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La estela de Claudio

EL JUEVES CUMPLE OCHENTA AÑOS EL POETA CLAUDIO RODRÍGUEZ (1934-1999), QUE MURIÓ HACE QUINCE. TAMBIÉN ESTE ENERO SE CELEBRA EL SESENTA ANIVERSARIO DE LA APARICIÓN DE «DON DE LA EBRIEDAD», EL LIBRO MÁS DESLUMBRANTE DE LA POESÍA ESPAÑOLA DE POSGUERRA. divergente

Foto de un joven Claudio Rodríguez

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Lo escribió entre los dieciséis y los diecinueve años, huérfano y andariego, y con él ganó el Premio Adonais. Una poesía natural, respirada, de cadencia bien distinta al estruendo o las cucamonas de los sones ambientales. «Escribí todo el libro andando. Lo sabía de memoria y lo iba repitiendo, corrigiendo, modificando, cuando andaba por el campo». Los ritmos interiores de sus poemas revelan las andanzas y reposos del paseo, el timbre de sus estados emocionales, que enlazan la zancada resuelta con el merodeo de la pausa y el arrebato del destello. El poeta dialoga con la naturaleza por el pinar amanecido y su escritura produce un fulgor insólito. Aquel adolescente era un estupendo futbolista y un estudiante disperso.

FULGOR COTIDIANO

Supongo que para los lectores ajenos al círculo menguado de los adictos, resultará complicado discernir entre la dimensión de la obra de Claudio y la de tantos machacantes de la cultura cuyos aspavientos desatan chorros de loa y morcillas de ditirambos. En todo caso, leer despeja dudas. Porque su poesía pertenece a la mejor tradición lírica y se disfruta sin necesidad de mascarilla: esencial, luminosa, clásica y audaz. Sus versos, recogidos en cinco libros que resumen casi medio siglo de actividad poética, se inscriben en la antología mayor de la literatura de todos los tiempos. Este fulgor le asiste desde Don de la ebriedad , publicado cuando su autor tenía diecinueve años, y recorre su poesía hasta los versos conocidos de Aventura , el libro que la enfermedad le impidió concluir. Con un lenguaje cargado de hallazgos, sus poemas alcanzan un simbolismo trascendente desde una dicción que exprime el habla cotidiana. Indagan en lo próximo y cercano para vibrar con los demás, en una exaltación compartida y solidaria. Los temas son recurrentes, su escritura sustituye el entusiasmo por interrogaciones esenciales y discurre desde la exaltación de sus inicios al tono elegíaco de Casi una leyenda (1991), con etapas decisivas en Conjuros (1958), Alianza y condena (1965) y El vuelo de la celebración (1976). Su poema «A las puertas de la ciudad» será la brújula de Fernando León en el proceso creativo de la película Los lunes al sol .

SIEMBRA DE IDEAS Y BELLEZA

Cumplidos tres lustros de su muerte estival, «como una almendra en el ataúd», Claudio sigue sin discípulos, porque su llama no admite réplicas, pero cada otoño incrementa el grupo de seguidores que mantiene su memoria. Jornadas, ediciones modélicas, como el estuche con sus cinco libros del Instituto de Estudios Zamoranos, y los sucesivos números de la revista ‘Aventura’ jalonan este tiempo sin Claudio. Su entusiasmo ha conseguido que las brasas del poeta no se resignen a la ceniza del olvido, implicando a instituciones, estudiosos y amigos en el Seminario permanente que mantiene vivo su legado. En estas celebraciones confluyen el magisterio discreto de Tomás Sánchez Santiago, Jambrina, Yubero o Prieto de Paula, la complicidad de los poetas y el entusiasmo de sus seguidores, con la hospitalidad de Concha Díaz de Garayo, que las acoge en la factoría de ensueños de la Biblioteca.

La estela fecunda de Claudio contradice el epitafio de indiferencia que sella el adiós de los letraheridos. Porque detrás de la muerte a veces viene el colgante de un premio con dotación local y recaudación foránea; luego, el olvido y su nombre abollado en alguna esquina desabrigada del callejero. Pasó con González de Lama en León. La memoria del cura Lama es una lápida municipal desmedida sobre el dintel de su casita menuda y ya en ruinas. El premio se acabó, porque ahora esas dotaciones se gastan en dietas y sustento de los concejales. Claudio, el poeta del Duero, es el más grande en lengua española de la segunda mitad del siglo veinte. A pesar de los codazos y del celo excluyente que le aplicó el grupo de los poetas industriales, con Gil de Biedma a la cabeza. Su talento se impuso a toda suerte de desplantes. Delibes calificó sus versos como una sencilla siembra de ideas y belleza.

ALIANZA Y CONDENA.

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La poesía de Claudio Rodríguez exhibe una naturalidad en todo opuesta al envarado desfile de los cofrades de la cultura, que a menudo no se sabe si andan o levitan. Buen futbolista y acreditado jugador de pelota en su juventud, bebedor impenitente -»¡Nunca serenos! ¡Siempre con vino encima! «-, profesor a salto de mata, generoso a deshora, caminante con Blas de Otero por tascas, alfares y herrerías, cálido y cómplice. «Mi vida puede contarse en un abecedario ceniciento». Perdió a su padre antes de estrenar la adolescencia y a sus hermanas gemelas de forma dramática: una asesinada en Madrid, a los 29 años, la otra doblegada por el sida. En sus postrimerías recibió todos los premios y reconocimientos: el Castilla y León, el Reina Sofía, el Príncipe de Asturias, la Academia. Sin embargo, con la burbuja tuvo que abandonar su casa de siempre en la calle Lagasca, para alojarse en el barrio de la Prospe, lejos de su vecindario de fruteros, vino y naipes. Van a cumplirse quince años ya sin Claudio, pero con su obra creciendo. A la intemperie, sin techo ni cobijo.