el territorio del nómada |
El maestro en el erial
A LUCIO GARCÍA ORTEGA LE CONGELÓ ESTA CIUDAD FRÍA Y GÓTICA LOS ADEMANES VITALISTAS, AQUEL ARROJO QUE LO LLEVÓ A TOMAR LA PALABRA, EN NOMBRE DE LOS ALUMNOS, PARA DESPEDIR CON DIGNIDAD LA DERIVA FINAL DE ORTEGA Y GASSET. divergente

Retrato de Lucio García Ortega, obra de Modesto Llamas Gil
Fue en el otoño de 1955, en la vieja Facultad de Letras de Madrid. Un breve parlamento urdido desde la orfandad, alimentado por la repulsa al secuestro de aquel magisterio que generacionalmente le hubiera correspondido, una invitación a sumergirse en el consuelo de sus filosofías. Era el adiós generacional y, según Preston, el aldabonazo para las primeras revueltas estudiantiles contra el franquismo. Lucio, burgalés del valle de su nombre, que discurre entre los páramos de la Lora y la ola geológica de Peña Amaya, cumplía el trámite de convalidar algunas asignaturas de sus estudios eclesiásticos de paso hacia el horizonte muniqués. San Martín de Humada, su pueblo, se acoge al Valle de Valdelucio, que comunica Villadiego con Aguilar de Campoo.
ESTANCIA ALEMANA
Entonces la facultad madrileña era un recinto intelectualmente degradado y de forma especial en su parcela filosófica. La cátedra de Ortega en poder del metafísico de Magaz de Cepeda, una frailada de dominicos y agustinos enviscados en pleitos tomistas y el joven Aranguren fascinado todavía por los enredos y ocurrencias de Eugenio D’Ors. La estancia de dos años en Alemania le abrirá los ojos a nuevas perplejidades. El ejemplo civil de la Escuela de Frankfurt, en cuyos miembros más valiosos convivía el rigor discursivo con la transgresión creativa, los desguaces tan visibles del nazismo, el latigazo de un pensamiento insumiso. Allí convive con Ignacio Escribano, con Rouco Varela, con Jesús Aguirre y con el futuro Papa Ratzinger. A veces se acercan a tomar una pinta a la Hofbräushaus, que había sido la cervecería predilecta del Führer. De aquel deslumbramiento muniqués, Lucio deslizaba atisbos de confidencia. Recuerdo la primera incursión a su despacho de secretario del Instituto, donde me dio para leer la edición argentina del Ulises.
Pero no era fácil en el ambiente gris del instituto provincial la aproximación y menos aún la complicidad. Para aquel curso de comienzos de los setenta Lucio sugirió el montaje de Andorra, el drama de Max Frisch, que finalmente subió al escenario menestral del Nuevo Recreo. A veces asistía a los ensayos y comentaba con algunos de nosotros aspectos de aquella ignominia que había arrasado Europa, la misma que asfixiaba entonces la respiración de la provincia. Cómo olvidar en aquel erial el relato fascinante de la peripecia última de Walter Benjamin, su suicidio en una pensión de la frontera catalana y el incierto destino de los escritos guardados en su maleta.
Todos los testimonios sobre Lucio recalan en estas veladuras de la complicidad escatimada. Sus clases desbrozaban rudimentos y silogismos con el aire cansino de la reiteración, y apenas condescendía a nuestras intrépidas provocaciones, un punto insensatas. Su respuesta consistía en entregarnos lecturas de la pequeña biblioteca personal para préstamos que albergaba en su tabuco de secretario. Evidentemente aquellas aulas no eran un territorio propicio para la cercanía. Por entonces publicó Aranguren su libro de memorias, en cuyas páginas evoca la figura de Lucio como el más valioso de sus alumnos. Una mención teñida de incertidumbre, como de no saber por qué no cuajaban aquellas esperanzas. Semejante revelación me sirvió para establecer una relación distinta, sin tantos sobreentendidos.
EL TRAJÍN DE LA PROVINCIA
Yo había dejado ya el instituto y solía encontrar a Lucio en la hora transparente de los vinos, a veces por el barrio italiano, otras en algún chaflán del ensanche, donde vivía. Entonces supe de su tesis sobre Bloch, un marxista poco convencional, de sus traducciones de la Escuela de Frankfurt, una tarea de negro que no le molestaba en absoluto. Suyas son las versiones en Taurus de Adorno, de Benjamin, de tantos otros, que aparecieron bajo nombre entonces jesuítico y luego ducal. Tenía su pago y su secreto placer intelectual, aunque se le hurtara el reconocimiento que a su contratante ayudó a entrar en la Academia. Aquellos encuentros fugaces se interrumpieron con la noticia de su muerte prematura. Era verano, cumpliendo el negro presagio del poeta: «Mucho puede la muerte en agosto». Apenas lo despidieron José María Conejo y Alfredo Marcos Oteruelo desde las páginas de Diario de León. Cinco años después se portó el duque Aguirre con su artículo Memoria de un hombre oscuro, en El País. A comienzos de los ochenta, un grupo de jóvenes, encabezado por Carlos Suárez, acometió la edición marginal de sus textos. En 1999, su hijo, el filósofo Rafael García Romero, trazó Los surcos de la memoria para acompañar el rescate del Discurso sobre Ortega de 1955 en Revista de Occidente. Hace ya trece años, el instituto Padre Isla le dedicó unas jornadas de homenaje con participación de compañeros y alumnos. Pero cada verano nos reconcilia con la memoria escatimada y nos recuerda que su magisterio no prescribe.