Claraboya, un tiempo y un escenario
l. Luis Mateo Díez rememora el paisaje vital en el que germinó la revista literaria hace medio siglo.

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Un tiempo y un escenario que, como siempre recordaba Agustín Delgado, con la amarga lucidez que dejaba el poso generacional, nutrían aquella incipiente juventud de unos escritores que ni siquiera tenían mucha conciencia de serlo. Ese tiempo juvenil de los años sesenta se correspondía entre el lógico desasosiego vital y la radicalidad ante la situación de un país echado a perder, donde todo se filtraba desde una realidad tan acuciante como malbaratada.
ay que reconocer en Claraboya esa cualidad de revista de aprendizaje literario, ya que de esa manera nació, de la necesidad de contrastar poemas y pensamientos, de abrir un cauce o un camino en las aventuras personales hacia otras aventuras paralelas, con los reconocimientos precisos, las búsquedas mejor o peor orientadas y las contradictorias evaluaciones.
La revista expresa, y la distancia lo avala, los cincuenta años cumplidos desde su invención, esas inquietudes generacionales que van más allá de la poesía, que denotan el clima de unas vivencias y de unas determinaciones que pueden valorarse desde su variedad, como si de un periscopio se tratara. Con el aliciente de que la voluntad abierta de quienes la hacían, una mirada muy crítica al interior, a la propia herencia poética del momento, con afán renovador, y una mirada de extrema curiosidad al exterior, a la poesía que se estaba haciendo fuera, en seguida se vio correspondida con paralelo entusiasmo.
Fue casi inmediata la respuesta a una llamada tan marginal y lejana, y en el patrimonio de Claraboya no existe nada mejor que sus amigos. Los amigos fundamentalmente generacionales que se sumaron a la aventura y que enriquecieron, con su colaboración y aliento, lo que la frágil empresa suponía. Existió desde sus comienzos esa peculiar sintonía, un marco de complicidades que suman el espejo que desbordó lo meramente lírico, para que no fuera una revista literaria al uso sino algo más: un testimonio de ese desasosiego vital y mirada contradictoria al tiempo en que existió.
El escenario de su invención fue una ciudad de provincias, el León de aquellos años. Y el escenario, en lo inmediato y en la distancia, matiza mucho lo biográfico, y no es ajeno a la conciencia de lo esquivo, a la marginalidad y el contraste de las ensoñaciones liberadoras.
La provincia, la provincia del hombre que titulaba Canetti, tiende el entramado de su persistente postración, y también ayuda a las respuestas de tantas otras realidades paralelas. La provincia tenía su corte y el contraste casi visceral entre lo oficial y lo cotidiano, la voz de mando y las voces orilladas, los susurros y los ecos. También las rayas de tiza que componían una música árida en la frustración, el desaliento y el sueño, como Agustín Delgado reflejó en un libro. Un escenario tan penoso como simbólico, tan entrañable como desastrado, el trasunto de lo que la realidad daba de sí.
No son muy extensos los testimonios biográficos de esa época, los años sesenta, cuando tantas cosas irrumpieron o coincidieron en los tramos finales de un tiempo histórico poco grato de recordar. Los cincuenta años de Claraboya parecen irreales, y debe tratarse de una atmósfera contaminada por la edad y las ausencias. La revista, entre otras cosas, contiene datos de ese tiempo, y de la imaginación poética de quienes desde ella lo vivieron.