se casó en Sevilla con María Luisa Larrañaga, la efímera y «bellísima Condesa de Foxá», que tanto luciría en el séquito de Eva Perón. En Buenos Aires había ilustrado su breviario lírico El gallo y la muerte y en febrero de 1948 tuvieron una hija, la actual condesa con sede en Marbella. Fue el fugaz destello de la pareja, que acompañó diplomáticamente a Evita en su viaje a España. Foxá recibió la encomienda de escribir el libro Trajes de España para engalanar el regalo de atavíos regionales, uno por provincia, organizado por la Sección Femenina.

AMARGO FINAL

Enseguida empezaron «sus patéticas aflicciones», derivadas de aquella «vida sentimental poco feliz», que trató de sofocar con los excesos de «una desenfrenada alegría pantagruélica», según testimonio piadoso de sus íntimos Luis Calvo y Dionisio Ridruejo. Acaso para olvidar, se sumó a la misión poética por América de fines de 1949, con Panero, Rosales y Zubiaurre, pero la gira hubo de suspenderse antes de llegar a México, en vista del clamoroso repudio y de los huevos obtenidos. La condesa apuró sus años de éxito con algunos de los galanes más lucidos de la época, de Gary Cooper a Porfirio Rubirosa, el yerno de Trujillo. Al enviudar, se casó con otro diplomático, para finalmente ventilar los nuevos lutos en la Sierra de Aracena, donde ahora cultiva en soledad la pintura psicodélica.

Foxá pasó el primer lustro de los cincuenta en La Habana, donde se agudizaron sus quebrantos del hígado. Recogido en Madrid, desecha la agregaduría cultural de París porque ya no está para esos trotes. Entonces, se ve postergado en el ingreso a la Academia por Joaquín Calvo Sotelo, a quien envía este venablo: «Apellido, el de su hermano; / uniforme, el de Mauriac; / La muralla, de Dicenta. / Sólo de él, la vanidad». En septiembre de 1956, llega su elección, al retirarse Cela de la pugna. Calvo Sotelo le guarda la afrenta y se la devuelve recreándose en lo que más duele: los cuernos. «A las puertas ha llamado / de la Academia, Foxá. / De un derrote envenenado, / las dos puertas abrirá». Un último destino en Manila, ordenado por Castiella, castigó los sarcasmos de sus celebradas coplas contra Franco y demás camarilla del Régimen. Volvió moribundo, derrotado por la cirrosis, antes de cumplir el año. Las esquelas ignoraron el nombre de María Luisa Larrañaga, la deslumbrante condesa de la comitiva de Evita.

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