POESÍA
La ceniza es la última palabra
atenas Juan Vicente Piqueras XXV Premio Fundación Loewe, Visor, Madrid, 2013. 70 pp.

No hace muchas fechas reseñábamos en Filandón el poemario Yo que tú del valenciano Juan Vicente Piqueras. Allí subrayábamos su parentesco con la brillante poesía levantina, con maestros de la talla de Brines, César Simón o Velasco. Ahora es el poemario Atenas el que atrae nuestra tención. Con él celebró Loewe el 25 aniversario del millonario premio. El poeta advierte desde el principio: «Atenas no es el tema de este libro», el cual «nació de sus cenizas -las cenizas de Atenas y las propias- y del viento que las esparcía sobre días y páginas». Además, ¿de qué Atenas hablamos? «Atenas ya no existe. En su lugar / una ciudad donde la luz da lástima».
Piqueras pasó años en Atenas, trabajando para el instituto Cervantes. Pero no quiere hacer una guía turístico-poética de la ciudad, sino alzarse desde ella y sus cenizas hacia una interpretación vital. Pero el fondo es la experiencia de la ciudad vivida, sentida y meditada. Comienza el poemario con el viaje hacia la ciudad griega. Todo viaje conlleva partida, trayecto y llegada. En este caso el trayecto es por mar, con su tradición secular a cuestas: «Anochece y el mar se vuelve vino»; el lector recuerda inevitablemente el mar vinoso de Homero. El vieja supone dejar atrás un pasado y cambiar el rumbo del futuro, pero al poeta no le duele la partida: «La pena es quedarse / muriéndose de sed a orillas de una fuente». La mudanza se convierte en «muda danza», la de la vida misma, la de las cenizas que nos acompañan a lo largo del poemario, que no son otra cosa que símbolo de lo que el viento avienta, de lo que se pierde, de lo que fuimos y seremos, tiempo y muerte: «La ceniza es la última palabra».
El poeta siente el ansia del conocer: los mitos, las ruinas como símbolo de lo desaparecido; quiere palpar la Atenas que ya no existe y la depauperada de la actualidad. Pero en último extremo le interesa la Atenas interior, la que se lleva dentro de uno mismo, ese laberinto en el que tal vez sigue existiendo el monstruo que nos devora; esa vida intrahistórica nuestra frente a los renombrados héroes griegos; las sirenas que seguirán «cantando para nadie, como siempre», etc. La estancia llega a su fin. El poeta debe dejar Atenas y da gracias a los dioses por haberle dado «un día breve, encendido, ciego, luminoso, / para abrazar el aire, arder de amor, / gozar, sufrir, cantar, saber, decir». Y lo dice con palabra ajustada y ritmo marcado propio del excelente poeta que es Piqueras.