el territorio del nómada |
Un patriarca jovial
FRANCISCO PÉREZ HERRERO FUE POETA, DRAMATURGO, PERIODISTA DESPOSEÍDO DEL CARNET PROFESIONAL POR NO JURAR LOS PRINCIPIOS DEL MOVIMIENTO, CRONISTA DE LA TEMPORADA EN PRIMERA DE LA CULTURAL Y CREADOR DE LA LEYENDA DE GENARÍN. divergente

retrato de modesto llamas gil
La gente lo recuerda por la invención de Genarín y sus liturgias nocturnas, pero hasta la hecatombe del treinta y seis escribió teatro y poesía, conspiró, participó en la vida cultural y política de León y mantuvo una intensa actividad periodística. Inauguró su obra, en 1928, un volumen lírico compartido con Crémer: T endiendo el vuelo . Por las mismas fechas escriben a dúo Revolución y Dioses , dos obras dramáticas estrenadas en el Teatro Principal de León al filo de la República. Pasada la tormenta, publicarán juntos en la Fragua, el sello editorial de Pérez Herrero, otras dos obras dramáticas fruto de aquella colaboración: En la escalera (1940) y El hombre que se rifó con trampa (1953). Esta suerte de escritura mancomunada la practicó también Pérez Herrero con Ricardo Fernández Cabal en los años treinta: El amor los hizo hombres y El pintor del alma .
Con estos antecedentes, a nadie debiera extrañar que una de las entrevistas más reveladoras sobre su ideología y gustos literarios de cuantas concedió Federico García Lorca apareciera firmada por Francisco Pérez Herrero y Ricardo Cabal en el diario La Mañana el 12 de agosto de 1933. Cabal, maestro y periodista, pasó por San Marcos y moriría años después en la represión de una fuga colectiva del penal de Pamplona. La entrevista con Lorca fue rescatada por Pérez Herrero en el número 2 de la revista Altano (1957) y recogida por Arturo del Hoyo en las Completas de Aguilar. A comienzos de los setenta, el hispanista Eutimio Martín publicó en la revista de la universidad de Aix-en-Provence la versión original de aquella pieza, que fija la posición ideológica y la orientación estética de Lorca en el ecuador republicano. Son referencias que vienen a cuento para desenmascarar la pamplina de quienes rebajan la estatura intelectual y literaria de Pérez Herrero a la condición de poeta de repertorio trasnochado.
El 9 de marzo de 1937 fue enchiquerado, como a él le gustaba decir, en San Marcos. De aquel encierro le quedó para siempre una bronquitis crónica y un olfato infalible para esquivar a la canalla. Como la posguerra leonesa no era un territorio propicio, tomó la cautela de pasear por la calle su mejor sonrisa. Pero no se acogió a la impostura ni se prestó a claudicaciones. Abdicó de su oficio periodístico y siguió un tiempo con el empleo en la clínica de los Calzada, hasta que se estableció por su cuenta como mecánico dentista. Recogió los bártulos y fue diluyendo aquellos aires combativos, protegiéndose con el disimulo de sus versos amorosos, de los romances para niños, de sus poemas leoneses, de los concentrados y sentenciosos filosofemas, hasta alcanzar el destilado de Garras (1981), su último libro lírico. Él me proporcionó el ejemplar de Demócrito, el semanario clandestino de la Unión de Intelectuales Libres que imprimía en Valencia el filólogo Antonio Rodríguez-Moñino, dedicado a la represión en León. Un relato de su cómplice de entonces Manuel Tuñón de Lara, que había recalado como panadero en León. Moñino fue tío de Mariano Rajoy.
Exilio interior
A lo largo de este tiempo emboscado publicó una docena de poemarios y regaló ripios amables en cartas para novias propias y ajenas, en abanicos, bodas, cortejos y banquetes. Caminos (1938), Retablo leonés (1940; con dos ediciones posteriores), Lirios (1941), Zumo eterno (1952), Del amor y del paisaje (1953), Rimas estremecidas (1953), Vislumbres (1954), La vida derramada (1960) y Tiempo y camino (1976) son algunos de sus títulos, junto a los cuentos de El patriarca de Babia y otros relatos (1983). También Semblanzas de la escena (1960), donde recapitula sus lances teatrales, aquellas veladas de jarana en la finca de Baltasar Ibán, por la carretera de los Cubos, con las compañías que visitaban la ciudad. Su libro Fútbol-bromas (1956) recoge en bocadillos dialogados la crónica de la única temporada que jugó la Cultural y Deportiva Leonesa en primera división. Una vida derramada: las excursiones con la peña El Besugo, de la que fue fundador y animador; las jornadas taurinas en el taxi de Eulogio El Gafas; los romances reunidos en Caireles (1956). Eran sus aficiones, la careta alegre que disimulaba la pena y el desgarro de tantas renuncias.
No sería justo, por evitar el tópico, empequeñecer su contribución fundacional a la ceremonia del entierro de Genarín, una liturgia que sobrevive en sus textos, pero desposeída de la magia que él sabía darle. Ya mayor, en 1981, tuvo que soportar una cita molesta en el Gobierno Civil porque un ministro de la provincia se había sentido incómodo en el cruce nocturno de la Ronda con la tropa de Genarín. Cuando cayó enfermo en el hospital de Regla, no quise volver a verle, porque prefería conservar su estampa pletórica de humor y afectos. Ya entonces hubo propósitos de hacerle un homenaje. Incluso salió algún artículo suelto, poca cosa. Su compañero de siempre Crémer compuso un epitafio dolorido «a quien supo morir abrazado a su propio destino» y tituló con su nombre la edición leonesa de sus recuerdos infantiles.